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AlmaViva Bernard-Marie Koltès César Barló José Gonçalo Pais La Noche Justo Antes De Los Bosques La Puerta Estrecha Teatro

La Noche Justo Antes De Los Bosques

Título:
La Noche Justo Antes De Los Bosques

Autor:
Bernard-Marie Koltés

Lugar:
La Puerta Estrecha

Elenco:
José Gonçalo Pais

Producción:
AlmaViva Teatro

Dirección:
César Barló

En Madrid uno puede pensar que ya ha visitado todas las salas de teatro y nunca llegará a ser cierto. Con este “Baby-Boom” teatral que estamos viviendo, pierdo la noción de cuántos espacios me quedan por conocer. Uno de esos espacios, no por haber abierto hace poco, que ya llevan su tiempo, es La Puerta Estrecha. Un lugar donde nada más entrar ya se percibe el gusto por ofrecer una atmósfera misteriosa y cálida, donde cada rincón parece querer contar su historia. Los ojos te bailan a todos lados y, aunque se mire varias veces al mismo rincón, siempre acabas por descubrir un detalle nuevo. Si no hubiera ido a cosa hecha, sabiendo que iba a ver teatro, podría haber pensado que era una tienda de antigüedades o un café con una decoración pretendidamente original. Me agradó conocer este espacio.

Está bien que los espacios teatrales no solo cuiden su programación, si no que también pongan intención en la estética del lugar donde vamos a ver las funciones; dice mucho de ellos y hace que uno quiera volver, o no…
La Puerta Estrecha se identifica por tener una personalidad muy marcada, tanto en su apariencia, ya os lo podéis imaginar con lo que os cuento, como en la línea de programación que desarrolla.

En esta ocasión, lo que me llevó a descubrir esta sala fue la nueva propuesta de Alma Viva Teatro que ha roto su esquema de trabajar sobre textos clásicos para afrontar valientemente un monólogo de Bernard-Marie Koltés, “La Noches Justo Antes De Los Bosques”. La dirección, como ya es habitual, corre a cargo de César Barló y el monólogo lo interpreta un entregadísimo José Gonçalo Pais. 

A ver, hay que ir sabiendo que no es un texto fácil de digerir, exige un esfuerzo por parte del espectador, que debe estar alerta para no perderse en el complejo entramado que construye Koltés a través de las palabras de este joven inmigrante. De todos modos quien va a ver un texto de este autor ya sabe que no va a ver algo sencillo o amable, no está hecho para agradar cualquier paladar.

César Barló nos reta a cosernos a la piel del protagonista, prestarnos a escuchar cuanto tiene que contar y perdernos en el laberinto de su mente.
Un hombre que escupe desesperación e indignación, que tan solo busca ser escuchado, un animal acorralado por la sociedad, apaleado y expulsado a los suburbios; un tipo que tan solo quiere vivir, que le dejen vivir, que cada vez que lance su mano hacia la claridad, intentando asirse, no reciba un golpe para que la retire de nuevo y regrese a la cloaca donde ha sido confinado. Todo ello contemplado desde un primerísimo primer plano, casi colándonos en su interior, y respondiendo a sus provocaciones revolviéndonos en nuestras butacas, ¿de verdad queremos escucharle?

Una puesta en escena abstracta, bella a su manera y llena de simbolismo. Vomitada con la misma crudeza que el propio texto.

Muy interesante el uso de la cámara, haciendo que sintamos el rostro del actor entre nuestras manos. Y ese juego con el espacio y la iluminación que nos hace viajar por esa noche desasosegante, lluviosa, dolorosamente confusa al comienzo, de atmósfera pastosa, casi pegajosa, hasta ese momento violento y vejatorio que estalla convirtiendo esa noche lluviosa en catarsis y baño purificador. Bálsamo de inocentes.
Uno sale conmovido, magullado, incluso sintiendo cierta culpabilidad, y algo confuso, pero percibiendo un ligero brillo esperanzador que atenúa tanta aspereza. 

César Barló tiene el don de sacar de sus actores un instinto primario, deshumanizándolos para extraer de ellos una esencia animal que hace que los miremos desde un ángulo diferente, comprendiendo sin juzgar sus comportamientos. 

José Gonçalo Pais realiza un trabajo de alto riesgo, pone toda la carne en el asador, comprometido sea cual sea el resultado; dándose por entero a la propuesta, con absoluta honestidad, y como resultado nos hace pasar por un sin fin de sensaciones, a veces nos repugna, a veces nos produce rechazo, nos emociona, nos identificamos con él, incluso a través de esa mirada feroz que posee, nos enamora, nos excita y enternece. Hay algo de su entrega que fascina e incluso nos da la sensación de ser capaz de poder llegar aún más allá. 

AlmaViva Teatro regresa con un complejo trabajo de equilibrio que vuelve a sorprender metiendo el dedo directamente en la llaga, sin contemplaciones, como nos gusta viniendo de ellos, pero que corre el peligro de resultar incomprendido si no se entra con pie derecho en lo propuesta.

Yo desde aquí pido que César Barló se líe la manta a la cabeza y monte su versión de Roberto Zucco, eso puede ser un auténtico trallazo.

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Carmen Ruiz CNTC Las Dos Bandoleras Lope de Vega Macarena Gómez Teatro Teatro Pavón

Las Dos Bandoleras

Título:                                 Elenco:                                                         Escenografía:
Las Dos Bandoleras          Helio Pedregal (Triviño)                              Paco Azorín
                                          David Fernández «Fabu» (Orgaz)
Autor:                                 Macarena Gómez (Teresa)                          Vestuario:
Lope de Vega                    Carmen Ruíz (Inés)                                     Antonio Velart
                                          Llorenç González (Don Carlos)
Lugar:                                Gabriela Flores (Leonarda)                         Espacio Sonoro:
Teatro Pavón                    David Luque (Don Lope/Soldado 1)            Jordi Collet, «Sila»
                                         Álex Larumbe (Alvar Pérez/Soldado 2)
Dirección:                          Albert Pérez (Rey)                                       Lucha Escénica:
Carme Portaceli                                                                                    Kike Inchausti

Y uno vuelve a adentrarse en los mundos de la curiosidad… como le pasa al 99% de la gente. Programan una función en la que te encuentras como cabeza de cartel a dos actrices que hasta el momento te han gustado, y piensas: «¡Qué interesante! Se lanzan a por un clásico» y te apresuras a comprar las entradas antes de que se agoten, que eso de que salgan en la tele hace que las taquillas echen humo (No siempre) y no vaya a ser el campanazo de la temporada…
Así que me marché a ver «Las Dos Bandoleras» al Teatro Pavón, función escrita por Lope de Vega de la que desconocía su existencia. Una función en la que se nos cuenta como dos hermanas cuidadas y recuidadas por su padre, quizá no tanto, son ultrajadas por un par de tipos que, da igual en el Siglo de Oro como en la actualidad, piensan con la bragueta, y ellas, muy pizpiretas, caen en eso de «Prometo, prometo hasta que la meto y una vez metido se acabó lo prometido», así que son deshonradas, pero en vez de dejar en manos de su padre lo de recuperar la honra de las damiselas, ellas se callan, se hacen el hatillo y se largan a vivir su vergüenza a la sierra, se hacen Serranas y prometen cargarse a cuanto hombre se les cruce por el camino, como venganza por la pérdida de su honra…
Hasta ahí la cosa parece que no tiene mala pinta, apunta a algo ligero, incluso con cierta acción, apetecible. Un clásico de capa y espada con mujeres como heroínas. Lo malo viene cuando encuentras el batiburrillo que han liado entre vestuarios de todas las épocas, sonidos de aviones, bombardeos, escenografías siderales y dos serranas que parecen sacadas de Piratas del Caribe.
Pero bueno, podría pasar por alto todo eso si después me hubiera encontrado con unas interpretaciones decentes… ¡Ay!
No entiendo ese soniquete que se empeña en mantener Macarena Gómez durante toda la función, es molesto, arranca toda intención a los versos, pierde toda la musicalidad que puedan contener y se lo pone complicado a sus compañeros para que le den la réplica. ¿En serio Gabriel Garbisu, como asesor de verso, ha permitido esto? ¿Es problema de dirección o Macarena tiene un exceso de «vicios» adquiridos de su personaje de televisión y le resulta difícil desprenderse de ellos?
Sin embargo, Carmen Ruíz se la ve esforzada, tratando de ser más que correcta, cuidando el verso, haciendo lo posible por permanecer a flote a golpe de naturalidad durante toda la función, aunque a veces sean sus propios compañeros, ¿qué le pasa a Álex Larumbe?, y las vergonzantes luchas escénicas a golpe de «chunda chunda», las que la agarren de la cabeza y la hundan al fondo de este charco en el que se ha metido…
Quienes también me gustaron, aunque con sus altibajos, fueron Llorenç González, su forma de decir el verso llamó mi atención para bien, aunque su personaje importe un pimiento dentro de la función, y  David Fernández «Fabu» que nos da un poco de aire, aunque él solo, pobre, es incapaz de poder levantar la función por más que se esfuerce.
Un montaje carente de ritmo, sus escenas se suceden atropelladas; las diferentes líneas argumentales están carentes de conexión, parece como si estuviéramos haciendo zapping. Las hermanas van por un lado, la serrana Leonarda, interpretada por Gabriela Flores, va por otro, a su rollo, entra y sale como si fuera una espontánea que sale a escena cuando se le canta (su forma de soltar texto también lo hace pensar); su enamorado vaga por la función sin saber dónde meterse, y sin que nos importe demasiado… y así podría seguir con cada uno de estos personajes que, no sé si el gran Lope de Vega escribió semejante desaguisado o si ha sido la dramaturgia de Marc Roch y Carme Portaceli y la ocurrencia de mezclar dos textos en uno los que lo han convertido en lo que vemos sobre las tablas del Teatro Pavón..
En fin, que al grueso del público le encantó, se rieron mucho e incluso alguno se puso en pie a aplaudir. A la salida oí eso de «la de la tele lo hace muy bien», así que seguramente todo esto que escribo sean manías de uno que se debe estar volviendo un poco remilgado con lo que ve, pero yo salí decepcionado de comprobar el nivel de esta función tratándose de la Compañía Nacional de Teatro Clásico.
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Andrés Lima Carmen Machi Javier Gutiérrez Juan Cavestany Los Mácbez Teatro Teatro María Guerrero

Los Mácbez

Título:
Los Mácbez

Autor:
Juan Cavestany 
(Basado en el original de W.Shakespeare «Macbeth»)

Lugar:
Teatro María Guerrero

Elenco:
Chema Adeva
Jesús Barranco
Laura Galán
Javier Gutiérrez
Carmen Machi
Rebeca Montero
Rulo Pardo

Espeacio Escénico y Vestuario:
Beatriz San Juan

Iluminación:
Valentín Álvarez

Música y Espacio Sonoro:
Nick Powell

Caracterización:
Cécile Kretschmar

Dirección:
Andrés Lima 


Confieso que como espectador tengo un puntito de masoquismo, me llaman la atención los montajes que vienen precedidos por unas críticas un poco “destroyer”, me gusta ir a comprobar por mí mismo si lo que se dice es para tanto o es que los “malditos” bloggers somos unos exagerados (Sí, es cierto que a veces lo somos). 
El caso es que ya iba esperando recibir un nuevo golpe de decepción con el teatro de Andrés Lima, cosa que empieza a ser una costumbre. Y las expectativas se cumplieron, ¡Vaya, si se cumplieron! De “Capitalismo” no llegué a escribir porque tengo por costumbre no hacerlo si no tengo nada positivo que decir, y por más vueltas que di a aquello, no lo encontré, así que lo dejé pasar, con “¡Ay, Carmela! El Musical” salí nuevamente espantado, pero algún aspecto positivo encontré, y ahora… “Los Mácbez”, esta versión a lo “Lady Gaga a la gallega” que se han sacado de la manga y que, sinceramente, no hay por donde pillar.
Soy partidario de versionar clásicos y darles mil vueltas, retorcerlos, que me provoquen, que me maltraten y que me revuelvan, pero siempre con algo que aportar; sin embargo, en este caso lo que pude ver, es un adaptación de Juan Cavestany en el Teatro María Guerrero (¡Menuda mano tengo cada vez que elijo ver algo a este teatro!) hueca, pretenciosa y con nulo interés. 
Lo único salvable es la puesta en escena, la iluminación y el sonido tienen un potencial tremendo… Gran trabajo el de Beatriz San Juan, Valentín Álvarez y Nick Powell. ¡Lo que hubiera podido llegar a ser este montaje si el contenido hubiera estado a la altura del envoltorio!

Los actores andan dando tumbos por el escenario, soltando texto a los gritos, babeando, sangrando, subidos en tacones, frotándose, haciendo aspavientos, desgañitándose por aportar un ápice de tensión y ritmo a esto que no es otra cosa que un “más de lo mismo” de lo que se empeña en subir a los escenarios su director…
Y siento de verdad tener que hablar así porque el elenco se esfuerza y se le ve involucrado, pero se alcanzan unos niveles de sobreactuación tan extremos y tan innecesarios, con un catálogo de ticks, seguramente impuesto por la dirección, tan manidos, que caen en lo facilón, casi como si aquello fuera una función de una compañía amateur con ganas de llamar la atención, dejando de interesar a los 15 minutos de comenzada la función.
De verdad que admiro a Carmen Machi, pero tampoco la salvo de la quema, da la sensación de ir con el piloto automático puesto, tirando de sus recursos más “resultones”. Ojalá vuelva pronto a brillar como lo hizo de la mano de Del Arco

Sinceramente, no di crédito a lo que vi. Caos y suciedad en escena, texto corrido, descuidado, efectismo gratuito y plagado de topicazos, y un discurso que, para mi, carece de interés suficiente como para haber montado todo este tinglado en un teatro público.

Poniéndome a la altura de las circunstancias. Un servidor no vuelve al teatro a ver algo de Andrés Lima ¡Nunca Máis!

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Benet i Jornet Israel Elejalde Juan Codina La Pensión de las Pulgas Sótano Teatro Víctor Clavijo

Sótano

Título:
Sótano

Autor:
Benet i Jornet

Lugar:
La Pensión de las Pulgas

Elenco:
Juan Codina
Víctor Clavijo

Sonido:
Sandra Vicente

Ayte. Dirección:
Toni García

Dirección:
Israel Elejalde

Cuando voy al teatro siempre entro hambriento de emociones, deseando que me alimenten el espíritu, que me provoquen y me revuelvan por dentro, para lo bueno como para lo malo ¡y cuánto más, mejor! Es la manera de adentrarse en lugares que de otra manera ni me plantearía penetrar. La seguridad que otorga la butaca muchas veces es pura fachada y no resulta suficiente, porque quizá nuestro cuerpo no se encuentre en peligro, pero ¡ay, nuestra cabecita! Y lo digo porque hay piezas, como “Sótano”, que entran en terrenos muy, pero que muy, oscuros y que aún saliendo a la luz del día, no dejan de poner los pelos de punta. 

“Sótano” es un texto escrito por Josep María Benet i Jornet que nos cuenta la historia de un hombre que busca a su esposa, desaparecida tres semanas antes, y que de manera accidental acaba en medio de un pueblo, en casa de un desconocido, hablando sobre su esposa y exponiéndole los aspectos más íntimos de su relación. Situación que le llevará a explorar caminos por los que ni se había planteado transitar.
Es turbador sentir que es la propia amabilidad del entorno lo que hace que todo adquiera ese ambiente insano, la cotidianidad de las acciones son las que impregnan de perversión todo lo que presenciamos. Ofreciéndonos el lado oscuro de la amabilidad y la normalidad.

Siempre decimos: “soy normal”, “esto es normal”, “qué normalidad”, “lo normal”… pero ¿qué es normal?, además, ¿lo que a mí me parece normal lo es también para los demás? Y es que si lo piensas detenidamente, es escalofriante todo lo puede esconder la normalidad entre sus pliegues… Pues en esas estoy desde que el otro día vi “Sótano” de Josep María Benet i Jornet del que siempre he admirado el sentido que otorga a los diálogos, ese gusto por paladear las frases y esa forma de retorcer las situaciones a golpe de serenidad.
Israel Elejalde, en el que descubro con esta pieza su faceta como director, demuestra una perfección en el control de los tiempos y en lograr esa exasperante cadencia en los diálogos; en los comportamientos pausados de los personajes y en esa contención que respira la función y que hace que casi seamos capaces de oír la fricción generada entre las líneas de texto y la aspereza de todo aquello que callan; y no es que lo callen por ocultarlo, si no porque no es necesario decirlo, está ahí desde el comienzo, solo hay que mirar con un poco más de atención tras ese velo de, otra vez, nuestra/su normalidad. 
Elejalde nos hace ser conscientes de que el verdadero terror no está en las historias de fantasmas, si no en lo tangible, en los aspectos más amables y cotidianos de nuestro día a día, esos que según el ángulo desde el que los mires pueden mostrarnos una cordialidad abrumadora o una siniestra turbiedad.

El tipo de miedo que se vive en esta función no es de esos que hace chillar o sobresaltarte, si no que es un miedo insano, sucio por su consentimiento y porque explora los límites de la razón; las decisiones que uno toma cuando se siente solo, insatisfecho con su vida, carente de sentido son las que convierten una vida afable en una espiral de sin razón y locura.
Es un miedo que te hace descubrir que tu zona de confort está corrompida y no puedes escapar de ella, es más, no escapas porque sientes atracción por explorar ese lado putrefacto y de olor dulzón.
Tan solo imaginar en todo lo que ha sucedido antes de lo que presenciamos durante esta función, y lo que sucederá después, genera un estado de inseguridad estremecedor. Acabada la función, lo único que se quiere es salir rápido de La Pensión de las Pulgas y ver la luz del día, dejarse invadir por el bullicio de la Calle Huertas.

Ni qué decir tiene que el trabajo de Juan Codina es toda una lección de cómo hacer verdad eso de que «menos es más» y además hacerlo con suma elegancia. En su aparente “no hacer nada” esconde una cantidad de matices tan sutiles que se podría decir que penetran antes en nuestro subconsciente que por nuestros ojos. Una interpretación contenida, pausada, aterradora. Él mismo nos comentó que trabajó su personaje tratándolo como un buen tipo, y lo es, y eso es lo que le hace tan inquietante.

Víctor Clavijo, el otro 50% de este historia, en momentos dibuja en exceso el resultado al que quiere llegar, pasando con ligereza momentos en los que quizá debería definir con más peso la posición de su personaje, pero poco a poco encuentra su espacio dentro de la función y entra en sintonía con el código que le tiende su compañero. Un personaje muy complejo el suyo, que sabiamente deja abiertas varias brechas por donde uno puede verle como víctima o verdugo, cuestión de prismas. Asusta pensar en que cualquiera podríamos acabar en su misma piel, y llegar a transmitir esa inseguridad es una tarea compleja que él logra. 

“Sótano” es una pieza que te va devorando poco a poco. Al comienzo sin ser consciente, engaña la amabilidad que supura. Y es que todo está urdido de tal manera que cuando quieres darte cuenta, tienes el vello de punta pensando en lo terrible de la situación y el estómago encogido pensando en lo que realmente estás presenciando.

Una función absolutamente recomendable, tanto por la cantidad de sensaciones que genera, demostrando que no son necesarios los trucos de magia ni los efectos más sorprendentes para que los escalofríos recorran nuestra espalda; como por esa dirección tan certera de Israel Elejalde, y las dos sólidas interpretaciones del gran Juan Codina y Víctor Clavijo.

Una advertencia, saldréis deseando tomaros una cerveza.
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Estefanía de los Santos Las Plantas Pablo Messiez Sala Mirador Teatro

Las Plantas


Título:
Las Plantas

Autor:
Pablo Messiez

Lugar:
Sala Mirador

Elenco:
Estefanía de los Santos

Ayudante de Dirección:
Alicia Calot

Dirección:
Pablo Messiez

«Las Plantas» era una asignatura que tenía pendiente ya desde su estreno. Me habían hablado y recomendado que fuera a verla una y mil veces, pero las circunstancias no me lo han permitido hasta ahora que en la Sala Mirador han creado este «Mes Messiez», un ciclo dedicado que estaba deseando que llegara desde que, al comienzo de temporada, lo anunciaron.
El universo de Pablo Messiez es un lugar al que hay que dejarse llevar, no es ni más ni menos que ese lugar privado que todos portamos en nuestro interior y que nos cuesta exteriorizar porque lo sabemos delicado y cualquier atisbo de sonrisa burlona o mofa lo va a herir profundamente, sin embargo, él ha conseguido que el suyo salga sin sonrojo alguno, fuerte y decidido, gracias a ese lirismo cotidiano tan palpable y que es inevitable hacerlo nuestro por un instante.

Me gusta entregarme al teatro de Pablo Messiez limpio, en plan lienzo en blanco y dejar que dibuje en él, ¡y vaya si lo hace!

La yema de los dedos teatrales de Messiez tienen el don de saber rozar levemente la epidermis del alma y provocar que esta se abra, se expanda y se exponga. Es como esas imágenes de los documentales que muestran una flor a cámara súper rápida, que pasa en cuestión de segundos de ser un capullo a abrirse de par en par y mostrar los hermosos pétalos que estaban creciendo en su interior, pues algo así es lo que nos sucede cuando uno se sumerge en el mundo de los sentimientos de este autor y director argentino. Y si pensáis que estoy exagerando, es porque no habéis visto ninguna de sus obras.
Este símil tan «florido» y cargado de cierta cursilería (no he podido contenerme, el cuerpo me lo pedía) me viene estupendamente para entrar a hablar de la última función que he podido descubrir de Pablo Messiez, «Las Plantas».
Un monólogo interpretado por Estefanía de los Santos en el que su personaje, una mujer que vive con la sola compañía de sus plantas, les va contando las cosas que tiene en su interior, esas reflexiones que normalmente nos hacemos a notros mismos y que jamás seríamos capaces de expresar a otra persona. Y así transcurre la función, con ella hablando sobre lo más íntimo de su yo.
Entrar en una sala pequeña de La Mirador, ser recibido por el propio Messiez, que te dedica un saludo y una leve sonrisa, un espacio sin luces artificiales, tan solo la luz del mediodía que entra por la ventana, un sofá, el cuerpo de una actriz dormida, desnuda, y esas plantas que son testigo mudo, pero directo, de cuanto sucede. Así es el montaje.
Y una selección de músicas que arañan el alma con rabia y que sacan a tirones el sentimiento de su escondrijo.
Y las palabras… esas reflexiones que son tan íntimas, tan internas y tan ciertas y certeras, que nos emocionan hasta el borde de las lágrimas, que recibimos entre sonrisas cómplices y aplausos.
Y, sobre todas las cosas, Estefanía de los Santos, que se nos entrega abierta en canal, con una potencia, una verdad y un sentimiento que en ocasiones nos corta la respiración, ella habla y parece que improvisa, hace suyas las palabras, las baila, las desgarra, se lacera con ellas, nos golpea, las riega y crecen, las sube al cielo y las vomita, se baja con ellas a los infiernos y nos mira buscando comprensión, otras nos clava los ojos y nos desafía a discutirle lo que dice, pero siempre nos deja la sensación de un abrazo, y eso es tan bello…
Y no nos olvidemos de Nina Simone… ¡momento magistral!

Pasados los días sigo pensando en «Las Plantas», y creo que las palabras de Messiez tienen el don de habitar en un punto concreto y muy especial de nuestro ser, poseen una verdad descomunal, pero con un halo de irrealidad maravilloso, pues nacen en ese espacio del razonamiento que parece una duermevela; es como cuando te despiertas al alba, sin haber dormido demasiado, pero sintiendo tu mente más lúcida que nunca, y los pensamientos brotan con la claridad que entra por la ventana. Es ese momento en el que crees encontrar cuál es la razón de porqué tu vida es como es, e incluso crees hallar el camino para enderezarla… y justo en ese instante, se apodera de nuevo de ti el sueño, cierras los ojos, con la paz meciéndote el alma, y sobresaltado los abres, consciente de que si te duermes, perderás ese instante logrado, pero ya es demasiado tarde, se ha marchado; así que te desperezas resignado, te levantas con la sensación agridulce de saber que por un momento tocaste con tus dedos eso que tanto ansiabas y que se ha esfumado en un parpadeo, pero consolándote porque ya sabes que existe y que puede volver, motivo suficiente para continuar con tu vida.

Lo sé, lo sé, esto se me ha ido de las manos, pero sentía la necesidad de expresarlo. No me culpen a mi, son las cosas que me provoca transitar por los caminos a los que me invita Pablo Messiez.

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Dani Muriel Juan Carlos Rubio Kiti Manver Las Heridas del Viento Teatro Teatro Lara

Las Heridas del Viento

Título:
Las Heridas Del Viento

Autor:
Juan Carlos Rubio

Lugar:
Teatro Lara

Elenco:
Kiti Manver
Dani Muriel

Diseño de Luces:
José Manuel Guerra

Vestuario:
Félix Ramiro

Ayudante de Dirección:
Chus Martínez

Dirección:
Juan Carlos Rubio

Supongo que ya todo el mundo habrá hablado de «Las Heridas del Viento» y poco quedará por contar sobre esta función escrita y dirigida por Juan Carlos Rubio que arrasa allá donde se programa, pero no puedo dejar pasar la ocasión de exteriorizar todo eso que me lleva bullendo por dentro desde que la vi.
La función nos cuenta como David, un joven que acaba de perder a su padre, descubre mientras recoge sus pertenencias, unas apasionadas cartas de amor de otro hombre dirigidas a su padre. El mundo de David se tambalea y la duda sobre lo que creía conocer comienza a sobrevolar su cabeza, así que toma la decisión de visitar al autor de dichas cartas.
No cuento más porque creo que quien aún no la haya visto, debería descubrirla según la vaya viviendo, pienso que es la manera más pura y bella de ir desgranando esta pieza que tantas cosas nos puede llegar a remover. 
Así que, si no la has visto y tienes pensando hacerlo, cosa que deberías, deja de leerme y regresa por aquí tras la función, que yo te espero.

Uno asiste a esta obra con el morbillo de ver a Kiti Manver interpretar a un hombre… y al poco de comenzar la función piensa «¿Perdón? ¿En serio es Kiti Manver quien está en escena?» Desde luego que yo no vi resquicio de ella hasta el momento de los saludos, el resto del tiempo vi a un señor entrado en años, que habla con un gato ausente, llevando con amarga dignidad la elección de su vida y temeroso de sus propios sentimientos al saberse con tiempo suficiente de volver a perderse en el interior de algún corazón ajeno.

Es muy complejo poner en orden las palabras, los pensamientos y las sensaciones para expresar todo lo que uno recibe de esta obra.
El texto de Juan Carlos Rubio es una belleza que habla sin pelos en la lengua, lleno de frases temerarias, de las que te miran desafiantes a los ojos, que se enfrentan de cara a las circunstancia.
Un texto capaz de escarbar en los corazones de cuantos acuden a ver la función, tanto por la empatía que se genera con los dos personajes que interpretan Kiti Manver o Dani Muriel como con el propio padre ausente. Genera tal impacto de sensaciones el ser consciente de que se comparten lugares comunes con estos personajes, que deseas que, en uno de sus múltiples momentos de cercanía con el público, claven sus ojos en ti y te hablen y con la fuerza de la mirada, hacerles entender que les entiendes y abrazarles con una medio sonrisa de comprensión y en ocasiones, de triste identificación.
 Son dos personajes que se rajan la piel para mostrar ante nosotros la carne viva del sufrimiento, con toda la amargura posible, sin medias tintas, descubriéndose ante sus miedos y vomitando todo eso que ha permanecido escondido durante tanto tiempo.
Es doloroso pensar en la soledad en la que se han sumergido y que, de alguna manera, has podido llegar a compartir.

Les escuchaba hablar y no sentí ganas de juzgarles, ni de tomar partido por uno de ellos, tan solo quería escuchar lo que tenían que contar y ofrecer mi corazón para que sus almas maltrechas reposaran por un momento, sintiendo la paz que se derrama en ese fugaz instante en el que los labios dejan, al fin, escapar esa verdad que llevaba tanto tiempo lacerándoles el alma.
Dos extraños encontrándose, que se retuercen y se resisten ante la posibilidad de verse expuestos, pero que acaban por encontrar el consuelo de sentirse escuchados, compartiendo ese doloroso nexo de unión que tantas cosas les negó con su silencio.

Me ha encantado comprobar el enorme crecimiento de Dani Muriel como actor, el peso de su presencia, la perfecta réplica a su compañera de reparto, el manejo tan agradable y seguro del texto, la implicación que provoca en el espectador. Confieso que hasta este momento no era un actor al que prestara excesiva atención, sin embargo, viendo el trabajo que hace en «Las Heridas del Viento», me apetece ver más de él. Se ha sabido sacudir todo esos ticks y ademanes que ensucian una buena interpretación y se ha quedado con la esencia. Me gusta sentir en escena a un actor que pisa, y lo hace de verdad; que mira, y clava los ojos; que lanza su energía con potencia, y aquí, Dani, es así.

Me derrito de amor y admiración por lo que Kiti Manver hace en esta función.
Que una actriz de su calibre logre desaparecer tras su personaje con semejante generosidad, es algo maravilloso y que lo haga a dos palmos de nosotros es sublime. Me siento un orgulloso privilegiado por ser testigo de cómo acepta el reto, arriesga, y lo supera con tanta grandiosidad. Creo que su personaje en esta función es de los que seguramente queden anclados en la historia, y si en algún momento, pasados los años, se vuelve a montar esta función, supondrá todo un desafío para la siguiente actriz o actor que lo interprete porque siempre quedará lo que ella ha hecho con él.

Juan Carlos Rubio ha dirigido su texto con una sensibilidad y un acierto enormes, demostrando una vez más que no es necesario un montaje aparatoso para que a uno le deslumbren.
Que logren pellizcarte el alma como Juan Carlos, Kiti y Dani lo hacen, es una de las experiencias más gratificante que se pueden vivir como espectador.

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Alberto Velasco Ana Parra Antonio Velasco El Ultimo Vuelo Saint-Exupery Iria Márquez Mon Hermosa Nave 73 Teatro Teatro de Poniente

El Último Vuelo de Saint-Exupéry

Título:
El Último Vuelo de Saint-Exupéry

Autor:
Mon Hermosa

Lugar:
Nave73

Elenco:
Antonio Velasco
Ana Parra

Diseño Iluminación:
Sergio Balsera

Espacio Sonoro:
Vaz Oliver

Vestuario:
Ester Lucas Jaqueti

Escenografía:
Teatro de Poniente

Coreografía:
Alberto Velasco

Dirección:
Iria Márquez

Desde hace ya un par de montajes me he convertido en un incondicional de los montajes de Teatro de Poniente, tienen ese «algo» especial que cala poquito a poco y que logra quedarse ahí dentro dejando un regusto muy tierno.Dejarse llevar por su embrujo es algo que todos deberíamos probar aunque fuera una sola vez en la vida.
En esta ocasión nos presentan un nuevo desafío, una apuesta que va un paso adelante en lo que a su universo particular se refiere. Con motivo del Festival Surge Madrid nos traen «El Último Vuelo de Saint-Exupéry».
La historia nos presenta a Antoine de Saint-Exupéry, autor del famoso libro «El Principito», quien tuvo una vida intensa y una muerte misteriosa, de la que nada se ha sabido hasta hace poco que un pescador rescató del mar un brazalete en el que figuraba el nombre de su esposa… Partiendo desde esta pemisa, la mente de Mon Hermosa se disparó y comenzó a imaginar cómo pudo ser el tránsito de Saint-Exupéry en esa especie de limbo hacia la muerte. A partir de ahí todo lo que veremos es pura poesía.
Un montaje que nos convierte en una presencia que respira y observa desde la oscuridad, y que el protagonista siente, en cierta manera nos teme, no sabe qué somos y la manera de combatir ese temor es hablar. Hablar de su vida, con excitación, con la pasión de quien toma su paso por la tierra como una aventura por la que hay que transitar con intensidad. Nos habla de sus sueños, de sus conquistas, de sus mujeres, del amor, de cómo entró en su vida y cómo jamás salió de ella; porque Saint-Exupéry tuvo muchas mujeres y todas le dejaron un poso en su interior del que no quiso desprenderse, y eso es lo que nos cuenta, las recuerda a todas ellas con una sonrisa, con un cálido beso, con un abrazo protector, con la nostalgia y la emoción de quien piensa que lo mismo, en este viaje a otro plano podría reencontrarse con ellas, de hecho, mientras espera su partida definitiva, la muerte, personaje temible y juguetón, le hace revivir momentos de su vida para que nosotros, sombras silenciosas, seamos testigos del legalo de este hombre.
Pero no solo habla de mujeres, habla de la hipótesis de cómo fue su final, de momentos históricos, de grandes aventuras, de altos vuelos…
Iria Márquez ha sabido poner en escena con su dirección la ensoñación de Mon Hermosa con una belleza y un gusto exquisito, sabiendo hacer de Antonio Velasco y Ana Parra todo un universo de sentimientos, vida y recuerdos que atrapan y emocionan. Un detalle a tener en cuenta de este montaje es la mezcla entre teatro y danza de la que se compone; apuesta arriesgada que funciona con absoluta naturalidad gracias a la maravillosa e indispensable mano de Alberto Velasco quien subraya con tanta sensibilidad esta bella historia y le imprime una visión sobrenatural y muy poética. Al igual que el espacio sonoro de Vaz Oliver y la bellísima ilumanción de Sergio Balsera, que junto a la escenografía y el vestuario de Ester Lucas Jaqueti, son complementos que acaban por darle sentido y hacen posible el ambiente requerido a esta mágica puesta en escena.
Antonio Velasco se planta la piel de Antoine de Saint-Exupéry y le imprime una personalidad tan palpable, aunque a veces la línea es demasiado fina entre Antoine y Antonio; tan real, que incluso situándole en ese pequeño asteriode en el que se encuentra, uno cree lo que cuenta. Regala tanta sensibilidad a su personaje y lo conduce por un camino tan amable, a pesar de la dureza de lo que cuenta, que logra hacer de este hombre aventurero y viajero un ser entrañable al que querer acompañar a través de este tránsito entre la vida y la muerte. 
Antonio sabe el camino por el que quiere llevar su trabajo, los riesgos que quiere asumir y el enfoque que le quiere dar; es innegable que la magia de Teatro de Poniente reside en sus manos.
Ana Parra tiene la difícil tarea de hacernos creer que ella es todos y, a la vez, un solo personaje. Baila, se retuerce, es animal, es bruma, es magia, es un sentimiento, es hombre, es mujer, lo es todo y siempre con la generosidad de estar al servicio de su compañero de escena. Su «Muerte» es una especie de hada con toques de Gato de Chesire, asusta, es enigmática, transmite dulzura, miedo… Bello trabajo el suyo con la varita de Alberto Velasco.
Una lírica y apetecible propuesta que seguro va a ir creciendo y tomando forma con el transcurso de las funciones, que va a regalar belleza a todo el que quiera entregarse a ella.
Una función diferente, que despeja el espíritu, que emociona con su arrullo y que enamora con esa forma tan especial y personal de contar y tratar a los personajes. Un nuevo golpe de magia de Teatro de Poniente.
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Bruno Ciordia Fran Calvo Jano Sanvicente La Pensión de las Pulgas LaCanoa Teatro Stephen Belbel TAPE Teatro Yolanda Vega

TAPE

Título:
TAPE

Autor:
Stephen Belber

Lugar:
La Pensión de las Pulgas

Elenco:
Jano Sanvicente (Vincent)
Fran Calvo (Jon)
Yolanda Vega (Amy)

Vestuario:
Moon Vives

Espacio Escénico:
Oscar Merino

Traducción:
Yolanda Vega

Dirección:
Bruno Ciordia

El pasado viernes, mientras las calles del centro de Madrid se encontraban colapsadas de señoras y señores que acudían a las procesiones de Semana Santa, un pequeño grupo de almas teatreras fuimos convocadas en La Pensión de las Pulgas para el estreno de “TAPE” función de Stephen Belbel y llevada a escena por LaCanoa Teatro.
Sabía de la existencia de la película y estuve tentado de verla antes de asistir a la función, pero pensándomelo mejor, preferí tener mi primer contacto con el montaje que ha dirigido Bruno Ciordia. Otorgándole a Vincent, Jon y Amy, los personajes de la función, los rostros de Jano Sanvicente, Fran Calvo y Yolanda Vega. Y por supuesto para llegar completamente «virgen» a verla, que eso me pasa en muy pocas ocasiones y es una sensación que me encanta disfrutar siempre que puedo.

La función transcurre en la habitación de un motel, en la que se hospeda Vincent, de una ciudad en la que se celebra un festival de cine; él es un «don nadie» amigo de la juventud de Jon, que actualmente es director de cine y que se encuentra en esa misma ciudad para presentar su película.  Vincent le cita en la habitación con la intención de resolver un asunto que quedó pendiente diez años atrás; asunto este en el que también se encuentra involucrada Amy, antigua amiga de ambos, que casualmente vive en esa misma ciudad. Dando como fruto un reencuentro de viejos amigos que destapará un suceso al que, aparentemente, durante estos años no le han prestado mayor atención y que, sin embargo, les mantiene a los tres anclados en el pasado.
Bajo esta premisa uno ya se frota las manos deseoso por ver qué es eso que remueve los fangos del pasado de estos tres personajes.

Lo que uno no espera es que la función arranque con el ritmo con la que arranca… No sé qué es lo que hicieron cuando se representó en la Kubik Fabrik, ni que harán cuando se represente, en un futuro próximo, en el Teatro Lara, con este inicio de función; lo que sí sé es que es suficiente para después correr a ocupar asiento en la siguiente sala, donde se encuentra la habitación y ver qué pasó «después de»
Este montaje sabe utilizar con una sabia mesura los espacios que brinda la Pensión y el desconcierto de los asistentes para sumergirnos como parte activa del prólogo que abre la función y pasar posteriormente a ocupar nuestro rol de anónimo voyeur que siempre nos ofrece este espacio.

Un montaje fantásticamente dirigido por Bruno Ciordia, que nos lanza un texto picado, de acciones sin pausa y gran ritmo; que no deja ocasión para recolocar las ideas, tal como le sucede a Jon en el encuentro con Vincent, haciéndonos entrar en su mismo juego, descubriendo los giros al mismo tiempo que los propios personajes. Atractivo que nos mantiene en vilo durante toda la función y que nos absorbe en una espiral de situaciones que van tomando intensidad y velocidad, hasta que nos encontremos con un frenazo en seco.
Un cúmulo de asuntos no resueltos que nos hacen descubrir unos seres con algo clavado en su interior, como un siniestro síndrome de Peter Pan que no les permite avanzar con libertad. Viejos pliegues que han intentado ocultar, pero que, como la basura que uno barre bajo la alfombra, siempre acaba por aparecer.

Jano Sanvicente nos ofrece un perdedor de una hiperactividad extrema, que en ocasiones nos produce repulsión y que en otras nos lleva a empatizar con su torpeza. Imprimiéndole un extraño carisma que, a veces asusta y otras enternece. Difícil asunto el de mantener tan arriba el ritmo de este personaje que Jano resuelve con soltura.
Fran Calvo ofrece una seguridad a su personaje que poco a poco va dejando ver, y casi oír, cómo se resquebraja. Es un placer la forma en la que hace fluir el texto; con la intención precisa y el giro apropiado para que ni una sola de las líneas de diálogo quede vacía. Lo mismo le pasa a Yolanda Vega que, además tiene la cualidad de hacer que el espectador pueda apreciar la limpieza y la claridad de su interpretación. Con esto no digo que los dos actores masculinos no la tengan, pero en ellos el juego es el contrario, es la turbiedad, la suciedad que va en aumento según se van restando capas.

Una función recomendable, con un texto inteligente, en ocasiones divertido, en otras tenso, que desde el comienzo juega con el espectador a mantenerle en vilo para acabar explotándonos en la cara.

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Guillermo Llansó Juanma Romero Gárriz Karlos Aurrekoetxea Marta Alonso Prisionero en Mayo Sala TU Teatro

Prisionero de Mayo

Título:
Prisionero en Mayo

Autor:
Juanma Romero Gárriz

Lugar:
Sala TÚ

Elenco:
Guillermo Llansó (Abel)
Marta Alonso (Nuria)
Karlos Aurrekoetxea (Eric)

Vestuario:
Ana Bernal

Escenografía:
Elizabeth Stark

Sonido:
Paco Ramírez

Iluminación:
David Benito

Dirección:
Juanma Romero Gárriz

La Sala TÚ acoge en estos días «Prionero de Mayo», función escrita y dirigida por Juanma Romero Gárriz, texto multipremiado y con un extenso recorrido por diferentes salas, en el que se nos presenta a Abel, prionero modélico, dentro de lo terrible que se le presume de su pasado, que vive encerrado cumpliendo condena y que hasta el momento ha vivido con cierta serenidad su encierro, apoyándose en Nuria, su carcelera, la cual siente más que simpatía por el reo; hasta que irrumpe en su vida Eric, una especie de profeta loco que es encerrado junto a él y que hace que el aparentemente apacible transitar de su existencia carcelaria de un giro inesperado.
Un texto lleno de lirismo que habla sobre la lucha por la supervivencia, del amor, de las atracciones, de los deberes adquiridos y la necesidad que tenemos de encontrar a alguien que nos muestren un camino por el que poder marchar y que justifique nuestro rincones más oscuros. Un texto que en ocasiones se ahoga en si mismo y que acaba por resultar un tanto descafeinado para lo mucho que promete en su planteamiento.
El montaje es interesante de ver, tiene una buena progresión, aunque el reverso tenebroso que se les intuye a los personajes a penas si asoma y es precisamente lo que estamos deseando que aparezca durante todo el tiempo. 
Eric es un tipo inspirado en la figura de Charles Manson, sin embargo, solo atisbamos la parte más superficial y tópica de este ser, quedándonos con las ganas de ahondar en sus profundidades, aquellas que, sin embargo, en Abel vemos mostradas con más claridad y de forma más aterradora, e incluso superadas por aquellos personajes que solo asoman a través de las cartas y las grabaciones, punto fuerte sin lugar a dudas de toda la función.
Me parece muy interesante ver el viaje en el que se embarcan los personajes, cómo la afabilidad se ve emborronada por la demencia de otros que vienen cargados de discursos caóticos y de una poética malsana y enfermiza, que hace tambalearse los cimientos de quien se ha construido su propio castillo en el que aprender a expiar sus pecados. 
Lástima que prime la amabilidad y las ganas de agradar en la forma de tratar el tema y que cuando, por fin, ocurren cosas que parece que van a hacernos bajar a los infiernos de los personajes, todo se retraiga de una manera un tanto tímida.
¡Ojo! La función en ningún momento me aburrió, me parece que tiene el germen de una buena historia con mucho que mostrar. La aterradora personalidad de Eric, que atrae a las masas y provoca reacciones tan siniestras, es digna de ser visitada, al igual que la extraña dependencia de Nuria la carcelera «Delicadeza» por Abel y la de este por Eric y su séquito de perversos fanáticos que le escriben a diario. Ahí hay momentos en los que se podría escarbar y daría miedo todo lo que uno podría encontrar, pero para mi gusto todo queda un tanto diluido.
Guillermo Llansó, Marta Alonso y Karlos Aurrekoetxea realizan un muy buen trabajo, dentro de lo marcado por Juanma Romero, dando veracidad a sus personajes y otorgándoles profundidad, ofreciendo destellos de toda esa oscuridad que tanto me hubiera gustado poder disfrutar de pleno y dándonos una actuaciones muy interesantes. Gran duelo interpretativo entre Guillermo Llansó y Karlos Aurrekoetxea.
Una historia que dentro de la oscura situación que plantea, es inofensiva. Recomendable para aquel espectador poco acostumbrado a que le zarandeen, pero que tenga ganas de ver unas buenas actuaciones.

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Dario Fo José Tornadijo Mabel Del Pozo Nuevo Alcalá Ota Vallés Pareja Abierta Teatro

Pareja Abierta

Título:
Pareja Abierta

Autor:
Dario Fo y Franca Rame

Lugar:
Nuevo Teatro Alcalá (Sala II)

Elenco:
José Tornadijo
Mabel Del Pozo

Coreografías:
Pablo Paz

Dirección:
Ota Vallés


Y sigo buscando y escarbando funciones por Madrid. Da igual marcharse al Off o andorrear por los teatros más comerciales, el caso es echarse buen teatro a los ojos. Descubrir esas propuestas que quedan eclipsadas tras los grandes nombres o los cartelones llenos de brillos.
Eso mismo es lo que pasa con “Pareja Abierta” que se representa en la Sala II del Nuevo Teatro Alcalá, escondida entre la recargada parafernalia de la función que está programada en la Sala I y los conocidos y televisivos nombres de las humoristas que actúan en la función previa en la misma Sala II; de hecho si entras en la web del teatro tampoco hay rastro de ella, extraño asunto este en la que no voy a entrar porque el ciberespacio es así de caprichoso…
El caso es que esta versión de “Pareja Abierta” de Darío Fo, dirigida por Ota Vallés e interpretada por Mabel del Pozo y José Tornadijo, merece nuestra atención como espectadores. Una propuesta que aparte de apoyarse en el ácido y divertido texto del Premio Nobel,  ha querido dejarse llevar y darle un ramalazo algo petardo que le imprime una personalidad diferente. Quizá no sea lo más original, quizá ya lo hayan hecho otros antes, pero le aporta un toque gamberro que hace que uno se deje engatusar con un código que, a las 22,30h de un viernes, puede apetecer.
La función nos plantea el conflicto de la infidelidad en la pareja, él es infiel compulsivamente y ella, harta de soportar la humillación del engaño, decide acabar con su vida varias veces a la semana; hasta que surge la posibilidad de convertirse en esa Pareja Abierta que da título a la función, desatándose una guerra de sexos donde, a partir de ese instante, no se sabe quién está engañando a quién.
El absurdo y el surrealismo impregnado por la dirección de Ota Vallés y la cercanía y las ganas de jugar de los actores hacen que esta versión sea un cúmulo de momentos delirantes que vuelan en el tiempo y que provocan una buenas carcajadas. Mención a parte el viaje en moto (¡magistral!)
Hay algunos tropezones con el texto, y en algunos momentos la velocidad que se le quiere imprimir hace que se pierdan líneas de diálogo, pero por el resto, el delirio campa a sus anchas por la escena, haciendo que miremos divertidos el devenir de esta desafortunada pareja.
Con permiso de José Tornadijo, quien realiza un divertido trabajo, me gustaría destacar la labor de Mabel Del Pozo que destila comicidad por los cuatro costados, tiene un dominio del personaje absoluto, entra y sale de él a su antojo, hace lo que quiere y siempre resulta brillante, logrando mantenernos embelesados durante toda la función.
Una estupenda propuesta que os recomiendo paséis a descubrir por la Sala II del Nuevo Teatro Alcalá, con la que saldréis con un buen sabor de boca.

 

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