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Vientos de Levante

Siempre recuerdo la primera vez que vi un atardecer en el mar, casualmente fue en Cádiz, como en «Vientos de Levante». Recuerdo estar sentado en la arena de la playa, expectante, cegado por el brillo del sol, un brillo que no deslumbraba, que permitía mirar, de hecho me era imposible dejar de hacerlo. Estaba sorprendido por la velocidad con la que se movía el sol estando a punto de perderse tras el horizonte. Recuerdo la suave calidez de esos últimos rayos, como una caricia, y cuando eso pasa uno se deja, alza la barbilla levemente como intentando recibir más de aquello; cuando atardece parece que las olas suenan diferentes, más sosegadas, juguetonas, incluso el mar parece más denso por sus movimientos. Y todo se calma, como gesto de respeto por ese sol que se va y que desearíamos retenerlo por un rato más. Son apenas unos minutos en los que el resto deja de importar… ¿será esa la esencia de la felicidad? ¿de la vida?. Tras vivir aquel momento único, confesé muy bajito a mis amigos, con algo de pudor, que aquel fue mi primer atardecer. Mi cara debía decir muchas cosas con esa revelación porque un abrazo lleno de silencio, firme, pero repleto de cariño, me envolvió anudándome de emoción la garganta.

Y todo esto viene a colación porque esa sensación la recuperé cuando salí de ver «Vientos de Levante» de la La Belloch Teatro. Una mezcla de gusto por la vida y, quizá, dulce nostalgia.

Carolina África nos cuenta la historia de seres que se encuentran, se roban besos, seres doloridos que se ríen de pavadas, que se enamoran, seres a los que la vida se lo pone jodido, muy  jodido, y que se tienen que despedir sin querer hacerlo… Las crisis, los miedos, las ganas de ilusionarse, el coraje de vivir y el empeño para que cada segundo merezca la pena. Seres que miran la cordura sin saber de qué lado de la membrana viven, a veces conscientes y otras invadidos por una marejada desatada que no les deja ver el lado del que están. Y todos ellos frágiles, tanto que hasta el propio viento, según sople, puede destruirles o hacerles vibrar. ¿No nos pasa un poco eso a todos? y Carolina África con este texto, con este montaje, capta en crudo esa magia que nos da la vida, poniéndole piel y nombre, huyendo de artificios efectistas que no le hacen falta. La propia Carolina África, Paola Ceballos, Pilar Manso, Jorge Mayor y Jorge Kent nos llevan con suavidad a lugares que nos rozan y que nos duelen, nos llevan de la mano para recuperar esos instantes inapreciables de los que están hechos nuestros días, con su puntito naif, sencillo y cotidiano que se agradece tanto. Juegan las vidas de sus personajes desde un lugar tan bello y sincero, con una ternura tan viva, que es inevitable no amarles y quedártelos bien amarrados al corazón.

Un montaje de La Belloch Teatro que te va ganando por momentos, que te hace mirar y apreciar desde un lugar muy íntimo, que se disfruta y se sufre a corazón abierto, que te hace ansiar amar con un poquito más de fuerza y que cuando acaba necesitas reposarlo un ratito en silencio, dejando que la emoción se te desparrame agusto por los ojos para luego abrazar y sonreír con más intensidad. Un poco como aquel primer amanecer que os contaba, único.

¿Nunca habéis suspirado tan fuerte que os ha dolido muy adentro del pecho y luego os habéis dado cuenta lo aliviados que os habéis quedado? pues así se vive «Vientos de Levante».

Señores programadores: ¿Qué hacéis que no os estáis dando de tortas por tenerla en vuestras salas?

FICHA:

Título: Vientos de Levante Texto y Dirección: Carolina África Elenco:  Carolina África, Paola Ceballos, Jorge Kent, Pilar Manso y Jorge Mayor Iluminación: LUZ E.T. Escenografía: Almudena Mestre Espacio Sonoro: Nacho Bilbao Vestuario: Carmen Mestre Ayudante de Dirección: Laura Cortón Producción: La Belloch Teatro Lugar: Teatro Galileo

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Hamlet

Hemos podido ver versiones de “Hamlet” de todos los colores y sabores, unas más acertadas que otras, unas más arriesgadas, otras más convencionales, algunas emocionantes y otras insufribles ¿Qué tendrá este texto que nos atrapa y nos permite tantas lecturas? Supongo que es la grandeza de cuanto contiene.

Foto Ceferino López
Foto Ceferino López

Ahora, en el cuarto centenario de la muerte de su autor: William Shakespeare, Miguel Del Arco ha querido poner sobre las tablas del Teatro de la Comedia su visión más Kamikaze, y nunca mejor dicho pues se ha lanzado a ofrecernos una propuesta que ha provocado ríos de tinta, tanto para bien como para mal, y eso, sea cual sea la opinión y las sensaciones que genere, es señal de que las ganas por el riesgo y por la búsqueda siguen latentes en esta compañía que se atreve con lo que le echen.

Aquí nos encontramos a un Hamlet situado en una atemporalidad que mezcla duelos a espada, pistolas, bases de ritmos y expresiones como: “Guapérrima” -por poner un ejemplo que no desvele demasiado- que abren un sinfín de posibilidades y de probabilidades, haciendo que todo lo que uno espera, y un poco más, sea lo que sucede en este montaje en el que Miguel del Arco ha jugado a romper estructuras y a mezclar líneas temporales, adentrándonos en la historia que todos conocemos con ojos nuevos para poco a poco focalizar la trama y acabar con la emoción que esta historia guarda en su interior.

Del Arco dibuja lo que Shakespeare escribió. Se adentra en la cabeza del Príncipe para contarnos los hechos previos a la tragedia sin su estructura convencional, si no como Hamlet los podría haber recordado en los instantes previos a ese «The rest is silence»; permitiéndose licencias y saltos que a los más puristas pueden tirar para atrás y dar cerrojazo a la posibilidad de adentrarse en la propuesta, pero que descubren que esta historia nos puede atrapar también desde otros lugares.

Foto Ceferino López
Foto Ceferino López

Una escenografía que es una delicia articulada, una especie de Cubo de Rubik envenenado que, desde un mismo espacio, nos hace volar a través de los múltiples colores que ofrece este balcón con vistas a Elsinor y la tragedia que acecha a sus habitantes. Un dormitorio y sus cuatro paredes se abren a un sin fin de espacios que sorprenden, envuelven y siempre resultan efectivos. Las proyecciones, las luces y las sombras, o los movimientos escénicos suman personalidad a esta producción.

Israel Elejalde se hace y se deshace en el juego macabro y sufriente de un trabajo que personalmente creo lo lanza hacia el firmamento. Quiero más de esta bestia parda que desaparece en el interior de Hamlet para desgarrarse las tripas y servirnos un personaje al que mirar y sentir como si fuera nuestra primera vez.

Ángela Cremonte tiene un reto especialmente complicado con su Ofelia y la visión que Del Arco ha querido otorgarle. En ocasiones baila en el filo de lo esperpéntico – ¿Desde cuando la locura tiene una medida lógica? – y, más allá de lo mucho o poco que uno comulgue con la propuesta de dirección, no se le puede negar que ante el riesgo que conlleva, el trabajo que se marca es de una entrega absoluta y del que sale airosa. Particularmente soy amante de las “idas de olla” que se marca Miguel del Arco y se las aplaudo con entusiasmo. ¿Por qué no? De lo que se trata es de jugar, ¡pues juguemos!

Un placer ver a Jorge Kent formando parte de los Kamikaze, cualquiera de los cuatro personajes que le han sido encomendados tiene identidad propia, variando sus energías a placer y jugándolos con gusto, su presencia es una suma constante.

José Luis Martínez, al comienzo no entré del todo en su propuesta, pero poco a poco, según fue tomando forma su Polonio  me resultó más atractivo. Aunque lo de los acentos de los enterradores sí que no lo comprendí.

Foto Ceferino López
Foto Ceferino López

Con Daniel Freire tuve momentos encontrados, por un lado me gustó la dualidad fraternal, es un acierto y la aprovecha, pero por otro le vi excesivamente forzado. Una duda: ¿Por qué siendo argentino le sale un acento tan “imitado”? ¿es nota de dirección?.

Ana Wagener es una Gertrudis medida, en ocasiones algo errante, gana según avanza la función, pero quizá se me quedó algo insípida.

A Cristóbal Suárez no se le ve cómodo con en los papeles que le han tocado en suerte, no termina de cuajarlos. Al menos nos queda el poder disfrutar de él en el tramo final de la función, donde se deshace de esa incomodidad y nos regala un duelo absolutamente trepidante junto a Elejalde, pena no encontrar más destellos suyos como ese durante la función.

En definitiva, este es un «Hamlet» con un par de narices, vibrante, que ha venido a mostrarse desde otro lado, que no quiere quedarse en lo de siempre, que arriesga y apuesta fuerte, que busca una identidad propia y que, para mí, la tiene bastante clara.

¡Viva el riesgo y el deseo de jugar y descubrir!

Título: Hamlet Autor: William Shakespeare Versión y Dirección: Miguel Del Arco Elenco: Israel Elejalde, Ángela Cremonte, Cristóbal Suárez, José Luis Martínez, Daniel Freire, Jorge Kent y Ana Wagener Escenografía: Eduardo Moreno Iluminación: Juanjo Llorens Música Original: Arnau Vila Vídeo: Joan Rodón Vestuario: Ana López Lugar: Teatro de la Comedia.

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