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Ushuaia

Cada vez tengo más claro que el hecho teatral debe, sin excepción, inundarse de poesía. «Ushuaia», texto escrito por Alberto Conejero, la derrocha a borbotones. Con ella volvemos a viajar a través del imaginario de su autor que nos invita a adentrarnos en lo más profundo del bosque para susurrarnos historias de amor y culpa, ofreciéndose para descubrirs, ante el que quiera saber mirar, que bajo una primera capa que es la historia de una guerra no tan lejana y mil veces narrada, explora nuevamente el alma del ser humano, su conflicto íntimo, convirtiendo Ushuaia en un instante de redención de un alma gastada y extenuada de silencio.

El texto, de los primeros que descubrí de su autor, ha ido transformándose y evolucionando a lo largo de sus ediciones y ahora, en el Teatro Español, nos encontramos con su versión más madura, repleta de referencias y líneas de diálogo merecedoras de ser tatuadas en la memoria. Donde la intimidad del viaje interno de su protagonista, Mateo, prevalece sobre los acontecimientos históricos que son la excusa para mostrarnos el purgatorio voluntario por el que transita este corazón agonizante de culpa y desamor.

Mateo hace mucho tiempo que huyó de la vida, aislándose del mundo real, un lugar del que no se siente merecedor; por ello recala en Ushuaia, allí donde encuentra refugio y a la vez exilio de cuanto ama y detesta. Comienza a quedarse ciego y eso hace que el acecho de su pasado adquiera mayor nitidez, esa ballena blanca armada de una paciencia feroz, que aguarda a que llegue el momento en el que él mismo, rendido, se entregue definitivamente a las aguas de la memoria para hundirse en ellas hasta perderse en la sima más profunda de la que se siente merecedor.

La poética del montaje no solo habita en el texto de Alberto Conejero, el mismo cartel diseñado por Javier Naval ya contiene en una sola imagen toda la poesía que habita en el montaje dirigido Julián Fuentes Reta, quien también ha sabido reflejarla en su particular puesta en escena. La producción no ha escatimado en medios y han transformado el escenario del Español, gracias a la magia de la escenografía de Alessio Meloni y la iluminación de Joseph Mercurio, en ese fabuloso bosque de Ushuaia que enreda entre sus ramas la realidad y los ecos del pasado. El tema del cubo como elemento divisorio entre los dos mundos que conviven en la función me genera cierto conflicto, me parece muy acertado en según qué momentos, pero en otros me resulta excesivamente obvio y reiterativo.

No puedo hablar de las carencias o fallos de la puesta en escena, vi una previa y es lógico que haya desajustes en el montaje, siempre los hay, ya sabemos que se van subsanando con el transcurrir de las primeras funciones -El edificio necesita tiempo para aposentarse en sus cimientos- para eso están esas funciones. Eso sí, no puedo dejar de declararme férreo enemigo de los micrófonos en el teatro. En muy pocas ocasiones doy mi brazo a torcer y los tolero –Véase musicales, grandes aforos o espacios abiertos- pero en Ushuaia creo que son un elemento distorsionador que les juega a la contra, creo que condiciona las interpretaciones y la manera en la que el espectador percibe el fabuloso texto. Supongo que el motivo del uso de los micrófonos es el acertadísimo espacio sonoro creado por Iñaki Rubio, que es un protagonista más de la función y debe tener su presencia, pero no sé si hasta ese punto. ¿No sería mejor percibirlo y no tanto evidenciarlo? Yo al menos prefiero sentir su presencia, que de cuerpo y enfatice, a escuchar cada trino de pájaro que hayan incluido. En fin, es una elección como otra cualquiera que hay que respetar, pero los micros en teatro… ¡Ay!

En cuanto al elenco, me gustó encontrarme a un José Coronado entregado a un personaje muy diferente a lo que nos tiene acostumbrados. Este giro me recordó al que ya hizo en cine con «No Habrá Paz Para Los Malvados». Se agradece muchísimo que un actor arriesgue y trate de encontrar, a estas alturas de su carrera, nuevos registros a los que entregarse. Muchos deberían aplicarse el cuento, incluso algunos que no tienen una carrera tan dilatada.

Ángela Villar aporta la luz necesaria para que Ushuaia no se pierda en la densidad, la responsable del elemento más terrenal, el último nexo que le queda a Mateo con la realidad. Ángela aporta fragilidad, incluso humor, quizá tendría que confiar más para redondear esa estupenda Nina que estoy convencido logrará encontrar pasados los nervios de los primeros días.

Olivia Delcán posee el porte perfecto para dar vida a Rosa, ese animal desvalido que parece hacerse añicos y que, sin embargo, es quien más claro tiene su cometido. Habría que aflojar el hieratismo para dejar florecer, nunca mejor dicho, a esta mujer clave para entender completamente las fuerzas que mueven Ushuaia.

Y llegamos a lo que hace Daniel Jumillas en escena: Este actor tiene una energía tan positiva y generosa, juega tan a favor del montaje, da tanto significado a cuánto dice y hace en escena que no solo enriquece al Matthäuss creado por Conejero, sino que además tiene la virtud extra de ser capaz de levantar las escenas con su presencia, algo de lo que sus compañeros saben empaparse, dejándose arrastrar para que el conjunto adquiera el brillo que Ushuaia requiere.

Sin desvelar nada concreto, que para hacer crítica no es necesario reventar la función al lector, diré que los momentos que más disfruté y me emocionaron fueron  ese “paso a dos” con los teléfonos entre Nina y Matthäuss, o el encuentro definitivo entre Mateo, Rosa y Matthäuss, absolutamente conmovedor, o la poesía del instante en el que la «ballena blanca» se pierde en las profundidades arrastrándolo todo o la llegada definitiva de las sombras y la redención.

Ushuaia es una función y un texto a los que volver para seguir sumergiéndonos y descubriendo la fuerza de sus palabras.

FICHA:

Título: Ushuaia Autor: Alberto Conejero Dirección: Julián Fuentes Reta Elenco: José Coronado, Ángela Villar, Daniel Jumillas y Olivia Delcán Escenografía: Alessio Meloni Iluminación: Joseph Mercurio Vestuario: Berta Grasset Audiovisuales: Néstor Lizalde Música y espacio sonoro: Iñaki Rubio Ayudante de dirección: Jorge Muriel Espacio: Teatro Español

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Historias de Usera

Las historias están a pie de calle, allá donde el mundo real respira, en mercados, en parques, en bares. La vida transcurre entre apretujones de autobús, patios interiores y esperas de turno en la charcutería: «¿Quién da la vez?». Ahí reside el germen de todo. Quizá sea por eso que «Historias de Usera» llega al espectador con la proximidad de un susurro de nuestra propia realidad.

Yo también estoy vinculado de alguna manera a Usera, mis primeros recuerdos, o los de mi familia, tienen que ver con el barrio; desde un accidente de coche que tuvo mí madre en sus calles cuando estaba embarazada de mi, pasando por los aperitivos de fin de semana en La Peña Soriana, que me pidieran ser padrino de bodas en un pub de la calle Rafaela Ybarra o que mi madre y todas mis tías se casaran en la iglesia de los Capuchinos… e incluso que la única vez que me dieron frase en una serie de TV, que jamás emitieron, fue porque me eligieron en una agencia de actores que estaba cerquita del Metro de Usera. Así que ya veis que un pedacito de mí también está vinculado a este barrio.

Volviendo a «Historias de Usera», como ya todo el mundo sabe, fue creado como despedida-homenaje a los vecinos del barrio que acogieron por 5 años la Sala Kubik Fabrik. Un espectáculo que muchos nos quedamos sin poder ver porque las entradas volaron y que, precisamente por su enorme acogida, ha recalado con una segunda vida en el Matadero, dándonos así una nueva oportunidad de poder vivir la experiencia que supone viajar a través de la memoria de los vecinos de este barrio.

Un montaje que lleva las voces de varios creadores, tal como ya sucedió en el 2013 cuando se lanzó al App «Storywalker» con la que uno podía escuchar las historias, ficcionadas, del barrio mientras caminaba por sus calles. Miguel Del Arco, Alfredo Sanzol, José Padilla, Denise Despeyroux, Alberto Olmos y Alberto Sánchez-Cabezudo son los responsables de dar forma, bajo la batuta de Fernando Sánchez-Cabezudo, a estos relatos que conforman «Historias de Usera», que dentro de su individualidad hacen un retrato compacto y cercano, de la vida de sus gentes, una caricia que baila entre la nostalgia y el cariño, que muestra la lucha tras los sueños rotos y el gusto por las pequeñas cosas que ofrece la vida. Haciéndonos entender que Usera no es solo un barrio, es un estilo de vida con el cualquiera de nosotros podemos sentirnos identificados.

Y si las palabras de los dramaturgos mencionados hacen del día a día de Usera la oportunidad de vivir este suspiro de realismo mágico, el resto del equipo son la clave para que podamos sentirlo a flor de piel:  Esa bellísima escenografía de Alessio Meloni, las luces de David Picazo o la música de Sandra Vicente y Mariano García, que condensan magníficamente, en un mismo espacio, la poética y el aroma a barrio. O la hermosura que significa escuchar y tener en escena a Pilar Gómez, el gusto tan personal que deja la interpretación de Juan Antonio Lumbreras, el divertido magnetismo entre el manga y la realidad de Huichi Chiu, la generosidad en las pinceladas de Jesús Barranco y lo que hace Inma Cuevas que, con permiso de sus compañeros, no tiene adjetivos suficientes para ser calificado. Sin olvidar, por supuesto, el maravilloso trabajo y empeño de los Vecinos (Así con V mayúscula) que dan cuerpo a la función: Iván Jiménez, Juan Ramón Saco, Juan Antonio Rodríguez, Mª Teresa Parado (May), Chucho Montes y Luis Ureña. Profesionales del teatro y vecinos del barrio que se convierten en un conglomerado de miradas llenas de historia, de brillos de añoranza y de esperanza de futuro. Un trabajo hecho desde el cariño y la más pura honestidad hacia un barrio y una sala que se han dado tanto mutuamente.

¿En qué lugar uno es capaz de ver vampiros chinos, mujeres liándose a adoquinazos con el tranvía, conversaciones entre butacas de teatro que acaban en acuarios sobre los tejados de Usera; señoras a las que la vida se les pasa en un suspiro de amor de juventud, ver cómo la lluvia madrileña se convierte en las lágrimas de La Narcisa por un ¿imaginado? hijo torero, los pasados placeres furtivos, y trágicos, de un sereno o que un «puto gordo» robe el bombo a una estrella del rock y que además esté aderezado con pasos de baile de boleros que derriban cuartas paredes y tristes poemas de borracho de barrio que deposita la hermosura del amor en el cuello de una botella? Pues tan sólo uniéndose a un corrillo vecinal de un barrio que, de tan castizo, se haya globalizado como es el caso de «Historias de Usera».

¡Gracias Kubik! ¡Gracias Usera!… ¡Por la vida!

FICHA:

Título: Historias de Usera Dramaturgia: Miguel Del Arco, Alfredo Sanzol, José Padilla, Denise Despeyroux, Alberto Olmos y Alberto Sánchez-Cabezudo Elenco: Inma Cuevas/Alicia Rodríguez, José Troncoso/Juan Antonio Lumbreras, Pilar Gómez, Jesús Barranco/Luis Moreno, Huichi Chiu, Iván Jiménez, Juan Ramón Saco, Juan Antonio Rodríguez, Mª Teresa Parado (May), Chucho Montes y Luis Ureña Escenografía: Alessio Meloni Iluminación: David Picazo Vestuario: Paola de Diego Música Original: Sandra Vicente y Mariano García Lugar: Naves del Español – Matadero (Sala Fernando Arrabal)

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Danzad Malditos

Siempre los finales felices, siempre las sonrisa y el sentimiento «sanote» de pensar que todo marcha a las mil maravillas, que todos llegaremos si le ponemos empeño…¡MENTIRA! Por cada vencedor hay un puñado de almas desilusionadas, de perdedores ¿y qué pasa con ellos? Con quienes no lo consiguen. Los que se quedan en el camino. Los que quedan con la mirada perdida cuando no son los elegidos.

Foto Dominic Valvo

A mi me interesa mucho más saber qué sucede con esos que han perdido, que estaban dispuestos a dejarse el alma por lograr un momento de gloria, por ínfima que nos parezca; conocer el fuego helado que se les come por dentro. Yo quiero ver las tripas revueltas de quienes pelean con uñas y dientes y que ven una y otra vez que son los otros, y no ellos, los que se llevan la gloria. Quiero entrar en el vacío del desconsuelo de quien se ha hecho jirones el alma y ha acabado mordiendo el polvo. Quiero saber cómo suena el grito descarnado que normalmente se pierde entre los ecos de aplausos y vítores para el vencedor.

Es fascinante descubrir cómo puede haber tanta belleza entre las miserias de esos seres que aprietan los dientes con fuerza, conteniendo la rabia, que están dispuestos a sacrificar su lado humano para lograr su propósito; que fuerzan la carne y los huesos hasta la extenuación para alivio de sus almas. Que intentan impedir que el desaliento les devore las entrañas y seguir; chillando, llorando, sangrando, pero siempre tirando hacia adelante, hasta lograr su meta o acabar golpeando el suelo con la boca y, desde allí, ver pasar la sonrisa del vencedor pisando la dignidad que aún les queda.

Por eso mismo salí seducido por «Danzad Malditos». Un espectáculo que te agarra por las tripas y tira de ti, provocando una mezcla entre fascinación y repugnancia. Que genera esa inconfesable excitación que nos produce contemplar el sufrimiento ajeno.

Un circo de almas que luchan desesperadas hasta la extenuación.

Es imposible no verse como uno más entre ellos y a la vez aliviado de que por esta vez nos toque verlo sentados desde la butaca.

No podía ser otro más que Alberto Velasco quien se pusiera al frente de semejante reto. Nadie como él puede sacar tanta hermosura de una propuesta como esta y lograr que la degradación del ser humano y la derrota, alcancen cotas de atracción y belleza tan altas como las que logra él, exprimiendo hasta el último aliento de las almas de un elenco sublime.

Si hay un «pero» en este espectáculo es la dramaturgia de Félix Estaire, que comenzó despertando en mi la seducción de adivinar al individuo que se esconde tras esa amalgama de almas vibrantes, pero que se pierde según avanza la función. Sí, es bella la poética de cuanto dice, pero acaba devorada por la potente contundencia del resto de elementos que conforman el espectáculo y que ya hablan por sí solos. Quizá el azar de la propuesta, el que todo esté abierto a múltiples posibilidades, hace que sea el elemento peor parado a mi forma de sentir el espectáculo.

La escenografía de Alessio Meloni nos grita la angustia desde ese espacio que naufraga bajo el polvo, la iluminación de David Picazo transmite el desnudo desasosiego que suele quedar oculto a nuestra vista y la música de Mariano Marín nos crea un nudo desesperado en el estómago de continua agonía. Brillantísima e inolvidable puesta en escena.

Foto Dominic Valvo

Y ellos: Guillermo Barrientos, Carmen del Conte, Karmen Garay, José Luis Ferrer, Rubén Frías, Ignacio Mateos, Nuria López, Sara Parbole, Txabi Pérez, Rulo Pardo, Sam Slade, Ana Telenti y Verónica Ronda. Estoy enamorado de su trabajo, de cuanto me transmitieron, la pasión, el dolor, la pena, la rabia. Aplaudo la valentía y el arrojo con el que se han dado a este espectáculo con un nivel de exigencia tan descomunal.

Es tan gratificante ver artistas, tan diferentes entre ellos, arrojando sus almas a la arena y entregarse con la desnudez, la potencia y la valentía que demuestran, que me hicieron salir emocionado, feliz; pensando que el empeño merece la pena y que tenemos un teatro realmente vivo, que respira y vibra pasión.

Aplaudo con entusiasmo el arrojo de todos esos artistas que un día decidieron apostar por ellos mismos, creer en la labor de equipo y sacar adelante, desde las entrañas, un espectáculo que muy pocas veces se puede ver en nuestro teatro y que quizá abra las puertas a un lenguaje poco explorado. Aplaudo que se haya creído en ellos y que no haya muerto en el Frinje.

«Danzad Malditos» es ese grito desgarrado de quien no ceja en la lucha, un homenaje a los perdedores que no se dan por vencidos y que nos ha conquistado.

Título: Danzad Malditos. Dirección: Alberto Velasco. Dramaturgia: Félix Estaire. Elenco:  Guillermo Barrientos, Carmen del Conte, Karmen Garay, José Luis Ferrer, Rubén Frías, Ignacio Mateos, Nuria López, Sara Parbole, Txabi Pérez, Rulo Pardo, Sam Slade, Ana Telenti, Verónica Ronda y Alberto Frías. Coreografía: Alberto Velasco. Escenografía: Alessio Meloni Vestuario: Sara Sánchez de la Morena. Iluminación: David Picazo. Música Original: Mariano Marín. Lugar: Naves del Español – Matadero (Teatro Español)

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Cliff (Acantilado)

¿Por qué la gente se extraña cuando digo que voy a ver varias veces los mismos montajes? Si puedo ver mi película favorita hasta el hartazgo, lo mismo puedo hacer en teatro, ¿no?; siempre y cuando su permanencia en cartel me lo permita, claro, o que suceda como con Cliff, que resurja inesperadamente y nos dé la oportunidad de volvernos a encontrar al borde de este Acantilado creado por Alberto Conejero.cliff-cartelweb

Ya hablé en su momento de esta función cuando se representó en La Pensión de las Pulgas, a comienzos de la temporada pasada y antes del torbellino de éxitos en el que se ha convertido el nombre de su autor ¡Nos sobran los motivos! Pero lo que nos encontramos ahora, aunque el equipo prácticamente sea el mismo, no se parece a lo que ya vivimos. Aquella semilla ha germinado y ha dado los frutos que ahora podemos saborear en Nave 73, motivo por el cual dedico una segunda crónica a este título.

La historia nos presenta al Montgomery Clift tras el accidente que le desfiguró la cara, un ser hecho añicos al que la esperanza se le escapa entre los dedos y la vida se le torna triste e irremediablemente en un fundido a negro.

Recuerdo cómo me enamoré de Cliff/Acantilado cuando lo leí, cuando aún no imaginaba que iba a verlo puesto en escena. Me enamoré de esa caída en picado que uno encuentra entre las palabas de Alberto Conejero. Hubo algo maravilloso en el acto de leerlo, como si esa poesía desgarradora que brota de su dolor se deslizara dentro de mi, atenazando mi garganta y espachurrando el corazón a golpe de imágenes, de conversaciones imaginadas, de un tristísimo erotismo, de fragmentos de canciones laceradas por la aguja del tocadiscos, de personajes invisibles que pisotean inconscientemente la esperanza, y que provocaron en mi un desconsuelo que no me abandonó en días, y una fascinación que aún perdura. Pues bien, todo eso lo he vuelto a recuperar gracias a la nueva puesta en escena que ha dirigido Alberto Velasco, que ha hecho que Cliff se sacudiera el realismo del que andaba preso en el anterior espacio y que limitaba su resultado, para sumergirse en su propia personalidad, la encarnación de algo tan intangible, tan íntimo y terrible, pero tan presente en todos, como es la soledad, plasmada de una forma fabulosa a través de la escenografía de Alessio Meloni, ¡una joya!, la atmósfera sonora de Mariano Marín y la iluminación de Luis Perdiguero, o el, ahora mucho más disfrutable, diseño audiovisual de Adriá Giralt, que le aportan la identidad que andaba buscando el montaje, y todo ello rematado por la interpretación de Carlos Lorenzo que ha crecido de manera exponencial, logrando desencorsetarse y sacar la esencia de un personaje lleno de matices, que danza cuerpo a cuerpo con el dolor, que nos destroza el alma a base de miradas suplicantes, mostrándonos la fragilidad de quien ya no puede más…

Una función llena de instantes, desde esos besos velados con los que comienza, el acertado sentido del humor que se desliza entre tanto desgarro, pasando por los fogonazos del encuentro con el desconocido o ese grito que se ahoga en el silencio, lugares comunes con la anterior puesta en escena y a la vez tan distintos, pero si tuviera que quedarme con un momento creo que sería el posterior a la entrega de los Oscars, absolutamente terrible ser testigo de ese instante de consciencia que da paso a la caída definitiva.

Una delicia de trabajo.

«¿Cómo puedo no ser Montgomery Clift?» es la frase que reverbera en nuestro interior cuando dejamos atrás la sala donde queda Monty, bailando en soledad, abandonado entre sus fantasmas. Qué terrible destino. Y nosotros nos marchamos permitiendo que su figura se diluya hasta convertirse tan solo en un eco desconsolado: «¿Cómo puedo no ser Montgomery Clift?»

Título: Cliff (Acantilado) Autor: Alberto Conejero Lugar: Nave 73 Elenco: Carlos Lorenzo Atmósfera Sonora: Mariano Marín Escenografía: Alessio Meloni Iluminación: Luis Perdiguero Audiovisuales: Adriá Giralt Dirección: Alberto Velasco

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