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Escuadra Hacia la Muerte

«Escuadra Hacia la Muerte» de Alfonso Sastre es uno de los textos más representadas por las compañías de teatro aficionado. Yo mismo, cuando comencé a coquetear con el teatro, trabajé sobre ella y aunque ahora me parece que el texto ha envejecido fatal, no puedo dejar de agradecerle que fuera uno de los culpables de mi interés por el teatro. El caso es que el CDN ha querido recuperarlo para el teatro profesional y volver a ponerlo sobre las tablas del María Guerrero, allí donde vio la luz por primera vez.

Como digo, creo que el texto, visto y leído en la actualidad, resulta acartonado. Sí, es un canto antibelicista que aboga por el sentir del ser humano enfrentado a semejante conflicto y al propio hombre –«El infierno son los otros»- un mensaje que hoy en día sigue vigente, pero que en «Escuadra Hacia la Muerte» se nota descascarillado y  que por mucho que Paco Azorín haya querido decaparlo y volver a pintarlo, situándolo en una posible futura 3ª Guerra Mundial y dándole un toque de misticismo con ese final alternativo, con la ascensión y nuevo comienzo del alma pura del personaje de Jan Cornet, no deja de notarse que es una pieza que no ha envejecido bien. Una adaptación que, con muy buena intención por parte de Paco Azorín, reafirma todo esto al pretender enfatizar su mensaje apoyándose en las palabras de otro autor: Berltolt Brecht, para ofrecer lo que la propia función no es capaz de dar. Sí, es una opción tan válida como cualquier otra, pero no entendí ese ruptura a cada cuadro en plan rapsoda «modernoso» para hablarme de los dramas bélicos en boca de otro autor, al espectador lo arrastra constantemente fuera de la acción. Ilustra, sí, pero no aporta. Al igual que la música en directo tocada por los propios actores, ¿por qué? y esa manía de hacer que la violencia sea tan «de mentira», por favor, un poco de imaginación para resolver situaciones, está bien que partamos de la base de que todos nos prestamos a jugar a creernos lo que sucede en el escenario, pero así no.

Dicho esto, ya podéis imaginaros que los esfuerzos por remar a favor de la función se hacen prácticamente imposibles. Es cierto que la escenografía ideada por el propio Azorín es estupenda, esas dos alturas que nos dan la sensación de encierro, de aislamiento o la imposibilidad de una mínima intimidad, es todo un acierto, a excepción del batiburrillo de instrumentos en el extremo del escenario, un pegote que no hace más que ensuciar; o las luces de Pedro Yagüe y el juego de proyecciones de Pedro Chamizo que son impecables, una forma maravillosa de generar atmósferas asfixiantes y hacer avanzar la función, son el gran punto a favor de este montaje. Un apunte: No sé qué sucedió el día que vi la función, pero los cambios de sonido entre los cuadros y los recitados eran espantosos, era exasperante ver que nunca entraban a tiempo.

Del elenco tan sólo me quedo con Iván Hermes, es un placer escuchar y ver cómo construye el dibujo de su personaje, da igual el momento de la función en la que se encuentre, siempre con convicción. También compré lo que Unax Ugalde me ofrecía, hasta que se estanca y deja de fluir, acabando por resultar monótono, lástima. Del resto sólo vi sobreesfuerzos por llegar al personaje y líneas de diálogo sin convencimiento alguno. Una elección de reparto que no termina de funcionar ¿qué hubiera pasado si hubiéramos mantenido los mismos miembros del elenco, pero dándoles diferentes papeles? Quizás…

FICHA:

Título: Escuadra Hacia la Muerte Autor: Alfonso Sastre Elenco: Jan Cornet, Iván Hermes, Carlos Martos, Agus Ruiz, Unax Ugalde y Julián Villagrán Escenografía: Paco Azorín Iluminación: Pedro Yagüe Vestuario: Juan Sebastián Domínguez Espacio Sonoro y Vídeo: Pedro Chamizo Movimiento: Carlos Martos Asesor Musical: Isaac M. Pulet Lugar: Teatro María Guerrero.

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El Burlador de Sevilla

El Teatro Español abre temporada con esta producción de “El Burlador de Sevilla” dirigida por Darío Facal, desmontando esquemas y dando pistas de por dónde van a ir los tiros de su programación. Personalmente me parece maravilloso el espíritu renovador con el que se han lanzado a romper con el encorsetamiento del Teatro Español y dejar de llevar los montajes más radicales, hablando de propuesta, al Matadero y los más convencionales al Español; hay que hacer que el público se mueva y descubra que el Teatro Español no sólo es un espacio escénico, si no una filosofía actualizada de por dónde debe seguir desarrollándose el teatro. Esperemos que no solo sea pintar de colorines las polillas que se lo estaban comiendo. 

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Foto Sergio Parra

Tengo cierto apego a “El Burlador de Sevilla”, hace ya un puñado de años tuve la fabulosa oportunidad de poder hurgar en sus entrañas y conocer lo fogoso y bello de sus versos en primera persona, sabiendo que chorrean deseo y sexualidad por los cuatro costados, así que tener la ocasión de ver ahora una nueva puesta en escena que promete ser transgresora y mostrar la verdadera naturaleza del Burlador me apetecía especialmente. Las ganas y la curiosidad no faltaban.

El Burlador es un ser temerario, que no siente respeto por nada ni por nadie y que se mueve a golpe de entrepierna. Buscando retos e intentando el “más difícil todavía” con cada una de sus conquistas. Es un depredador con un hambre voraz que se lanza sobre sus víctimas con ansias de poseerlas, y a la vez caprichoso como un niño que lo quiere todo y, una vez conseguido, no le interesa nada.

Don Juan no es ese hombre que encandila y hace el amor, es ese “empotrador” con el que tod@s fantasean y al que ansían entregarse… sin reparar en las consecuencias. Un tipo de verbo fácil y bragueta floja. Es todo lo que nos pone cachondos y no nos atrevemos a confesar. Visto así, es lógico que nos lo muestren con la carnalidad y el sexo a flor de piel, todo un acierto.

“El Burlador de Sevilla” que nos encontramos en esta ocasión comienza echando toda la carne en el asador, diciéndole al público directamente a la cara lo que va a encontrarse, con arrojo y desvergüenza, sin dejarse nada en la recamara, pero que poco a poco se ahoga en su ansia de parecer, más que ser, transgresor.

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Foto Sergio Parra

Quizá el público de mirada más “clásica” pueda removerse incómodo en su butaca, pero quien ha escarbado un poquito más a fondo, todo lo que ve en “El Burlador de Sevilla” es cierto que le sonará a teatro transgresor… pero de otro tiempo. Yo lo veo como es una especie de gamberrada para que los de más rancio opinar se lleven las manos a la cabeza al escuchar los versos de Tirso de Molina a la vez que ven tetas, pollas y guitarras eléctricas. ¡Desde cuándo esto en el Teatro Español!

Tiene un comienzo prometedor, arriesgado, contundente. Valientes Alex García y Marta Nieto rompiendo el hielo de esa manera, que se fastidia en el momento que vemos que hablarán durante toda la función por micrófonos ¡con cable! ¿Por qué? Supongo que tendrá su motivo, yo no lo vi. Es molesto para el espectador, imposible que nadie crea nada, y complicado de trabajar para el actor, además de impedir la correcta comprensión del verso; si alguien no vocaliza, cosa que sucede con más de un@, y le das un micro, lo único que consigues es que el farfullar se oiga más alto, pero no lo mejora.

Me da tristeza escuchar parlamentos tan bellos como el monólogo de Tisbea convertido en una cantinela repetitiva y sin intención, pena de Manuela Vellés.

¿Y por qué se pasa de corrido una escena como la muerte del Comendador? Eduardo Velasco es un fantástico Comendador y robarle un momento como ese por adornarlo de supuesto efectismo es injusto.

De las cosas que salvo del montaje, sería curiosamente con Manuela Vellés, la escena más bella del montaje, por su verdad y complicidad, que al fin traspasa al público, es la que comparten Tisbea y La Duquesa Isabela a su llegada a España. Un disfrute.

Algunos momentos que alcanzan una plasticidad hermosísima, como cuando todos los personajes están iluminados por cerillas, y las mujeres seducidas por Don Juan bailan el verso, o la trenza de Ana de Ulloa y el instante que la rodea (¡Gracias, Pablo!), lástima que no tengan una continuidad a través de toda la puesta en escena.

También me quedo con la condena de Don Juan, ese final resulta poderoso, aunque acabe sucio con el empeño de escandalizar tontamente mezclando carnalidad con parafernalia eclesiástica del atrezzo.

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Foto Sergio Parra

O esos guiños a la filosofía de morir joven y dejar un bonito cadáver, al que el director hace mención en el programa de mano. En uno de los números musicales se puede intuir, creo que de boca de Agus Ruiz, ¡maravilloso Catalinón!, un fragmento de The End de The Doors: «The blue bus is calling us»…

Perlas que me dediqué a rebuscar entre proyecciones facilonas, momentos musicales excesivamente largos e insustanciales, a excepción del de la boda, o ese batiburrillo de actores que hacen tan desigual el resultado final.

Podría haber sido un montaje de los que dan qué hablar por mucho tiempo, el camino estaba, pero finalmente ha resultado un gatillazo, no de Don Juan que Tirso de Molina, si es que fue él, ya se ocupó de darle el lugar que se merece, si no de su director que se mira a si mismo entre efectismo y pierde por el camino el trabajo de una compañía que podría habernos dejado boquiabiertos con este montaje.

Pero animo a todo el mundo a que vaya y juzgue, es interesante la intentona por abrir la puerta a otros espectáculos en el Teatro Español. Aplaudo la idea.

Por cierto, mensaje para las señoronas de peluquería y visón que van invitadas, sus móviles también tienen que apagarse al comienzo de la función, gracias.

Título: El Burlador de Sevilla Autor: Tirso de Molina Director: Darío Facal Elenco: Alex García, Agus Ruíz, Marta Nieto, Emilio Gavira, Eduardo Velasco, Luis Hostalot, Rebeca Sala, Rafa Delgado, Manuela Vellés, David Ordinas, Alejandro Onieva, Diego Toucedo y  Judith Diakhate Lugar: Teatro Español Espacio Sonoro: Álvaro Delgado Vestuario: Ana López Cobos Iluminación: Manolo Ramirez Espacio Escénico: Thomas Schultz

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