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Teatro

Bodas de Sangre – Una mirada y un borbotón

La Luna o la muerte, o las dos enredadas en el mismo cuerpo, en el mismo cabello de Claudia Faci, se pasean dueñas y señoras por la escena. Ella es sabedora de lo que va a acontecer y nos lo hace saber mirándonos a los ojos, enigmática, tal como es, nos guste o no. El hecho teatral va a comenzar y ella es, con su ir y venir errático, casi como un desafío que nos invita a adentrarnos en estas Bodas de Sangre. La madera cae con estruendo dispuesta a ser cincelada a golpe de historia por esa troupe de actores que se dispone a celebrar el encuentro con la palabra de Federico desde la mirada de Pablo y prestarle sus cuerpos que se dan tal como saben, tal como lo sienten.

No puede caber más dolor en el pecho que el generado con la voz y la mirada que Gloria Muñoz entrega a la Madre, ni tener más sensación del tacto de la tierra, áspera, cierta, certera, que escuchando y viendo a Estefanía de los Santos. El sentimiento de una entrega irremediable al destino de ese Novio de Julián Ortega al que dan ganas de hablarle sujetándole la cara con las dos manos y decirle «Duele horrores el honor, el alma, la familia. Entiendo que vayas, ve y sacúdetelo de encima porque así no vas a poder vivir, pero sé consciente que ya no vas a volver» y abrazarle casi eternamente para evitar lo irremediable. O el Leonardo de Francesco Carril. Lo que a la vista parece una propuesta de comportamiento caprichoso, despechado, casi infantil, es realmente la mirada vuelta hacia adentro del personaje ¿o acaso alguno de nosotros es capaz de sostener el volcán que es un sentimiento? ¿Quién da lecciones de compostura a eso que nos muerde por dentro? La Novia de Carlota Gaviño y la duda, las consecuencias y la condena de un amor, uno solo, el esperado o el deseado. Y esa Mujer de Leonardo de Guadalupe Álvarez que me come el alma con sus canciones, con sus miradas, estando cuando tiene que estar y sin querer estarlo, solo por lo que ya la une, la ata y la obliga, un hijo que será un recuerdo doloroso de lo no correspondido tatuado en una chispa de alegría. ¡Cómo duele ese personaje!

Imágenes, belleza en la composición de cuerpos, luces y espacios, del inicio de ese costumbrismo sumergido en la pincelada de lo (casi) abstracto, a la boda de esos pequeños burgueses -me permito el juego- llena de guitarreadas y bullicio que visten miradas que lo llenan todo, que dicen tanto en el silencio, ¡ay, Gloria! y repleta de vicios, de deseos que casi no se aguantan las ganas, de una carnalidad que bulle, que se arrebata y que palpita y explota irremediable para adentrarse en ese bosque mágico y condenado de sexos desatados, donde la luna señala y sentencia a los amantes que se entregan, donde la muerte arrebata para pasar al dolor de la pérdida, en un amplísimo sentido, espejo que nos devuelve nuestro silencio ante ese lamento convertido en quejido resignado -De nuevo, y clavado por siempre en el alma, Gloria- y esa Novia derruida y condenada.

Los cuadros se suceden teatrales, pictóricos, de palabras que resbalan por los labios, que se cuelan por las grietas del corazón y salen etéreas como el vaho cálido de un invierno de dolor, difuminándose en el todo y condensándose en el cielo de lo ya dicho, de lo ya visto, de lo ya respirado y de lo terrible, de lo premonitorio, del relámpago anunciador. La tormenta de después estará formada por nubes de ese calor interno de las entrañas. Corazón, mucho corazón, entrañas, muchas entrañas y sueño y pesadilla, y amor, del cándido, del resentido, del que nació, del que se teme o se esquiva con la mirada puesta en otro calor y del que se gesta.

Hay poesía de raíces y de tierra, de sangre. Un quejido temeroso de quien ya todo lo sabe, de quien ya todo se espera. Y al instante la poesía se torna canción trenzada, una canción que mece en las entrañas, que celebra la dicha, pero que supura un amor de consolación, del que busca colarse por lo negro de los ojos hacía la luz del pecho de la que no entiende porqué es negada. Ahogándose en el silencio de la pena y el deseo de ser el destino de aquella mirada. O desatándose en furia amortiguada primeramente por las maneras y explosiva de lágrimas crueles que empañan ojos de dientes apretados después. El rojo ciega el alma y lo torna todo de filos que buscan morder y descarnar, aplacar el honor a mordiscos en el calor de las entrañas de quien quiso querer y no supo cerrar las heridas que se lamía.

Pero la vida además de raíces enterradas son ramas que buscan el sol, que siguen forzosamente la guía, pero que instintivamente buscan aquello que hace que la savia sea algo más que una fuente de vida, aquello que explota en un espíritu en ebullición, el incontenible deseo que hace palpitar el sexo. Para eso hay que volar, galopar y avanzar rasgándose con escozor el tallo y dejándose para después el borbotón de la herida, cuando la respiración entrecortada, casi privada porque no nos cabe por la garganta, pueda ser saciada. Pero no tanto, ¡no tanto! Que la luna sigue mirando, que la muerte se hace fuerte con la pasión ciega de consecuencias, que es ella la que nos priva la respiración haciéndonos creer que ese suspiro ahogado precede al resto de una vida cuando ya no sigue, que ella es la leñadora que busca la madera con la que seguir calentándose de ardores y, cuando te tenga, acariciándote el cabello de mirada perdida cortará las ramas voladoras, ensoñadoras, para volver a golpear suelos con maderas inertes, dejando nuevamente solas las raíces, sentadas, tranzándose las penas en gritos susurrados de lágrimas que ya lo sabían. Ahora todo es tierra cuarteada de temores y malos augurios que se han vuelto realidad en la vida.

FICHA:

Título: Bodas de Sangre Autor: Federico García Lorca Dirección y Versión: Pablo Messiez Elenco: Carlota Gaviño, Francesco Carril, Julián Ortega, Estefanía de los Santos, Guadalupe Álvarez, Pilar Bergés, Juan Ceacero, Fernando Delgado, Claudia Faci, Pilar Gómez y Carmen León Escenografía y vestuario: Elisa Sanz Iluminación: Paloma Parra Espacio sonoro: Óscar G. Villegas Ayudante de dirección: Javier L. Patiño Diseño cartel: Javier Jaén Fotos: MarcosGPunto Espacio: Teatro María Guerrero.

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Todo El Tiempo Del Mundo

La memoria es un ser maravilloso, mezquino y bastante caprichoso que nos hace ser quiénes somos y modifica quienes fuimos y quienes seremos. Surge cuando menos se la espera, se esconde o se muestra a medias, a saltos, a golpes, a besos, a lágrimas y nos sitúa en lugares.

Pablo Messiez, como buen explorador de almas que es, ha hecho de la memoria de su familia un canto al amor: «Todo el tiempo del mundo». Un instante donde de golpe se unen presente, pasado y futuro. Donde se entrelazan y conviven, donde se encuentran y se sostienen la mirada.

La acción se sitúa en la zapatería de señoras de Flores -Exquisita escenografía de Elisa Sanz envuelta por la delicada luz de Paloma Parra– Es hora de cerrar y, como si de un sortilegio o fruto de un ensimismamiento fuera, los recuerdos, la memoria, lo que es, será y fue, junto a todos los tiempos verbales del ser, se dan cita y celebran un encuentro allí mismo, para reconciliarse y recordar el tránsito por la vida. Un juego en el que el tiempo se detiene y a la vez estalla como una bomba de racimo, mil fragmentos que se miran a los ojos por primera vez y coinciden en un mismo instante. La oportunidad de encontrarse para acariciarse una vez más, siendo quienes realmente son, ocupando por primera vez el lugar que les correspondía. Y al suceder esto uno no puede evitar emocionarse y reírse, porque en «Todo el Tiempo del Mundo» uno se ríe mucho y con ganas, y se da cuenta de lo sencillo que es decir las cosas cuando realmente se sienten.

«Todo el Tiempo del Mundo» es la celebración del encuentro con lo bello que reside en las palabras de Pablo Messiez, que a veces brotan de los labios, a veces de los ojos, o de la piel. Esas palabras que nos recorren, nos estremecen y emocionan por la pureza con la que brotan y que acaban por quedarse a vivir acurrucadas en el corazón. Palabras que necesitan de cuerpos para respirar, cuerpos como los de Íñigo Rodríguez-Claro, María Morales, Javier Lara, Carlota Gaviño, José Juan Rodríguez, Mikele Urroz y Rebeca Hernando. Seres bellos, generosos, que se funden y se diluyen para florecer como esa familia entretejida en lo mágico del existir. Salí enamorado de todos ellos, entregado, y me hubiera encantado al terminar la función poder bajar de la grada y abrazarlos uno a uno, así, un rato largo, a modo de agradecimiento por regalarnos ese pedacito de felicidad emocionada que han creado con esta función. Por hacernos mirar hacia adentro con esa ternura, logrando esa reconciliación que acontece en escena con uno mismo y hacernos sentir tan especiales.

Hay mil frases y momentos con los que quedarse, de los que se agolpan en la garganta para ser llorados o reídos, parlamentos que uno querría guardarse para sí mismo, reacciones que tocan de manera muy especial y que incluso hoy, pasados los días y tras ver la función dos veces, se me arremolinan en el pecho y me hacen emocionar.

«Todo el tiempo del mundo» es un beso apasionado entre el comienzo y el final para dejarse renacer.

¡Gracias!

FICHA:

Título: Todo el tiempo del mundo Dramaturgia y Dirección: Pablo Messiez Elenco: Íñigo Rodríguez-Caro, María Morales, Javier Lara, Carlota Gaviño, José Juan Rodríguez, Mikele Urroz y Rebeca Hernando Luces: Paloma Parra Escenogrfía y Vestuario: Paula Castellanos Maquillaje y Peluquería: Marisa Martínez Ayudante de Dirección: Javier L. Patiño Producción: Buxman Producciones y Kamikaze Producciones Lugar: Naves del Español – Matadero (Sala Max Aub)

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