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Danzad Malditos

Siempre los finales felices, siempre las sonrisa y el sentimiento «sanote» de pensar que todo marcha a las mil maravillas, que todos llegaremos si le ponemos empeño…¡MENTIRA! Por cada vencedor hay un puñado de almas desilusionadas, de perdedores ¿y qué pasa con ellos? Con quienes no lo consiguen. Los que se quedan en el camino. Los que quedan con la mirada perdida cuando no son los elegidos.

Foto Dominic Valvo

A mi me interesa mucho más saber qué sucede con esos que han perdido, que estaban dispuestos a dejarse el alma por lograr un momento de gloria, por ínfima que nos parezca; conocer el fuego helado que se les come por dentro. Yo quiero ver las tripas revueltas de quienes pelean con uñas y dientes y que ven una y otra vez que son los otros, y no ellos, los que se llevan la gloria. Quiero entrar en el vacío del desconsuelo de quien se ha hecho jirones el alma y ha acabado mordiendo el polvo. Quiero saber cómo suena el grito descarnado que normalmente se pierde entre los ecos de aplausos y vítores para el vencedor.

Es fascinante descubrir cómo puede haber tanta belleza entre las miserias de esos seres que aprietan los dientes con fuerza, conteniendo la rabia, que están dispuestos a sacrificar su lado humano para lograr su propósito; que fuerzan la carne y los huesos hasta la extenuación para alivio de sus almas. Que intentan impedir que el desaliento les devore las entrañas y seguir; chillando, llorando, sangrando, pero siempre tirando hacia adelante, hasta lograr su meta o acabar golpeando el suelo con la boca y, desde allí, ver pasar la sonrisa del vencedor pisando la dignidad que aún les queda.

Por eso mismo salí seducido por «Danzad Malditos». Un espectáculo que te agarra por las tripas y tira de ti, provocando una mezcla entre fascinación y repugnancia. Que genera esa inconfesable excitación que nos produce contemplar el sufrimiento ajeno.

Un circo de almas que luchan desesperadas hasta la extenuación.

Es imposible no verse como uno más entre ellos y a la vez aliviado de que por esta vez nos toque verlo sentados desde la butaca.

No podía ser otro más que Alberto Velasco quien se pusiera al frente de semejante reto. Nadie como él puede sacar tanta hermosura de una propuesta como esta y lograr que la degradación del ser humano y la derrota, alcancen cotas de atracción y belleza tan altas como las que logra él, exprimiendo hasta el último aliento de las almas de un elenco sublime.

Si hay un «pero» en este espectáculo es la dramaturgia de Félix Estaire, que comenzó despertando en mi la seducción de adivinar al individuo que se esconde tras esa amalgama de almas vibrantes, pero que se pierde según avanza la función. Sí, es bella la poética de cuanto dice, pero acaba devorada por la potente contundencia del resto de elementos que conforman el espectáculo y que ya hablan por sí solos. Quizá el azar de la propuesta, el que todo esté abierto a múltiples posibilidades, hace que sea el elemento peor parado a mi forma de sentir el espectáculo.

La escenografía de Alessio Meloni nos grita la angustia desde ese espacio que naufraga bajo el polvo, la iluminación de David Picazo transmite el desnudo desasosiego que suele quedar oculto a nuestra vista y la música de Mariano Marín nos crea un nudo desesperado en el estómago de continua agonía. Brillantísima e inolvidable puesta en escena.

Foto Dominic Valvo

Y ellos: Guillermo Barrientos, Carmen del Conte, Karmen Garay, José Luis Ferrer, Rubén Frías, Ignacio Mateos, Nuria López, Sara Parbole, Txabi Pérez, Rulo Pardo, Sam Slade, Ana Telenti y Verónica Ronda. Estoy enamorado de su trabajo, de cuanto me transmitieron, la pasión, el dolor, la pena, la rabia. Aplaudo la valentía y el arrojo con el que se han dado a este espectáculo con un nivel de exigencia tan descomunal.

Es tan gratificante ver artistas, tan diferentes entre ellos, arrojando sus almas a la arena y entregarse con la desnudez, la potencia y la valentía que demuestran, que me hicieron salir emocionado, feliz; pensando que el empeño merece la pena y que tenemos un teatro realmente vivo, que respira y vibra pasión.

Aplaudo con entusiasmo el arrojo de todos esos artistas que un día decidieron apostar por ellos mismos, creer en la labor de equipo y sacar adelante, desde las entrañas, un espectáculo que muy pocas veces se puede ver en nuestro teatro y que quizá abra las puertas a un lenguaje poco explorado. Aplaudo que se haya creído en ellos y que no haya muerto en el Frinje.

«Danzad Malditos» es ese grito desgarrado de quien no ceja en la lucha, un homenaje a los perdedores que no se dan por vencidos y que nos ha conquistado.

Título: Danzad Malditos. Dirección: Alberto Velasco. Dramaturgia: Félix Estaire. Elenco:  Guillermo Barrientos, Carmen del Conte, Karmen Garay, José Luis Ferrer, Rubén Frías, Ignacio Mateos, Nuria López, Sara Parbole, Txabi Pérez, Rulo Pardo, Sam Slade, Ana Telenti, Verónica Ronda y Alberto Frías. Coreografía: Alberto Velasco. Escenografía: Alessio Meloni Vestuario: Sara Sánchez de la Morena. Iluminación: David Picazo. Música Original: Mariano Marín. Lugar: Naves del Español – Matadero (Teatro Español)

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Cliff (Acantilado)

¿Por qué la gente se extraña cuando digo que voy a ver varias veces los mismos montajes? Si puedo ver mi película favorita hasta el hartazgo, lo mismo puedo hacer en teatro, ¿no?; siempre y cuando su permanencia en cartel me lo permita, claro, o que suceda como con Cliff, que resurja inesperadamente y nos dé la oportunidad de volvernos a encontrar al borde de este Acantilado creado por Alberto Conejero.cliff-cartelweb

Ya hablé en su momento de esta función cuando se representó en La Pensión de las Pulgas, a comienzos de la temporada pasada y antes del torbellino de éxitos en el que se ha convertido el nombre de su autor ¡Nos sobran los motivos! Pero lo que nos encontramos ahora, aunque el equipo prácticamente sea el mismo, no se parece a lo que ya vivimos. Aquella semilla ha germinado y ha dado los frutos que ahora podemos saborear en Nave 73, motivo por el cual dedico una segunda crónica a este título.

La historia nos presenta al Montgomery Clift tras el accidente que le desfiguró la cara, un ser hecho añicos al que la esperanza se le escapa entre los dedos y la vida se le torna triste e irremediablemente en un fundido a negro.

Recuerdo cómo me enamoré de Cliff/Acantilado cuando lo leí, cuando aún no imaginaba que iba a verlo puesto en escena. Me enamoré de esa caída en picado que uno encuentra entre las palabas de Alberto Conejero. Hubo algo maravilloso en el acto de leerlo, como si esa poesía desgarradora que brota de su dolor se deslizara dentro de mi, atenazando mi garganta y espachurrando el corazón a golpe de imágenes, de conversaciones imaginadas, de un tristísimo erotismo, de fragmentos de canciones laceradas por la aguja del tocadiscos, de personajes invisibles que pisotean inconscientemente la esperanza, y que provocaron en mi un desconsuelo que no me abandonó en días, y una fascinación que aún perdura. Pues bien, todo eso lo he vuelto a recuperar gracias a la nueva puesta en escena que ha dirigido Alberto Velasco, que ha hecho que Cliff se sacudiera el realismo del que andaba preso en el anterior espacio y que limitaba su resultado, para sumergirse en su propia personalidad, la encarnación de algo tan intangible, tan íntimo y terrible, pero tan presente en todos, como es la soledad, plasmada de una forma fabulosa a través de la escenografía de Alessio Meloni, ¡una joya!, la atmósfera sonora de Mariano Marín y la iluminación de Luis Perdiguero, o el, ahora mucho más disfrutable, diseño audiovisual de Adriá Giralt, que le aportan la identidad que andaba buscando el montaje, y todo ello rematado por la interpretación de Carlos Lorenzo que ha crecido de manera exponencial, logrando desencorsetarse y sacar la esencia de un personaje lleno de matices, que danza cuerpo a cuerpo con el dolor, que nos destroza el alma a base de miradas suplicantes, mostrándonos la fragilidad de quien ya no puede más…

Una función llena de instantes, desde esos besos velados con los que comienza, el acertado sentido del humor que se desliza entre tanto desgarro, pasando por los fogonazos del encuentro con el desconocido o ese grito que se ahoga en el silencio, lugares comunes con la anterior puesta en escena y a la vez tan distintos, pero si tuviera que quedarme con un momento creo que sería el posterior a la entrega de los Oscars, absolutamente terrible ser testigo de ese instante de consciencia que da paso a la caída definitiva.

Una delicia de trabajo.

«¿Cómo puedo no ser Montgomery Clift?» es la frase que reverbera en nuestro interior cuando dejamos atrás la sala donde queda Monty, bailando en soledad, abandonado entre sus fantasmas. Qué terrible destino. Y nosotros nos marchamos permitiendo que su figura se diluya hasta convertirse tan solo en un eco desconsolado: «¿Cómo puedo no ser Montgomery Clift?»

Título: Cliff (Acantilado) Autor: Alberto Conejero Lugar: Nave 73 Elenco: Carlos Lorenzo Atmósfera Sonora: Mariano Marín Escenografía: Alessio Meloni Iluminación: Luis Perdiguero Audiovisuales: Adriá Giralt Dirección: Alberto Velasco

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