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Concha Velasco Hécuba José Carlos Plaza José Pedro Carrión Juan Mayorga María Isasi Pilar Bayona Teatro Teatro Español

Hécuba

Título:
Hécuba

Autor:
Eurípides

Versión:
Juan Mayorga

Lugar:
Teatro Español

Elenco:
Concha Velasco
José Pedro Carrión
Juan Gea
Pilar Bayona
María Isasi
Alberto Iglesias
Luis Rallo
Alberto Berzal
Denise Perdikidis
Marta d la Aldea
Zaira Montes
Alberto Yuste
Sergio Castellanos

Escenografía:                                    Iluminación:                           Vestuario:
José Carlos Plaza                            Toño Camacho                      Pedro Moreno

Música y Espacio Sonoro:                Caracterización:                      Maquillaje y Peluquería:
Mariano Díaz                                  Juan Pedro Hernández          Gema Solanilla

Ayudante de Dirección:
Jorge Torres

Dirección:
José Carlos Plaza

Después de mucha carretera, cosa rara en los tiempos que corren, llega al Teatro Español esta versión de «Hécuba» de Eurípides, dirigida por José Carlos Plaza y estrenada en el pasado Festival de Teatro Clásico de Mérida.
Una nueva excusa para salir corriendo a ver a Concha Velasco sobre las tablas que, menos mal, dijo con la boca chica aquello de que se iba a retirar.
Esta vez lo que se nos presenta es una tragedia griega hecha con todos los elementos de las mismas, sin adpataciones a los tiempos modernos, ni más monsegar por el estilo; esta vez se presenta el montaje tal cual, con una versión realizada por el gran Juan Mayorga, y eso ya es garantía para saber que lo que se va a ver, como mínimo, está hecho con todo el cuidado y mimo del mundo.
Un montaje que visto en el Teatro Romano de Mérida tuvo que ser espectacular, grandioso, y que en el Teatro Español, aunque en un espacio mas reducido, no desluce en absoluto. Y es que ese teatro engrandece cuanto reposa sobre sus tablas, calidades artísticas, en algunos casos, a parte. 
Una escenografía ideada por el propio director, José Carlos Plaza que nos transporta al universo de esta Hécuba destruida por las desgracias que le ha deparado y le sigue deparando el destino. La ambientación, las caracterizaciones, todo juega a favor de un montaje que está hecho para abstraernos de nuestro mundo y, con la magia de la imaginación, viajar hasta esa Troya devastada por los griegos. (siempre y cuando cierta alcaldesa maleducada no se niegue a apagar su móvil durante la función y mostrar su rostro iluminado en la oscuridad de la sala, sin respeto alguno por espectadores y profesionales que comparten espacio con ella…)
Un comienzo bello, con ese doloroso coro anunciando la entrada en escena de la destronada Hécuba, hace que esperemos algo grande, las expectativas así nos lo exigen; un coro que me convencía y me estaba agradando desempeñando su labor dentro de la tragedia, al igual que la música de Mariano Díaz, hasta ese momento culmen en el que los tambores dan paso a una instrumentalización más moderna que rompe todo lo creado y, para mi gusto, tira por tierra la emoción y la ambientación lograda. Y es que más allá de lo esperado, esta función tiene momentos algo irregulares, la mezcla de los diferentes tipos de interpretación que muestran los miembros del elenco hace que haya muchos baches que sortear para entregarse a la historia. No hay un código general que abarque tanto estilo interpretativo diferente y a veces hay que hacer un doble esfuerzo por creer y comprender lo que nos cuentan. Aunque para la segunda mitad de función la cosa se calma, paradójicamente con lo que se vive en esos momentos de la función, y uno logra disfrutar de un desenlace mas que digno.
Hay interpretaciones que son pura declamación, voces maravillosas para la escena, que son lecciones de teatro vivas, pero que a mi personalmente no me transmiten emoción alguna. Siempre con todo el respeto y admiración, pero es un tipo de interpretación que no me llega nada, la veo, la aprecio, pero no me convence. Veo a José Pedro Carrión o a Juan Gea y me quedo con la sensación de que hay mucho más dentro de ellos de lo que realmente nos están dando, creo que José Carlos Plaza les deja hacer lo que ya saben, apostando sobre seguro, sin molestarse en encontrar nuevos recodos en sus interpretaciones que sumen al montaje; las cuales, como las de todo actor, respeto profundamente, más allá de compartirlas o no.
Sin embargo hay actuaciones como la de María Isasi que, desde la sencillez, me transmitieron la esencia de su personaje, o esa Pilar Bayona, presencia tan necesaria durante la función, que apenas tiene líneas de diálogo y demuestra una calidad interpretativa magnífica. También Alberto Berzal y Alberto Iglesias realizan una labor interesante, que aporta emoción e intensidad a la producción.
Y como no, Concha Velasco que crece y crece a cada montaje, actriz que se expande, que se hace grande por momentos y que logra llevar la batuta de esta tragedia con toda la dignidad de una Gran Dama del Teatro, cosa que es, y con una generosidad a nivel interpretativo que la magnifica aún mas. Eso sí, de vez en cuando se le escapan ramalazos de «La Velasco» asomándose tras su Hécuba ofreciendo algún guiño innecesario, remarcador de intenciones; algo perdonable para alguien que le echa tantos «ovarios» a su carrera y que, a sus 74 años, aún se arriesga y se planta esta tragedia griega por montera, aprobando con nota. 
Que Concha siga amenazando con retirarse, sin cumplirlo ¡por supuesto!, porque nos está haciendo disfrutar de una actriz que es a cada función más inmensa que su propio nombre.
«Hécuba» es una función que hay que ver, sobretodo por seguir descubriendo a una Concha Velasco que no deja de arriesgar, crecer y ofrecer aspectos nuevos en su carrera, y por ver un montaje con tintes grandiosos y clásicos que de vez en cuando son necesarios para no olvidar las raices del teatro universal. 
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Abadía El Diccionario Helio Pedregal José Carlos Plaza Lander Iglesias María Moliner Teatro Vicky Peña

El Diccionario

Título:
El Diccionario

Lugar:
Teatro de La Abadía

Autor:
Manuel Calzada Pérez

Elenco:
Vicky Peña (María Moliner)
Helio Pedregal (Doctor)
Lander Iglesias (Fernando)
José Pedro Carrión (Voz del juez)

Escenografía e Iluminación:
Francisco Leal

Música y espacio sonoro:
Mariano Díaz

Dirección:
José Carlos Plaza


Había que acabar este 2012 de intensa actividad teatral con buen sabor de boca. Con una pieza que dejara la puerta abierta a comenzar el 2013 con las mismas ganas y la misma pasión que se ha ido desprendiendo en el año que tan maltratada se ha encontrado la cultura. Casualidades del destino, creo que no podía haber sido mejor elegida la función.
Admito que soy de los que había oído hablar de la figura de María Moliner y su diccionario, pero nunca se había parado a pensar en quién era esta mujer y porqué tenía su propio diccionario. Al comienzo de saber que se iba a estrenar esta obra, pensé en qué podía haber de interesante en ver una función sobre una señora que había escrito un diccionario… ¡A veces los pensamientos precipitados son así de atrevidos! Ni se me había pasado por la cabeza pensar que lo que nos ofrecía Manuel Calzada Pérez, autor de «El Diccionario», era la historia de una luchadora; de una de esas personas que a veces surgen de la nada y que intentan convertir una utopía en realidad. La historia de una de esas personas anónimas que sienten que tienen algo que ofrecer al mundo y que, generosamente, se entregan a ello. Discutibles son las formas, no lo niego, pero eso pertenece a la elección individual de cada uno y ella eligió esta que se nos cuenta.
«El Diccionario» nos desvela quién fue esta mujer y todas las circunstancias que la rodearon. Qué la llevó a esta labor casi, como en un momento dice el personaje del Doctor, Quijotesca. Se nos descubre, no ya a la luchadora infatigable, si no a la persona que fue cruelmente castigada por el destino y la enfermedad a ir olvidando aquello a lo que dedicó su vida. Las palabras.
La obra nos muestra fragmentos de la vida de María Moliner, nos desgrana momentos claves que dan sentido a todo lo que ocurre y que nos llevan a un final ya anunciado desde el comienzo y que, supongo que por eso mismo, el espectador lo va viviendo de una manera tan cercana a la propia María. Pero con lo que yo me quedo de lo que nos muestra la función es con la figura de una lmujer infatigable, de vida sencilla y fina ironía, que mas allá de saber que su destino la tiene condenada de antemano, ella sigue al pie del cañón, intentando aferrarse a su vida, a una vida de lucha por aquello en lo que creyó.
Disfruté de un texto que aunque no es nada sencillo, demuestra un gusto por el lenguaje que en ocasiones me pareció divertido y juguetón, y en otras quizá se me escapó un poco de mi atención; en momentos me conmovía y en otras pecaba quizá de un tanto panfletario, aunque admito que eso mismo de lo que peca es lo que necesitamos en estos días, de ciertos golpecitos en el hombro del espectador acomodado; que nos haga ver que eso de lo que nos habla, que nos suena a pasado, sigue tan peligrosamente vigente como antaño.
Las escenas se suceden y te enganchan. Todo muy sabiamente dirigido por José Carlos Plaza, el cual da mucha importancia, y lo aplaudo con entusiasmo, a los gestos que complementan el texto, gestos cargados de mensajes y que dicen tanto en sus silencios… Algo que puede sonar un tanto paradójico dentro de un montaje dedicado precisamente a «las palabras», pero tan importante a la hora de ver teatro. Que se deje a los personajes respirar, vivir, desarrollarse en escena; dejando que el público los paladeemos para implicarnos en lo que nos ofrecen.
Una vez mas salí maravillado con el trabajo de Vicky Peña, tan lleno de verdad, de humanidad. Nos hace nuevamente un regalo dejándonos disfrutar de tanto y tan buen saber hacer. Llena de fascinación un personaje, que para los de pensamiento precipitado, como es un servidor, podría pasar desapercibido. Vicky Peña no sale de escena en ningún momento, salta del pasado al presente, de ahí al futuro, donde retorna al pasado y que en ninguno de sus momentos nos suelta la mano. Impresiona ver cómo plasma el sufrimiento callado de esta mujer, su transformación, los pequeños detalles que dan paso a su deterioro y ese final donde nos acaba arrastrando junto con ella a la nebulosa de su escalofriante enfermedad.
Como las actrices realmente generosas, se difumina y nos hace ver únicamente al personaje. Algo que así dicho parece de lo mas normal, que es lo que tiene que ser, pero que sin embargo no todos los que se suben al escenario lo logran.
En escena está acompañada por Helio Pedregal como el Doctor que trata la enfermedad de María Moliner y Lander Iglesias que da vida a Fernando, el abnegado marido, que complementan a la actriz. Según estoy escribiendo la crónica, iba a decantarme mas por uno de ellos, pero me vienen a la mente fragmentos de la función y ambos tienen momentos muy interesantes y emotivos, que me hacen no querer inclinar la balanza hacía ningún lado. Los tres actores bailan al mismo son, se entremezclan como fantasmas en el recuerdo de la protagonista, se cruzan, se lanzan el texto, lo saborean y lo tejen a los movimientos tan bien llevados por la escena.
En todo momento me sentí enganchado por todo lo que contaban, por cómo lo decían, disfrutando de la riqueza del texto, de los movimientos, de los gestos, de las sensaciones que se desprendían de lo que al comienzo pensaba que iba a ser un montaje discursivo y que, poco a poco, fui descubriendo como una pieza llena de fino humor, de humanidad y de historia. 
Nos muestra un fragmento de nuestra historia reciente bajo los ojos de una mujer que vivió de manera silenciosamente activa los cambios políticos del siglo XX y que nos habla del sufrimiento individual que nos toca vivir a cada uno de nosotros, de la crueldad del destino y como no tenemos mas remedio que someternos a él, eso sí, sin dejar de luchar por lo que mas ansiamos en esta vida, la libertad.

Atentos todos los que no habéis podido verla en La Abadía porque sale de gira en el 2013. Yo os recomiendo que no os la perdáis porque vais a poder disfrutar de una Vicky Peña en estado de gracia y un texto como mínimo interesante de descubrir.

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