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Trainspotting

Yo pertenezco a esa generación que en los 90 se quedó colgada de «Trainspotting», para mi primero fue la película de Danny Boyle y luego el libro de Irvine Welsh, y se convirtió en uno de tantos referentes generacionales a los que me aferré cuando entré en la veintena; no porque yo fuera malote, ni mucho menos, ni me moviera en círculos similares, si no porque a través de sus picos, sábanas cagadas, alucinaciones de bebes muertos, peleas de borrachos, sus polvos cerdos, viajes submarinos al fondo de váteres infectos y sobre todo, y más que nada, su filosofía destroyer, encontré el reflejo de mi vértigo existencial; un asidero al pánico a no tener ni de idea de qué cojones debía hacer con mi vida.  «Trainspotting» miraba una zona tenebrosa a la que me daba miedo asomarme y supongo que de alguna forma me hacía sentir menos solo ante la terrorífica idea de tener que elegir. Finalmente elegí, eso creo, y crecí, aunque la incertidumbre y el acojone no se han calmado. El caso es que ahora «Trainspotting» ha regresado, esta vez desde el Pavón, y no he querido resistirme al reencuentro de estos viejos amigos, aunque a mí, como suele suceder, me encuentren más viejo y gordo; eso sí, igual de disfrutón con esos referentes que me ayudan a sobrellevar mis elecciones y puede que mis miserias.

La experiencia ya comienza desde que se entra en el patio de butacas, lugar privilegiado con vistas al infierno con forma de barrio de Edimburgo que, a golpe de dance, nos da la bienvenida y desde el que Renton nos mira con ojos alucinados. Un pobre diablo heroinómano del que lo primero que vemos son sus tatuajes de la espalda, dos costurones en los omóplatos que nos dan a entender que le han extirpado las alas, condenándole a no salir jamás de allí, ¿se las han extirpado o él mismo se las ha arrancado porque esa es su elección? Eso lo descubriremos a través del viaje junto al resto de almas en pena que componen Trainspotting: Sick Boy, Allison, Bebgbie y Lizzie. -No sé si los tatuajes pertenecen realmente al propio actor o son parte del personaje, en cualquier caso a mi me aportan una lectura magnífica de Renton

Fernando Soto recupera la adaptación teatral de Harry Gibson versionada por Rubén Tejerina para mostrarnos la fragilidad y la falta de esperanza del mundo en la que se mueven los seres de esta historia, ¿solo ellos?; animales acorralados que se defienden a golpe de desdén y supuesta despreocupación por la vida, que hacen del desafío ante la adversidad una declaración de intenciones, dibujándolo de acciones suicidas y violentas y que, sin embargo, nos devuelve un reflejo devastador de un mundo en constante peligro de derrumbe -Los puntales que pueblan la desapacible escenografía de Mónica Boromello dan fe- Una historia de ritmo trepidante, muy ácida y divertida en ocasiones, pero terriblemente desasosegante por el futuro que le adivinamos. Una puesta en escena que juega con la dureza de los ambientes y la poética de sus imágenes, eso sí, eché en falta en el resultado algo más de aspereza y contundencia para revolverme en mi butaca. Aunque es cierto que eso no resta instantes en los que el espectador se descubre conteniendo la respiración lleno de intranquilidad, riéndose con nerviosismo ante los comportamientos, en ocasiones feroces, de sus personajes. Es imposible no tragar saliva cuando rompen la cuarta pared y sus ojos desafiantes se posan en nosotros.

Críspulo Cabezas es el Renton perfecto, creo que no podían haber elegido mejor, exprime el jugo a su personaje con ganas, llenándolo de un carisma de regusto acre magnífico, es divertido, terrible y deja un poso tristísimo ¡y ese paseo que nos damos junto a él es un gustazo! Xabi Murua, como ya ha demostrado en La Cocina o en Los Buitres, es un animal escénico y hace que su Sick Boy resulte perversamente seductor -No me importaría volver a ver la función para descubrir la propuesta que Víctor Clavijo hace de este mismo personaje- Luis Callejo nos regala un Begbie tan posible que asusta, al salir del teatro puedes toparte con él al fondo de la barra de cualquier bar esperando una mínima provocación. En Mabel del Pozo hay algo que hace que me crea cuanto haga o diga, su cuerpo y su mirada derrumbada son un resumen perfecto de la decadencia que supura la función. A Sandra Cervera no la había visto trabajar nunca y me gustó el juego de cambios entre sus personajes, un estupendo descubrimiento lleno de carácter.

Trainspotting regresa para recordarnos, a su manera, que está en nosotros la opción de elegir, gozar revolcándonos en nuestra miseria si es lo que queremos y reírnos de lo establecido, aunque la vida acabe por partirnos la cara.

FICHA:

Título: Trainspotting Autor: Irvine Welsh Adaptación: Rubén Tejerina Dirección: Fernando Soto Elenco: Críspulo Cabezas, Xabi Murua/Víctor Clavijo, Mabel del Pozo, Luis Callejo, Sandra Cervera Espacio Escénico: Mónica Boromello Iluminación: Javier Ruíz Alegría Música Original: Didi Gutman Videoescena: Bruno Praena Vestuario: Marta Martín-Sanz Ayudante de Dirección: Laura Ortega Lugar: El Pavón Teatro Kamikaze

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El Pequeño Poni

Normalmente nuestros padres nos quieren, nos protegen -a su manera, pero lo hacen- de todos esos agentes externos que se nos cruzan por la vida y nos golpean con agresividad. Allí están ellos para intentar hacérnoslo más sencillo – a su manera, pero lo hacen-, para impedir que las piedras del camino se nos metan en los zapatos y, si se cuelan, ahí están ellos para ayudarnos a sacárnoslas de una buena sacudida. Lo malo es que a veces la piedra nos golpea precisamente con esa sacudida, porque las cosas hechas a «nuestra manera», con toda la buena fe, no es «La Manera», pero… ¿cuál es? ¿cuál es la forma correcta de hacer las cosas?

Paco Bezerra vuelve concartel-el-pequeno-poni «El Pequeño Poni» a colarse en las heridas de lo común y corriente -Allí donde las cosas suceden en crudo- y se entretiene en rascarle las costras, abriendo heridas y dejando que sangren, sin prisa, que se derramen a la vista de todos. Y ahí está Luis Luque -tanto monta monta tanto- que con su mirada llena de lirismo y amabilidad, parece que viene a curarnos y taponar la hemorragia provocada por Bezerra; erróneo pensamiento que se diluye en el instante en el que caemos en la cuenta de que, con la suavidad de sus manos, lo que anda haciendo es crear la belleza de cauces por los que dejar que fluya y conseguir que todo se empape de ese rojo escozor.

En el caso de «El Pequeño Poni» la hemorragia galopa a paso de caballitos de colores chillones y purpurina, aparentando ser más inofensiva y, en ocasiones, risueña, una manera cualquiera de engatusarnos para lograr que metamos la cabeza en ese saco de prejuicios, acoso y sobreprotección que es la historia de Luismi, Irene y Jaime. Una historia que nos invita a la reflexión sobre el tipo de sociedad que estamos creando entre todos, donde la libertad del individuo está supeditada a la aprobación de la mayoría y expuesta al escarnio irracional de los demás. Una mirada desde el lado adulto a una situación en la que se encuentran cada vez más niños y niñas: El acoso escolar. Un disección sobre la protección mal entendida, el miedo y la peligrosa incapacidad que tienen los adultos para volver a calzarse los zapatos de un niño. Una excusa perfecta para salir de la función con nuestra propia mochila cargada de cuestiones que plantearnos a nosotros mismos.

Toda esa contundente realidad que Bezerra rasga con sus diálogos, se complementa con el lirismo que respiramos gracias a la delicadeza de la puesta en escena de Luque y su equipo. Las paredes de ese hogar-bunquer que Mónica Boromello ha imaginado para dar cuerpo a «El Pequeño Poni», se descubre como un espacio confinado que acumula el drama de esta familia y que tan sólo logra liberarse- acertadísima videocreación de Álvaro Luna–  hacia el universo que se dibuja ante nosotros cuando las consecuencias son irreversibles. Constelaciones que nos señalan directamente a nuestros propios prejuicios y culpabilidades como un grito sordo.

Y por supuesto: María Adánez y Roberto Enríquez que ponen alma y carne a la lucha de estos padres que libran tan durísima batalla contra la hostilidad del mundo exterior y sus propias brechas internas. Gran trabajo en el que vuelvo a disfrutar de la solidez actoral de Roberto Enríquez, que se marca un maravilloso viaje emocional y una María Adánez a la que he descubierto, teatralmente hablando, de manera algo tardía – Desde «Insolación»– y de la que, sin duda, destaco y aplaudo ese momento catártico en el que su personaje, Irene, se rompe confesando la verdadera naturaleza de sus sentimientos con un monólogo donde el blanco y el negro explotan en un millón de tonalidades grises que desestabiliza la balanza en la que el público estaba posicionado hasta ese momento.

Quizá el comienzo de la función peca en exceso de diálogos que pretenden vendernos la imagen de una cotidianidad idealizada, como de anuncio, forzando en exceso la artificiosidad de la relación entre Irene y Jaime, pero en el momento que el conflicto se convierte en un hecho tangible, la función despega y centra su energía en Luismi, personaje invisible a nuestros ojos que es el verdadero eje de la historia.

Dadas las estúpidas circunstancias que por desgracia nos toca vivir en esta sociedad egoísta y temerosa de lo diferente, creo que «El Pequeño Poni» es un instrumento absolutamente necesario para subir a los escenarios, pero no a cualquier escenario, si no a un escenario «comercial» como es el Teatro Bellas Artes, donde el público habitual no está acostumbrado a que le lancen este tipo de cuestiones a sus regazos acomodados. Quizá despierte conciencias y consciencias, quizá toque sensibilidades inesperadas, quizá su exposición haga que niños como Michael Morones o Grayson Bruce, víctimas del bullying a los que va dedica esta función, o cualquier Luismi anónimo que nos esté chillando desde su silencio, logren evitar semejante infierno porque esta función haya podido abrir algunos ojos.

FICHA:

Autor: El Pequeño Poni Autor: Paco Bezerra Dirección: Luis Luque Elenco: María Adánez y Roberto Enríquez Escenografía: Mónica Boromello Iluminación: Juan Gómez-Cornejo Videoescena: Álvaro Luna Música: Luis Miguel Cobo Vestuario: Almudena Rodríguez

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