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Hamlet

Hemos podido ver versiones de “Hamlet” de todos los colores y sabores, unas más acertadas que otras, unas más arriesgadas, otras más convencionales, algunas emocionantes y otras insufribles ¿Qué tendrá este texto que nos atrapa y nos permite tantas lecturas? Supongo que es la grandeza de cuanto contiene.

Foto Ceferino López
Foto Ceferino López

Ahora, en el cuarto centenario de la muerte de su autor: William Shakespeare, Miguel Del Arco ha querido poner sobre las tablas del Teatro de la Comedia su visión más Kamikaze, y nunca mejor dicho pues se ha lanzado a ofrecernos una propuesta que ha provocado ríos de tinta, tanto para bien como para mal, y eso, sea cual sea la opinión y las sensaciones que genere, es señal de que las ganas por el riesgo y por la búsqueda siguen latentes en esta compañía que se atreve con lo que le echen.

Aquí nos encontramos a un Hamlet situado en una atemporalidad que mezcla duelos a espada, pistolas, bases de ritmos y expresiones como: “Guapérrima” -por poner un ejemplo que no desvele demasiado- que abren un sinfín de posibilidades y de probabilidades, haciendo que todo lo que uno espera, y un poco más, sea lo que sucede en este montaje en el que Miguel del Arco ha jugado a romper estructuras y a mezclar líneas temporales, adentrándonos en la historia que todos conocemos con ojos nuevos para poco a poco focalizar la trama y acabar con la emoción que esta historia guarda en su interior.

Del Arco dibuja lo que Shakespeare escribió. Se adentra en la cabeza del Príncipe para contarnos los hechos previos a la tragedia sin su estructura convencional, si no como Hamlet los podría haber recordado en los instantes previos a ese «The rest is silence»; permitiéndose licencias y saltos que a los más puristas pueden tirar para atrás y dar cerrojazo a la posibilidad de adentrarse en la propuesta, pero que descubren que esta historia nos puede atrapar también desde otros lugares.

Foto Ceferino López
Foto Ceferino López

Una escenografía que es una delicia articulada, una especie de Cubo de Rubik envenenado que, desde un mismo espacio, nos hace volar a través de los múltiples colores que ofrece este balcón con vistas a Elsinor y la tragedia que acecha a sus habitantes. Un dormitorio y sus cuatro paredes se abren a un sin fin de espacios que sorprenden, envuelven y siempre resultan efectivos. Las proyecciones, las luces y las sombras, o los movimientos escénicos suman personalidad a esta producción.

Israel Elejalde se hace y se deshace en el juego macabro y sufriente de un trabajo que personalmente creo lo lanza hacia el firmamento. Quiero más de esta bestia parda que desaparece en el interior de Hamlet para desgarrarse las tripas y servirnos un personaje al que mirar y sentir como si fuera nuestra primera vez.

Ángela Cremonte tiene un reto especialmente complicado con su Ofelia y la visión que Del Arco ha querido otorgarle. En ocasiones baila en el filo de lo esperpéntico – ¿Desde cuando la locura tiene una medida lógica? – y, más allá de lo mucho o poco que uno comulgue con la propuesta de dirección, no se le puede negar que ante el riesgo que conlleva, el trabajo que se marca es de una entrega absoluta y del que sale airosa. Particularmente soy amante de las “idas de olla” que se marca Miguel del Arco y se las aplaudo con entusiasmo. ¿Por qué no? De lo que se trata es de jugar, ¡pues juguemos!

Un placer ver a Jorge Kent formando parte de los Kamikaze, cualquiera de los cuatro personajes que le han sido encomendados tiene identidad propia, variando sus energías a placer y jugándolos con gusto, su presencia es una suma constante.

José Luis Martínez, al comienzo no entré del todo en su propuesta, pero poco a poco, según fue tomando forma su Polonio  me resultó más atractivo. Aunque lo de los acentos de los enterradores sí que no lo comprendí.

Foto Ceferino López
Foto Ceferino López

Con Daniel Freire tuve momentos encontrados, por un lado me gustó la dualidad fraternal, es un acierto y la aprovecha, pero por otro le vi excesivamente forzado. Una duda: ¿Por qué siendo argentino le sale un acento tan “imitado”? ¿es nota de dirección?.

Ana Wagener es una Gertrudis medida, en ocasiones algo errante, gana según avanza la función, pero quizá se me quedó algo insípida.

A Cristóbal Suárez no se le ve cómodo con en los papeles que le han tocado en suerte, no termina de cuajarlos. Al menos nos queda el poder disfrutar de él en el tramo final de la función, donde se deshace de esa incomodidad y nos regala un duelo absolutamente trepidante junto a Elejalde, pena no encontrar más destellos suyos como ese durante la función.

En definitiva, este es un «Hamlet» con un par de narices, vibrante, que ha venido a mostrarse desde otro lado, que no quiere quedarse en lo de siempre, que arriesga y apuesta fuerte, que busca una identidad propia y que, para mí, la tiene bastante clara.

¡Viva el riesgo y el deseo de jugar y descubrir!

Título: Hamlet Autor: William Shakespeare Versión y Dirección: Miguel Del Arco Elenco: Israel Elejalde, Ángela Cremonte, Cristóbal Suárez, José Luis Martínez, Daniel Freire, Jorge Kent y Ana Wagener Escenografía: Eduardo Moreno Iluminación: Juanjo Llorens Música Original: Arnau Vila Vídeo: Joan Rodón Vestuario: Ana López Lugar: Teatro de la Comedia.

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Antígona – 61º Festival de Teatro Clásico de Mérida

A veces reconozco que soy un dejado, que me relajo y me dejo estar más de la cuenta y por eso siempre ando rondando el peligro de perderme espectáculos que me apetecen, pero que por la razón que sea, tardo en comprar las entradas y después me pasa lo que me pasa… Bueno, pues uno de esos momentos de relax tan inapropiados ocurrió con esta versión que Miguel del Arco ha hecho de «Antígona» y que forma parte de ese proyecto bautizado como Teatro de la Ciudad puesto en pie tomando como sede el Teatro de la Abadía.

Fotografía Luis Castilla
Fotografía Luis Castilla

Tanto me relajé que cuando quise comprar las entradas me tenía que conformar con las migajas… o ponerme el mundo por montera y marcharme a verlo al Festival de Teatro Clásico de Mérida, y así es como hice. Ya que me disponía a perder la virginidad en asuntos festivaleros, mejor hacerlo entregándome a dos que a uno, ¿no?.

La primera ya os la conté en la anterior entrada y como el regusto fue el que fue, me dispuse a quemar mi segundo y último cartucho no sin algo de temor, ya me habían llegado comentarios de todo tipo con respecto a esta «Antígona» -imposible no oír nada si dejo para más tarde uno de los montajes que más hambre habían despertado en el teatrerío de la capital- pero he aprendido que si hay algo que me apetece y quiero ver, ya pueden decir misa que prefiero darme el batacazo por mi mismo y no quedarme con las ganas de lo que podía haber sido y no fue. Esta vez al menos, me alegro de mi determinación. Así que allí me planté de nuevo, esta vez con las ansias glotonas de quien ya lo ha probado.

La penumbra que flotaba en el Teatro Romano y un, a penas imperceptible y continuo, zumbido (aún no se si era fruto de mi imaginación) antes de comenzar la función, eran el preludio de que uno ya estaba adentrándose en los dominios de esta «Antígona Kamikaze».

Oscuro.

Las sombras toman la escena.

Polinices surge de entre los muertos para hablar a su hermana Antígona.

Los pelillos de la nuca

Fotografía Luis Castilla
Fotografía Luis Castilla

se me erizan con Santi Marín retorcido en su condena.

Antígona e Ismene potentes como un choque de tormentas, electrizan el ambiente con un comienzo de función que me agarró de las tripas, arrastrándome a su interior.

¡Boom!

Del Arco nos da la bienvenida con artillería pesada clavándonos en las gradas de piedra.

Sí, señores, creo que el comienzo que se marcan Manuela Paso y Ángela Cremonte es tan brutal como para, sin haber entrado aún en la función, humedecerme los ojos de puro placer. Sí, sí, así, sin mesura ninguna.

Después aparece Carmen Machi construyendo ese Creonte-Mujer... No sé muy bien el porqué de ese cambio de género, pero bueno, si es para gozar de una Machi tan bien dirigida como la que gozamos en esta función, pues tampoco importa; aunque esa pose «machirula» creo no le hace falta, incluso a veces le estorba, pero es un placer volver a tenerla en estado de gracia sobre las tablas.

Una vez más Miguel Del Arco hace un acercamiento de un clásico al gran público, sin dárselo masticado, ofreciéndole una propuesta asequible, contundente y atractiva, sin más aspavientos de los necesarios, sin cartón piedra de por medio que dibuje lo que ya está en la mente del espectador. El tema de la escenografía, por lo que me han contado, ha cambiado respecto a lo que se vio en La Abadía, ha desaparecido la esfera, y se ha apostado por la sencillez y la limpieza de espacios, donde con la varita mágica del maestro Juanjo Llorens y su Diseño de Iluminación,  todo se empapa de la atmósfera precisa para cada instante. Donde las coreografías de Antonio Ruz dibujan las acciones y las transiciones, hablando por si mismas. Con un coro entregado, esforzado y dinámico, aunque un tanto desigual en algunas de sus intervenciones que, dependiendo a dónde nos quieran llevar, nos desliza o nos arrastra. ¡Fabuloso trabajo de cuerpo el de todos ellos!

Me divertí, gocé, me emocioné, saboreé y me pase media función reclinado hacia adelante queriendo más. Fantástico el encuentro entre Creonte y Tiresias, y toda esa parafernalia, de la que ellos mismos se mofan, que parecía sacada de una película de terror oriental; apuesta arriesgada que demuestra el estupendo s

Fotografía Luis Castilla
Fotografía Luis Castilla

entido del humor que gasta Del Arco y las licencias que se toma, o las que yo creo interpretar que se toma en su propuesta.

Aunque el momento máscaras de lucha libre me dejó un tanto despistado, ¿Un acercamiento a las de los antiguos coros griegos? ¿Un símil de la teatralidad y la brutalidad fingida? Ya digo, me descolocó un poco, aunque no me molestó, y menos viendo a un amargamente divertido José Luis Martínez.

Mención aparte la fascinación que me produjo la energía y el nervio de ese triángulo de dolor: Antígona – Hemón, Hemón – Creonte, Creonte – Antígona. Momentos que Raúl Prieto junto a Manuela Paso y Carmen Machi hacen que exploten en intensidad y que culminan con esos silencios desgarradores y absolutamente devastadores que atenazan las gargantas de los espectadores. (De los que quieren vivir la experiencia en primera persona y no obsesionados con hacerlo a través de la pantalla de su teléfono, claro)

Sí, con ellos si sentí la tensión, la brutalidad y el descorazonador destino de una tragedia griega. Y lo que es más importante, la entrega de unos artistas que se manchan, que se entregan y que muestran con qué disposición y cómo se tiene que salir a un escenario.

Desde luego esta sí es una maravillosa forma de terminar mi primera vez en este Festival.

Al año que viene más.

Título: Antígona Autor: Miguel del Arco (Adaptación de la oba de Sófocles) Elenco: Manuela Paso, Carmen Machi, Ángela Cremonte, Raúl Prieto, José Luis Martínez, Cristóbal Suárez, Silvia Álvarez y Santi Marín Escenografía: Eduardo Moreno Iluminación: Juanjo Llorens Diseño Sonido: Sandra Vicente y Enrique Mingo Música: Arnau Vila Coreografía: Antonio Ruz Vestuario: Beatriz San Juan Dirección: Miguel del Arco

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