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Agustí Villaronga Blanca Portillo CDN Colm Tóibín El Testamento de María Teatro Valle Inclán

El Testamento de María

Título:
El Testamento de María

Autor:
Colm Tóibín

Lugar:
Teatro Valle-Inclán
Sala Francisco Nieva

Elenco:
Blanca Portillo

Escenografía:
Frederic Amat

Iluminación:
Josep María Civit

Vestuario:
Mercè Paloma

Dirección:
Agustí Villaronga

Los temas religiosos en teatro me dan cierta pereza, para qué nos vamos a engañar. Ahora, si me dices que en un mismo montaje me vas a poner en escena a Blanca Portillo y en la dirección a Agustí Villaronga, que además es su primera incursión en el teatro, pues como que me dejo de miramientos y corro a la taquilla a comprarme mis entradas, porque eso yo no me lo pierdo.
Por suerte o por desgracia, no soy demasiado religioso y cuando le da a algún autor por desvariar sobre el tema y salirse un poco de lo ortodoxo o de lo ya contado, pues no sufro revolviéndome en la butaca, la verdad. De hecho me hace gracia ver cómo algún autor se salta todo a la torera y le da por plantearse un «Y si…» y de ahí comenzar a explorar otros caminos porque él lo vale, que para eso es el autor y el que se inventa lo que quiere contar.
A «El Testamento de María» escrita por Colm Tóibín, le pasa un poco eso, se olvida de la Santísima Trinidad, de los Ángeles Anunciadores y demás parafernalia bíblica y nos planta a una María mujer, que nada sabe sobre el Dios del que habla su hijo; una señora de su casa, que no comprende qué ha visto su hijo en todos esos desarrapados que le siguen allá donde vaya y que vienen con tanta gravedad a su casa a charlar con él, ni qué le pasa a Jesús que cambia tanto cuando está con ellos, y que tampoco entiende que genere tanto revuelo allá por donde va, si sólo es su hijo… Vamos, los mismos sentimientos que tiene cualquier madre cuando su hijo anda en compañía «sospechosa», ¿no? Lo malo es que, en el caso de Jesús, la cosa llega demasiado lejos, lo atrapan y sucede todo lo que ya conocemos. 
Aquí vemos a una María que desde su retiro en Éfeso, tras sufrir la muerte de Jesús y verse obligada a huir, habla a los seguidores de su hijo sobre lo que vivió con él, lo que padeció, lo que se percibía a su alrededor cuando murió… pero ella sabe que no es eso lo que ellos quieren oír, ellos quieren que «dibuje» la realidad, que hable sobre las enseñanzas, las palabras sabias y grandilocuentes con las que Jesús se dirigía a ellos y que ella no aprobaba… Una mujer que sufre el tremendo dolor de haber sobrevivido a su amado esposo y a su hijo, y decepcionada consigo misma, por no haber sabido ejercer su poder como madre y frenar todo aquello, o al menos haber tenido el valor de haber estado con él hasta el último momento, como ellos se empeñan en contar que sucedió… 
La mujer de «El Testamento de María» es una mujer que pone en duda que toda la obra y milagros de su hijo fueran tal y como los conocemos, ¿no serían todo trucos efectistas para lograr un propósito? Y esto, lógicamente, en algunos sectores del público no gusta…  Que se olviden de la figura de la Virgen para hacer de María una mujer sencilla y sin ningún tipo de cercanía al Dios del que habla su hijo, es más, la dibujan adorando la imagen de una diosa «pagana» como es Artemisa, pues es un tanto difícil de digerir según para quien… Aunque confieso que a mi me hizo gracia entregarme a ese planteamiento del «Y si…» que comento, y desde ese punto, el de no juzgar el giro «extraño» de una  figura tan reconocida, la historia no pinta nada mal, qué queréis que os diga. ¿Qué hay que hacer un ejercicio de abstracción muy grande? Bueno, pues para eso está el teatro, para llevarte por lugares inesperados ¿Por qué no explorar un planteamiento en el que las cosas no son tal y como nos las han querido hacer creer? Pues por ahí creo yo que anda todo esto o por lo menos así me lo he tomado.
La estupenda labor de Blanca Portillo asumiendo el personaje es la que hace que uno pase por el aro y se deje llevar. La Portillo tiene armas suficientes para afrontar este reto y resolverlo con toda la soltura que ya le sabemos, quizá el ir y venir por la escena es un poco excesivo, el continuo cambio de ropajes -que por otro lado es maravilloso- la actividad imparable: Ahora recojo la mesa, ahora limpio la silla, ahora salgo, ahora entro, me pongo, me quito… resta emoción al texto, por supuesto hay momentos absolutamente maravillosos como el momento de la revelación en el pozo tan lleno de magia y que acerca tanto las imagenes de mujer y divinidad, o la evocación al marido, la tensión en la boda o el duro trago de huir tras la crucifixión… y precisamente todos ellos son momentos en los que la función frena la acción, favoreciendo la emoción que emana del texto.
El viaje emocional de María está perfectamente conseguido y lo hacemos sin rechistar, de hecho me quedo con ganas de saber más y esto es gracias tanto al texto como a la potencia y la fisicidad de La Portillo, como por la estupenda ambientación creada con la iluminación y el espacio sonoro.
La escenografía es tal como ellos la denominan, un retablo de la memoria, donde todo está milimétricamente calculado y coreografiado para que los elementos justos estén a mano en el momento apropiado, da casi la sensación que la actriz estira el brazo o se para y son los elementos los que acuden a ella.
Una versión «extraoficial» de cómo fue esta mujer de la que tanto se ha hablado y especulado, y que ahora juegan a poner en su boca el relato en primera persona de cómo sucedió todo. Así sin más. Y creo que es la mejor forma para poder entrar en una función que no creo que esté hecha para escandalizar, pienso que eso ya está más que superado, pero que propone una serie de pensamientos y sentimientos que, quizá por tener una imagen tan mitificada de María, nunca habíamos permitido identificarlos en su persona y puedan escocer.

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Amparo Fernández Andrés Herrera Antonio Gil Camila Viyuela Carol López CDN El Viaje A Ninguna Parte Fernán Gómez José A. Navarro Miguel Rellán Olivia Molina Tamar Novas Teatro Valle Inclán

El Viaje A Ninguna Parte

Título:
El Viaje A Ninguna Parte

Autor:
Fernando Fernán Gómez (Versión Ignacio del Moral)

Lugar:
Teatro Valle-Inclán

Elenco:
Amparo Fernández (Julia Iniesta)
Antonio Gil (Carlos Galván)
Andrés Herrera (Maldonado/Solís)
Olivia Molina (Juanita Plaza)
José Ángel Navarro (Ceferino/Varios)
Tamar Novas (Carlitos Galván)
Miguel Rellán (Arturo Galván)
Camila Viyuela (Rosa del Valle)
Carlos Montalvo/Ángel Ruiz (Voces en Off)

Escenografía:
Max Glaenzel

Iluminación:
Juan Gómez-Conejero

Vestuario:
Myriam Ibáñez

Ayudante de Dirección:
Anna Rodríguez Costa/Claudio Tobo

Dirección:
Carol López

No voy a negar la alegría que me dio saber que el CDN preparaba una versión de «El Viaje A Ninguna Parte» del inmenso Fernando Fernán Gómez, y a la vez el pánico que me produjo pensar en qué sería lo que iban a hacer teniendo como referente ese clásico del cine español y estandarte de cualquier cómico que se precie de serlo.
Quedé a la espera, hambriento, y el pasado miércoles asistí a la función en el Teatro Valle-Inclán, me senté en mi butaca dispuesto a dejarme envolver por la magia de revivir a la Compañía Iniesta-Galván, llevando su teatro de repertorio por los polvorientos caminos de la España de posguerra.
Es muy difícil abstraerse del original e intentar adaptarse a las nuevas caras sin caer en las comparaciones, pero como ya dije en la crónica sobre «Amantes«, por mi parte, no sería justo para los profesionales que se suben a las tablas para darle vida.
Ignacio del Moral, autor de esta versión teatral, comenta en el programa de mano, que se ha inspirado en la novela, tratando de olvidar la película y el peso que conlleva tenerla de precedente. Y es de agradecer que se intente realizar una revisión del original sin adaptar a las tablas lo que ya vimos en la pantalla… Aunque a veces, inevitablemente, se les escapen «ramalazos».
Conociendo de antemano los personajes, eché en falta una pizca de esa atmósfera de inocencia que destilaban en la película (Lo siento, soy consciente de lo que he dicho y sé que las comparaciones son odiosas, pero se me ha escapado). Ese vivir asimilando las desavenencias que les surgen a través del camino y vivirlas junto a ellos, la ternura de sus pequeños grandes instantes; quizá los saltos en el tiempo, el exceso de fragmentación en las escenas, hicieron que conectara intermitentemente con los personajes. En ocasiones las escenas se suceden con un ritmo algo irregular y no da tiempo a paladear la historia como se merece. Me apetecía saborear un poco más de esos encuentros entre Carlitos y Rosa, o entre la santísima trinidad de los Galván (Abuelo, padre e hijo), por poner un par de ejemplos, ¡porque madera actoral, en esta función, tienen de sobra!
Aunque también es cierto que, cuando la función encara su recta final, esos problemas de conexión se solucionan y uno acaba por sentir la realidad de estos seres frágiles que han optado por vivir el sueño de sus vidas y hacerlo cueste lo que cueste, aunque eso suponga no saber exactamente dónde viven, a dónde pertenecen… Esta troupe con esos dilemas y esas luchas que aún hoy se siguen batallando en el regazo de la cultura…
Uno ve la función y no puede evitar encontrar tantos similitudes con la actualidad, que da la sensación que a veces los actores/personajes han parado la función y están hablándonos directamnte a nosotros, que acabarán por sentarse al borde del escenario para charlar de todo lo que acontece en estos momentos. ¡Qué sabio era Fernando Fernán-Gómez!
Es inevitable que la emoción acabe floreciendo y un nudo se agarre a nuestra garganta cuando ese Carlos anciano acaba caminando junto a los ecos de su recuerdo, continuando su viaje a ninguna parte.

Una preciosa escenografía, cambiante, simplista; ¿excesivamente abierta? no estoy seguro, los campos de Castilla son así, con lo que tampoco es una idea descabellada mostrar la enormidad del escenario del Valle- Inclán como si fuera un inabarcable cielo que se pierde entre matojos y tierras áridas. La verdad que es un placer cuando hay presupuesto y se utiliza a favor del espectáculo. La iluminación, la escenografía, los efectos… Todo juega en pro de la producción otorgándole una gran belleza visual.
Los momentos de ensueño, las mezclas de realidad y ficción, los recuerdos rozando con los dedos una verdad que no es nada justa con Carlos Galván, están muy bien zurcidos, con poesía llena de ternura, con un humor y una picaresca muy agradecida, nacida de la dirección de Carol López; aunque también es cierto que me hubiera gustado un poco más de riesgo, un ir «más allá» en la adaptación teatral para culminarla como la maravillosa historia de los Iniesta-Galván se merece.

Como comento un poco más arriba, creo que en esta función hay madera actoral suficiente como para sacar adelante este montaje. No digo nada que no se sepa al leer los nombres del elenco.
Creo que Antonio Gil lleva con solvencia y dignidad el peso de la historia. Al igual que aplaudo la titánica tarea de Miguel Rellán, enfrentándose a un personaje que permanece en el imaginario de todos los que hemos amado al Arturo Galván fílmico, y que trata con tanto amor y respeto. Preciosa y triste escena la que nos regala Rellán tras el paso de Arturo por la experiencia con el cine… Al igual que el tragicómico Carlitos Galván que nos propone Tamar Novas, divertido, contundente en su sinceridad e inocentemente cruel, desencadenante del devenir de esta compañía. Amparo Fernández derrocha ternura. Creo que Olivia Molina se enfreta aquí a su mejor papel, convenciendo con su Juanita; pero con el permiso de ambas, el descubrimiento personal de esta función es el de Camila Viyuela, que entrega una energía y una luz muy especial a las tablas del Valle-Inclán, ¡me encantó!
Y no quiero dejarme fuera a Andrés Herrera y a José Ángel Navarro que cuentan con la labor de hacernos ver a un amplio abanico de personajes que se cruzan y conviven con la maravillosa compañía Iniesta-Galván.

Creo que esta es una buena función para descubrir el teatro, tiene los ingredientes apropiados para enganchar al espectador primerizo.
Y, a pesar de creer que es una versión algo precipitada y en ocasiones fragmentada, es necesaria para recuperar la memoria de lo que es el arte de amar esta profesión, que a muchos se les está olvidando esa parte de entrega y respeto que, realmente, es la esencia de todo esto.
Y es que, insisto, ¡qué sabio fue, y siempre será, Fernando Fernán Gómez!

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Amantes Álvaro del Amo CDN Marc Clotet Marta Belaustegui Natalia Sánchez Teatro Teatro Valle Inclán Vicente Aranda

Amantes



Título:

Amantes

Autor:
Álvaro del Amo
(Basado en un guión de 
Carlos Pérez Merinero,
Vicente Aranda y Álvaro del Amo)

Lugar:
Teatro Valle Inclán (Sala Francisco Nieva)

Elenco:
Marta Belaustegui (Luisa)
Marc Clotet (Paco)
Natalia Sánchez (Trini)

Escenografía:
Paco Azorín

Iluminación:
Nicolás Fitschel

Espacio Sonoro:
Mariano García

Ayudante de Dirección:
César Barló

Dirección:
Álvaro del Amo

“Amantes” es de esas películas que guardé en el recuerdo de mi adolescencia por la turbación que me causó cuando la vi, allá por el 1991, recuerdo esas escenas cargadas de erotismo y sexualidad; y el dolor y la tristeza infinita que me provocó ese terrible desenlace, que hizo que no me atreviera a volver a verla nunca más. Las palabras de la Trini de Maribel Verdú me produjeron tanta congoja que he temido volver a escucharlas hasta el día de hoy. A lo mejor soy un exagerado, pero son los efectos del recuerdo.

Ver programada una versión teatral de esta película hizo que me decidiera a aceptar el desafío de volver a pasar por el trance de revivir ese final, incluso pensando que en teatro, en vivo, me iba a impresionar mucho mas… y eso es lo malo, que uno ya va con las expectativas muy altas y con alguna que otra reticencia con el reparto.
Confieso que cuando vi el reparto al que se le había hecho el encargo de poner en pie la versión teatral de este clásico del cine español, tuve mis prejuicios. Es complicado quitarse de la cabeza esas maravillosas interpretaciones de Maribel Verdú y Victoria Abril, o ese Jorge Sanz fruto de mis más íntimos y húmedos deseos de la época.
 Ahora el turno de poner en pie «Amantes» es de Álvaro del Amo que, muy sabiamente (aunque no tan acertado en algún caso), ha jugado a romper con lo que ya habíamos visto en la película de Vicente Aranda.
La premisa es la misma, una pareja, Paco y Trini, planea un futuro en común tras la finalización del servicio militar de él, hasta que se cruza por medio Luisa, la casera que aloja a Paco, a quien introduce en una espiral de estafas y sexo, destrozando la idílica armonía de la pareja.
Lástima que el adaptación teatral peque de estar excesivamente fragmentada, con diálogos poco creibles en boca del actor, quien lucha por conseguir convencernos sin lograrlo en muchas ocasiones. 
Situaciones excesivamente esquemáticas que, más allá de recrear lo que ya contaba la historia, puesto en escena, no llegan a provocar emoción ni dejan salir la tragedia que porta con la contundencia que merece.

La propuesta de Álvaro del Amopelea por diferenciarse tanto de la película, que se deja por el camino toda la esencia de la historia, las relaciones descarnadas, la sexualidad, los celos, las tensiones, el drama… todo queda en medias tintas, provocando que sea irremediable que el espectador acabe por anhelar la película de Aranda. Y es que en la película había secuencias memorables que uno, como espectador, desea no ver repetidas, pero sí reinventadas al lenguaje teatral y, sin embargo, en muchos casos se opta por obviarlas, dejando la historia en algo ciertamente poco interesante. ¿Dónde está esa viuda negra? ¿Dónde está ese sexo perturbador y excitante? ¿Dónde están esas escenas en las que saltaban chispas entre los personajes? Y no, ese final que tanto temía y deseaba volver a revivir hecho teatro, tampoco está.
Me gustó la propuesta escénica de Paco Azorín que divide los ambientes y a la vez los entremezcla, que los une y los separa, atrayendo a todos los personajes hacia el mismo punto, donde no pueden evitar encontrarse, unas veces tan solo en pensamientos, en sueños, y otras, las más devastadoras, en persona. Acertada propuesta que se desmarca del original, aportando un aire de originalidad y teatralidad que resulta interesante y que funciona por momentos.
Si hablamos de los actores debo decir que decidí no hacer comparaciones, sería muy injusto por mi parte, y muy desagradecido e irrespetuoso con los profesionales que intentan poner en pie esta propuesta. Pero hablando del trabajo visto, creo que Marta Belaustegui no da con el tono adecuado para Luisa, su personaje queda desdibujado, poco definido y sin la intensidad que justifique el desarrollo de la historia, aunque creo que esto está causado más por la floja adaptación, difícil de defender, que por su labor actoral, y la química sexual entre ella y Marc Clotet es francamente nula. 
No me creo que, Paco, sea capaz de hacer los sacrificios que hace por esta Luisa.
A Marc Clotet se le nota la diferencia cuando trabaja con una u otra actriz. Se deja llevar en exceso por las energías de cada una de ellas, dejando la suya en segundo plano, creando unos desniveles interpretativos muy acusados en su personaje; quedando en unas escenas muy velado, con Marta Belaustegui, pero creando otros momentos destacables, con Natalia Sánchez. Aunque hacia el final es cierto que se crece.
Eso sí, y me vais a perdonar la licencia, ¡no se puede ser más bello! Y entiendo perfectamente que cualquiera de estas dos mujeres perdiera los papeles por un ser como él, y aún más con la maravillosa iluminación de Nicolás Fitschel que parece diseñada para ensalzar las virtudes físicas de este actor.
La sorpresa de la función, sin lugar a dudas, es Natalia Sánchez, una actriz a la que fui a ver con todos mis prejuicios y que me los arrancó de un manotazo nada más comenzar la función. Si el resto del montaje no llegó a convencerme, ella me entusiasmó; compré su propuesta y salí encantado de haberla descubierto como una actriz llena de matices y con mucho que ofrecer. Me interesó y me conmovió. Si por algo merece la pena ver la función, es por ella.
No sé si era necesario adaptar al teatro este clásico del cine español, pero creo que la adaptación no ha sido todo lo acertada que uno hubiera deseado. Y estos «Amantes» no brillan en el escenario tanto como brillaron en la pantalla. Quedándose lejos de estar a la altura del original.

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