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Todo El Tiempo Del Mundo

La memoria es un ser maravilloso, mezquino y bastante caprichoso que nos hace ser quiénes somos y modifica quienes fuimos y quienes seremos. Surge cuando menos se la espera, se esconde o se muestra a medias, a saltos, a golpes, a besos, a lágrimas y nos sitúa en lugares.

Pablo Messiez, como buen explorador de almas que es, ha hecho de la memoria de su familia un canto al amor: «Todo el tiempo del mundo». Un instante donde de golpe se unen presente, pasado y futuro. Donde se entrelazan y conviven, donde se encuentran y se sostienen la mirada.

La acción se sitúa en la zapatería de señoras de Flores -Exquisita escenografía de Elisa Sanz envuelta por la delicada luz de Paloma Parra– Es hora de cerrar y, como si de un sortilegio o fruto de un ensimismamiento fuera, los recuerdos, la memoria, lo que es, será y fue, junto a todos los tiempos verbales del ser, se dan cita y celebran un encuentro allí mismo, para reconciliarse y recordar el tránsito por la vida. Un juego en el que el tiempo se detiene y a la vez estalla como una bomba de racimo, mil fragmentos que se miran a los ojos por primera vez y coinciden en un mismo instante. La oportunidad de encontrarse para acariciarse una vez más, siendo quienes realmente son, ocupando por primera vez el lugar que les correspondía. Y al suceder esto uno no puede evitar emocionarse y reírse, porque en «Todo el Tiempo del Mundo» uno se ríe mucho y con ganas, y se da cuenta de lo sencillo que es decir las cosas cuando realmente se sienten.

«Todo el Tiempo del Mundo» es la celebración del encuentro con lo bello que reside en las palabras de Pablo Messiez, que a veces brotan de los labios, a veces de los ojos, o de la piel. Esas palabras que nos recorren, nos estremecen y emocionan por la pureza con la que brotan y que acaban por quedarse a vivir acurrucadas en el corazón. Palabras que necesitan de cuerpos para respirar, cuerpos como los de Íñigo Rodríguez-Claro, María Morales, Javier Lara, Carlota Gaviño, José Juan Rodríguez, Mikele Urroz y Rebeca Hernando. Seres bellos, generosos, que se funden y se diluyen para florecer como esa familia entretejida en lo mágico del existir. Salí enamorado de todos ellos, entregado, y me hubiera encantado al terminar la función poder bajar de la grada y abrazarlos uno a uno, así, un rato largo, a modo de agradecimiento por regalarnos ese pedacito de felicidad emocionada que han creado con esta función. Por hacernos mirar hacia adentro con esa ternura, logrando esa reconciliación que acontece en escena con uno mismo y hacernos sentir tan especiales.

Hay mil frases y momentos con los que quedarse, de los que se agolpan en la garganta para ser llorados o reídos, parlamentos que uno querría guardarse para sí mismo, reacciones que tocan de manera muy especial y que incluso hoy, pasados los días y tras ver la función dos veces, se me arremolinan en el pecho y me hacen emocionar.

«Todo el tiempo del mundo» es un beso apasionado entre el comienzo y el final para dejarse renacer.

¡Gracias!

FICHA:

Título: Todo el tiempo del mundo Dramaturgia y Dirección: Pablo Messiez Elenco: Íñigo Rodríguez-Caro, María Morales, Javier Lara, Carlota Gaviño, José Juan Rodríguez, Mikele Urroz y Rebeca Hernando Luces: Paloma Parra Escenogrfía y Vestuario: Paula Castellanos Maquillaje y Peluquería: Marisa Martínez Ayudante de Dirección: Javier L. Patiño Producción: Buxman Producciones y Kamikaze Producciones Lugar: Naves del Español – Matadero (Sala Max Aub)

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La Distancia

«La Distancia» es la primera producción de Bacantes Teatro, nombre que lleva tras de sí cuatro artistas con necesidades y ansias por plasmar en escena su propia mirada al teatro. Ellas son: Caterina Muñoz, Teresa Rivera, Luz Valdenebro y Estefanía de los Santos. Y para esta primera ocasión han querido contar con Pablo Messiez, quien se ha encargado de la dirección y de la dramaturgia, inspirándose en «Distancia de Rescate», libro firmado por Samanta Schweblin, origen de todo.

la-distancia-cartelAmanda agoniza en la sala de un hospital. De repente la urgencia -con voz de niño-adulto- apremia para poder llegar al origen de todo, lograr hallar el punto exacto donde todo desembocó en este último instante y saber dónde se encuentra su hija Nina.

Esa es la premisa desde la que arranca la función… Bueno, la verdad es que no sé si denominarla como tal, porque más que una función la experiencia que se vive desde la butaca del Teatro Galileo podría ser una agonía, una pesadilla, un instante alucinado de un estado febril… y, sin embargo, somos conscientes de que se habla de una realidad totalmente palpable. «La Distancia» es un peligroso secreto que se respira a cada bocanada de aire fresco. Un viaje a través de lugares confortables empapados de un realismo mágico envenenado. Un tránsito lleno de acciones desesperadas, de madres aterradas, de madres perdidas, desconcertadas, e hijos con almas errantes, en tránsito hacia la salvación. Víctimas y testigos consentidores en este intercambio de roles entre las luces y las sombras.

Es muy difícil que con la separación que otorga un patio de butacas se llegue a generar en el espectador la incomodidad y la angustia de ese instante que apremia, que nos importe tener que llegar a tiempo al lugar donde se nos quiere llevar; conseguir que nuestros cuerpos se retuerzan impacientes, deseosos por conocer, manteniendo viva la necesidad de querer mirar, de asombrarnos a cada nueva pincelada y que cada trazo que se nos ofrezca nos acelere el pulso. Y eso lo tiene «La Distancia».

Vi la crudeza y la aberración de un informativo, vi los grandes terrenos del noreste argentino, vi la épica del realismo mágico latino, vi a David Lynch, y además vi un sabor auténtico, ese pellizco del Messiez que sabe qué cuerdas tocar, el que con astucia sabe encontrar siempre el dónde y el cómo. Y todo esto se ve gracias a ese compendio de cuadros solapados, de puertas dimensionales que es la escenografía de Elisa Sanz o la fascinante iluminación de Paloma Parra y al alma y la carne de María Morales, Fernando Delgado, Luz Valdenebro y Estefanía de los Santos que logran ese estado casi paranormal de dejarse desaparecer para que Amanda, David, Carla, Nina o la Mujer de la Casa Verde nos introduzcan en esta espiral de pesadilla con una facilidad que emociona encontrar porque ellos cuatro son portadores de esa mágica, y tan difícil de hallar, paz que nos hace ser conscientes de que no hay necesidad de preocuparse por malos pespuntes en las actuaciones, o descubrir marcas de dobleces, porque no las hay, la continuidad entre el elenco y los personajes es fruto de un mismo tejido. distancia4

Pienso en «La Distancia», ahora que han pasado los días, y evoco el recuerdo del color verde que invade toda la escena, el verde del césped fresco, de la sensación de afabilidad, de la esperanza de una solución desesperada y al hacerlo, aún siento esa caricia cercenadora que abre la piel con el filo de la brizna de hierba, como una cuchilla, infectándolo todo… porque este también es el verde del veneno, de la ponzoña latente, que aguarda amenazante en cada rincón de esta función. La hermosura y la poesía hacen que el incauto relaje sus defensas, aumentando la distancia de rescate y sea contaminado por esta flor venenosa que es «La Distancia».

Título: La Distancia Dramaturgia y Dirección: Pablo Messiez Elenco: María Morales, Fernando Delgado, Luz Valdenebro, Estefanía de los Santos Ayte. Dirección: Teresa Rivera Escenografía y Vestuario: Elisa Sanz Iluminación: Paloma Parra Producción: Bacantes Teatro Lugar: Teatro Galileo

 

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