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Como Si No Hubiera Un Mañana

«You must remember this/A kiss is still a kiss/A sigh is just a sigh/The fundamental things apply/As time goes by»

Resuena en el silencio de un mundo que ha dejado de ser. Los pocos seres humanos que quedan buscan la esencia de sus vidas como único asidero a la cordura. El vértigo de los primeros besos, la necesidad de amar y sentirse amado, diferencias aparte, o echar un vistazo más allá de nosotros antes de entregarnos desesperadamente al vacío. Así es como se nos presenta «Como Si No Hubiera Un Mañana – Historias de Amor en el Fin del Mundo» un espectáculo conformado por tres historias distintas, escritas por tres autores diferentes, Fran Secunza, Pablo Vara y José Padilla, dirigidos por Andrés Dwyer en las que el nexo de unión son el amor y el fin del mundo tal y como lo conocemos.Como-si-no-hubiera-un-mañana

Tres historias independientes, con personajes propios y tres estilos bien diferenciados que nos hablan de lo mismo. El Amor.

Sé que no debería, y lucho por evitarlo, pero muchas veces me dejo llevar por los prejuicios: «¿Una historia de amor?» «No, gracias, no quiero una función A lo Sandra Bullock«… ¡Error! Qué manía tengo de prejuzgar sin saber… y pensar que he estado a punto de perdérmela…

Uno entra en esta función con suavidad, a través de sus personajes, de las palabras. Los actores juegan con cuatro elementos y no les hace falta más -No hay a penas escenografía y la iluminación escasea, pero ¿qué queréis? ¡Si el mundo ha sido destruido!- Su buena ejecución y nuestra mirada hacen el resto, pero no la mirada de los ojos con la que vemos humo, focos y cuatro escaleras tiradas en el suelo, si no esa otra mirada, más íntima, la interior, la que normalmente nos da pudor, esa es la que es seducida por «Como Si No Hubiera Un Mañana».

Con qué sencillez nos hacen entrar en el juego, hablándonos de nuestras primeras veces, de sensaciones compartidas, haciéndonos ser conscientes de que muchas veces hablamos por no callar, que es más fácil quejarse ante la adversidad que saber apreciar lo bueno que se esconde tras ella, o aprender a mirar más allá de nosotros y sonreír, y amar… sobretodo amar. Escuchas a los personajes que desfilan por la función, que se muestran y piensas: «Es que yo también soy un poco así» Y una sonrisa se dibuja en tu cara, dejándote llevar agarrado de su mano.

Precioso trabajo el de Juan Blanco, Joe Manjón y Sara Martínez. No hay aspavientos, postureos, ni artificiosidades que ensucien. Ellos son sus historias, quienes hacen que nos enamorarnos de los habitantes de cada una de ellas, ellos y sus autores, que desde diferentes estilos, los ponen a prueba, tensando la cuerda y llevándoles a situaciones límite, para romper complejos y mostrar la materia de la que realmente están hechos. Da igual si es desde un cobertizo, escondidos de la amenaza externa, que conversando con un desconocido y su revólver, o encaramados en lo alto de los restos de la Torre Eiffel, el sentimiento es compartido.

Me entusiasma encontrar montajes aparentemente pequeños escondidos entre la maraña teatral en la que nos vemos inmersos. Pequeñas joyas en forma de producciones modestas que sorprenden y dejan tan buen sabor de boca como esta.

Título: Como Si No Hubiera Un Mañana (Historias de amor en el fin del mundo) Autor: Fran Secunza, Pablo Vara y José Padilla Lugar: Nave 73 Elenco: Juan Blanco, Joe Manjón y Sara Martínez Producción: Paraninfo58 Dirección: Andrés Dwyer

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Los Buitres (O La Muerte de los Amantes)

Supongo que todos tenemos nuestras preferencias en cuanto a espacios teatrales y yo tengo uno que, si me leéis de vez en cuando, sabéis que me tiene enganchado y que conste que me ha dado tantas alegrías como disgustos, todo hay que decirlo, pero es que La Pensión de las Pulgas, al igual que pasó antes con su predecesora La Casa de la Portera, tiene ese «qué se yo» que me hace volar. Y «Los Buitres» de Carles Harillo Magnet, la función de la que os voy a hablar en esta crónica, viene precisamente de haber compartido piso la temporada pasada con La Portera (¡Ay!) y es claro ejemplo de porqué me gusta tanto este espacio.los-buitres-cartel

En «Los Buitres» asistimos a la cena del décimo aniversario de una pareja que ha perdido por el camino cualquier atisbo del amor que podían haberse profesado en algún tiempo remoto.

Encerrados en su propia casa, conviven estos dos seres que han ido macerando un odio desmedido hacia cuanto les rodea, incluso hacia ellos mismos. Un odio espeso, enfermizo, que se ha apoderado de sus almas y que disfrutan escupiéndoselo uno al otro; bilis provocada por su propia existencia que vomitan en forma de palabras, de gritos, de reproches, de lamentos y que sacan a relucir con todo su esplendor en el momento en el que hace acto de presencia un Amigo del pasado, visita que desentierra miedos y secretos que son llevados hasta sus últimas consecuencias.

Carles Harillo Magnet ha creado esta pieza asfixiante, tóxica, que hace las delicias de cuantos adoramos encontrarnos ambientes enfermizos y personajes cargados de ponzoña. Una especie de comedia putrefacta encerrada en un juego macabro que acontece en un tiempo indeterminado en el que se mezcla el romanticismo-decadente con un lenguaje ciertamente macarra. Que te hace reír y sentir náuseas al mismo tiempo. Con un texto incisivo, que se divierte en su sadismo insano, que quizá se gusta demasiado en alguno de sus monólogos, pero que juega con nosotros como un niño siniestro que nos tienta y nos convence para que seamos cómplices de su fechoría.

A destacar la estética con la que se nos vende, esa cartelería y fotos promocionales deliciosamente cuidadas y tenebrosas, que se ve traducida en la dirección artística de Pier Paolo Álvaro que logra sorprendernos al transformar la habitación en la que transcurre la función, y que los que acudimos a La Pensión de las Pulgas conocemos hasta el hartazgo, para convertirla en un espacio renovado que te transporta al universo de novela gótica de «Los Buitres» nada más pisarla. Y lo mismo sucede con el vestuario que es una exquisitez. Tan cuidado, tan bien escogida la gama de colores, las texturas… Es tan placerentero ver un trabajo semejante en un espacio tan limitado, y que muchas veces obviamos, que podría escribir una crónica sólo sobre esto. cggdqqowyaa6v2b

Carles Harillo Magnet ha creado unos personajes para «Los Buitres» potentes y tremendamente atractivos, tanto para el imaginario del espectador como para admirar el trabajo de los actores que los interpretan; a mí me hicieron pensar en el retorcimiento de Martha y George, el matrimonio de «¿Quién Teme a Virginia Woolf?» llevado a la enésima potencia o en una versión absolutamente feroz del Sombrerero Loco y la Liebre de «Alicia en el País de las Maravillas» que, sentados a su mesa, esperan a una Alicia, en la piel del Amigo, enterrada hasta la cintura en arenas movedizas y a merced de estos dos caníbales de almas.

El único «pero» que le pongo es el tema del movimiento escénico, hay lugares que pasan demasiado tiempo mirando la espalda de los personajes, perdiéndose intenciones, miradas y gestos que, por las reacciones del resto del público, son merecedoras de ser vistas. Si podéis, evitad los asientos de la pared del espejo.

Mario Zorrilla creo que es una de las presencias más apabullantes con las que me he encontrado en escena, entre la voz, que es un auténtico rugido, y esa mirada que paraliza, me tenía sobrecogido, y si le añadimos a una Carmen Mayordomo absolutamente entregada, disfrutando como una niña chapoteando en un charco de lodo, nos encontramos con una pareja tan repugnante como atractiva, rezuman demencia y amenaza, tanto en sus susurros como en sus alaridos, en sus enfrentamientos cara a cara como en sus caricias envenenadas

Duro trabajo el de Xabier Murúa entrando en escena tras el alarde de poderío de sus compañeros, confieso que a mí al comienzo no me logró atrapar, sin embargo acabó por arrancarme del lado oscuro y transitar con ganas su recorrido, evolucionando con giros ambiguos, haciéndonos dudar y a la vez logrando transmitir su desesperación y acabando por sufrir los zarpazos a los que le someten. Y Josi Cortés que, aunque breve, es la encargada de darnos a descubrir quiénes son estos seres carroñeros que habitan la función. Un acierto de reparto.

Una función tremendamente venenosa, una pesadilla de esas que nos hacen gritar en la noche, pero que al despertar nos deja con ganas de haber seguido explorando. Quien tenga ganas de perturbación y mal rollo que se asome a «Los Buitres» que van a disfrutar de lo lindo.

Título: Los Buitres (O La Muerte de los Amantes) Autor: Carles Harillo Magnet Lugar: La Pensión de las Pulgas Elenco: Mario Zorrilla, Carmen Mayordomo, Xabier Murúa y Josi Cortés Dirección Artística/Vestuario: Pier Paolo Álvaro Espacio Sonoro: Boby Lauren Maquillaje y Peluquería: Yuraima Morcillo Dirección: Carles Harillo Magnet

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No Estamos Together

¿A quién no le han dejado? ¿Y quién no ha dejado a alguien? ¿Quién no ha querido hundirse en sus miserias? ¿y desear ser rescatado inesperadamente? ¿Quién no ha imaginado largas conversaciones con su «ex» reprochando esas cosas que lo desbarataron todo y descubriendo las mejores réplicas a toro pasado? ¿Quién no ha tenido veinte años? ¿Quién no ha caído en la cuenta de qno-estamos-together-teatroue las cosas, por muchos años que cumplamos, no cambian demasiado?

«No Estamos Together» escrita y dirigida, y en ocasiones interpretada, por Nacho López Murria se suma a un género que parece tener hueco propio en la cartelera, la Comedia Generacional. Desde hace algunas temporadas han surgido varios títulos que quieren ser retrato de las generaciones actuales y «No Estamos Together» pretende hacerse un hueco entre ellos.

En este caso la propuesta, contada desde diferentes planos y ambientes creados a dos manos por Belén Segarra y Mikko, parte de ese momento en el que una pareja rompe y comienzan el tortuoso camino de la aceptación de dicha situación, de cómo cada cual guarda su propio luto, de cómo afecta a nuestro entorno, de cómo pasa el tiempo y entran nuevas personas, pero sin olvidar el poso de aquello que fue, para bien o para mal. Todo esto Nacho López Murria nos lo cuenta mezclando lenguajes, realidad y ficción, soliloquios y personajes inventados que a veces actúan como Pepitos Grillos, otras como Campanillas juguetonas, o materializándose en nuevas esperanzas y amigos pesados que nos aturden, pero que sirven de desatranco ante la autocompasión a la que nos encanta entregarnos.
El punto de partida de la propuesta está bien, es interesante, pero quizá el mensaje que quiere transmitir resulta algo distante y confuso: Las idas y venidas en la historia, la mezcla del naturalismo con la abstracción de algunos juegos escénicos resulta un tanto farragosa y obstaculiza la empatía con los personajes. Nacho López Murria pone en escena muy buenas ideas, pero no sé si mezcladas llegan a funcionar plenamente a favor de la función. Un par de ejemplos: Se agradece la música en directo de Maydiremay, estupenda banda sonora para el montaje, pero me queda la duda de si está aprovechada, ¿por qué está ahí? ¿está dentro o fuera de la función? ¿qué aporta a la historia? o las carreras por la escena o los escritos en el suelo que sirven de transición entre cuadros, creo frenan el ritmo y no suman. Son propuestas absolutamente válidas, pero que quizá no cuajan con el conjunto.

 

Me sorprendió gratamente el trabajo actoral, están en sintonía, funcionan y se entienden (¡Y se les entiende!).

En Alba Bayarri y Aitor Caballer se ven esos dos lados de un mismo espejo, enternecedores y reales en sus tópicos, aunque aún tienen que encontrar ese punto que haga más creíble su relación sentimental, algo clave. José Sospedra que juega con un rol agotador, es un divertido cartoon que nos deja entrever muchos posibles de este actor. Ana Dachs aporta un caracter potente y una verdad muy gratificantes. A Sandra Martín le toca arriesgarse y mirar a los ojos de los espectadores, hablarles de tú a tú y saltar de la realidad al universo imaginario de la protagonista, resuelve con soltura, aunque a mí personalmente me gustó más en las escenas compartidas que enfrentándose, con pose excesivamente infantiloide, a la soledad escénica.

Como digo, creo que son un buen elenco que aporta el peso adecuado a la historia. La función aún está muy tierna, pero creo que van a lograr que se sostenga con solidez.

Una comedia con cierto rollete Hipster que comienza a caminar y apuntar maneras. Esperemos le dé tiempo a desarrollarse como es debido y no se pierda en intensidades innecesarias, porque ¿quién sabe? puede convertirse en uno de esos éxitos de largo recorrido que de vez en cuando le da al Off por parir. Nave 73 es un buen talismán para ello.

Título: No Estamos Together Autor: Nacho López Murria Lugar: Naver 73 Elenco: Alba Bayarri, Aitor Caballer, Sandra Martín, José Sospedra y Ana Dachs Música en directo: Maydiremay Escenografía: Belén Segarra y Mikko Vestuario: Lara Tascón Dirección: Nacho López Murria

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Las Hermanas Rivas

Cuando era niño siempre pasaba por delante de una papelería donde vendían prensa que tenían expuesta en el escaparate, era inevitable pararme y pegar mi nariz al cristal para mirarla con detenimiento, desde los periódicos hasta las revistas, e incluso las colecciones por fascículos, pero había una publicación que me llamaba poderosamente la atención, imagino que por sus portadas sensacionalistas y sus titulares truculentos, las miraba con la excitación de lo prohibido, con profunda curiosidad, algo así como tocar con un palo un bicho muerto y ver qué sucedía. Esa publicación era «El Caso», todos sabéis el tipo de prensa que era este periódico y el caldo de cultivo que podía llegar a ser para un niño y su, aún por desarrollar, insana imaginación.165570_logo_900x500_claim

Esto os lo cuento porque al ver «Las Hermanas Rivas» y pensarla mientras me marchaba a casa, apareció en mi memoria este recuerdo de aquel escaparate y las portadas de «El Caso», y es que esta historia podía ser perfectamente una de las protagonistas de sus titulares.

La historia nos presenta a dos hermanas que viven en un pueblo cualquiera donde la vida resbala en una sucesión de minutos, de horas, de días exactamente iguales, sin mayor emoción que la de aguardar el momento de la telenovela o acudir a visitar la tumba de los padres, llevarles flores envueltas en papel y comer con las tías solteronas; donde la única forma de sacudirse la monotonía es comprarse unos zapatos y salir a beber hasta no poder sostenerse sobre ellos. Hasta que una de las hermanas, en una de esas salidas, conoce al Potro Estrella, un boxeador que vive por y para este deporte y que desata el furor uterino de estas dos mujeres que al verse atraídas por el mismo «zángano» llegan a la conclusión de que lo mejor para mantener la paz en el hogar es compartirlo, por turnos, y que ninguna quede desplazada, a lo que él no pone objeción alguna ¡obvio! ¡Si es el sueño de todo machorro que se precie!, que le dejen hacer lo que más le gusta, en este caso entrenar y boxear, y tener un polvo fácil siempre que se le antoje; pero como es de prever, los celos, los resquemores, las envidias, no tardan en hacer acto de presencia y provocan que la historia acabe por irse por derroteros llenos de pensamientos turbios que llevan a decisiones drásticas. Tanto como para ser protagonistas de esos titulares de los que hablaba más arriba.

«Las Hermanas Rivas» muestra lo que el ser humano es capaz de hacer ante el pánico por la soledad o lo irracional del comportamiento ante el deseo. Somos capaces de romper el orden establecido para adentrarnos allá donde sabemos que no debemos ir y, cuando estamos dentro, sacar el instinto más primario desbocado por la angustia para intentar recuperar lo que teníamos y que sabemos perdido. Algo que puede resultar realmente aterrador en sus consecuencias.

Un historia creada por Adriana Roffi y Mariano Rochman que resulta atractiva en su oscuridad y apetecible en la sexualidad que rezuma, pero que cojea en sus razonamientos y resoluciones. No sé si porque el texto tiene aspectos algo endebles o porque la dirección no ha sabido plasmar sobre las tablas el posible potencial que reside en el texto, haciendo que los personajes tengan una trayectoria excesivamente lineal. No llegué a ver la evolución que justificara la decisión de semejante desenlace.

Los actores, dentro de la limitación a la que les somete la dirección, que les marca una dirección, pero no una evolución, defienden la historia con solvencia.

Creo que Luciana Drago y Regina Ferrando poseían las armas para darnos un reflejo mucho más espeluznante del que presenciamos. No era necesario ese sobreesfuerzo provocando la comedia para subrayar quienes son y cómo viven, menos casi siempre es más. Eso sí, me encantaron los momentos ante el televisor, reflejo de cómo la cotidianidad va siendo trastocada, al igual que la cocina casera y los canturreos que la acompañan. Destellos de por dónde tendría que haberse enfocado esta historia.

Mariano Rochman como el Potro nos ofrece una buena interpretación, un ser básico, primario, absolutamente posible, pero, volviendo al tema de dirección, transmite tanta candidez que no se llega a comprender el porqué de la decisión final.

Me dio la sensación de que podía haber visto un espectáculo mucho más potente de lo que acabé por ver. La materia prima estaba, pero el camino, para mi gusto, no era el adecuado.

Titulo: Las Hermanas Rivas Autor: Adrianna Roffi y Mariano Rochman Dirección: Adriana Roffi Elenco: Luciana Drago, Mariano Rochman y Regina Ferrando Vestuario: Lucía López y Yolanda Leal Iluminación: Martín Egido Lugar: Teatro Lara

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Tres

¿A quién no se le ha pasado por la cabeza volver a juntarse con sus compañeros de instituto? A todos nos queda un rescoldo al que nos aferramos estúpidamente de aquellos ¿maravillosos? años en los que nos imaginábamos de mayores compartiendo nuestras vidas con ellos -Algunos incluso se han quedado colgados de esa idea- y el que diga que no, miente, y si no miente, seguro que al menos siente el incontrolable morbazo de saber qué será de ellos y cómo estarán nuestros «más mejores amigos» de aquella época y de los que no hemos vuelto a saber nada… ¿Nada? ¡Benditas redes sociales que nos abren grietas por las que saciar nuestra nada inocente curiosidad!Tres-con-distribuidor

No es que tenga mucho que ver, ¿o sí? con el argumento de la función, pero me sirve para introduciros en esta crónica sobre «Tres» de Juan Carlos Rubio en el Teatro Lara que nos habla de tres amigas del instituto que, pasados los años, se vuelven a encontrar. Cada una ha tomado un rumbo diferente en la vida y, sin embargo, sus caminos vuelven a confluir, ¿Cosas del destino? Bueno, si al empeño de una de ellas por provocar este encuentro se le puede llamar destino, pues sí… El caso es que las tres se vuelven a juntar y tras varias copas, y alguna confesión, se les va la cabeza y deciden quedarse embarazadas a la vez ¡y del mismo hombre! (No estoy spolieando nada, no hay más que ver el cartel), pero las cosas no van a ser ni tan sencillas, ni el camino será tan idílico como se las prometían… Así nos ponen las cosas Quino Falero y Juan Carlos Rubio, quien le ha dado un par de brochazos al texto para adaptarlo a las nuevas edades de su elenco.

Una comedia que desde su aparente blancura muestra las miserias de sus protagonistas, eso sí, sólo la dósis justa para que nos arranque unas cuantas risotadas de mala baba, que a ninguno nos falta, pero para que la cosa resulte inofensiva.

El texto juega con esterotipos muy identificables para que el público enseguida enganche con ellas y sienta cercanía y comparta los motivos por los que toman la decisión de embarcarse en semejante delirio. La soledad y la inseguridad son dos terrores comunes en todos y eso une mucho, ya sea en el tú a tú de nuestro día a día como en el que se genera de escenario a patio de butacas.

La velocidad de la réplica, ocurrente y afilada, es el plato fuerte de este montaje que además vuela entre el histrionismos y el mariconerío enloquecido… ¡No pongáis cara de asombro! No me lo podéis negar: Unas descerebradas como estas tres amigas y un chulazo encerrados en la misma casa, (Yo os confieso que me las pido a todas ellas como amigas para petardear y a él… ¡Aisss!) El morbazo, la comedia y las peleas de gatas están servidas. ¿Se puede pedir algo más para pasar un rato divertido? Pues sí, también hay algún girillo en el argumento, algo previsible, que lo hace todo un poco más delirante si cabe y eso siempre se agradece; aunque ese final quizá me resultó excesivamente obvio. Cosa que no enturbia unos trabajos francamente divertidos de todo su reparto.tres

Me gusta ver este cambio de registro en Carmen Mayordomo que, si ya es toda una Drama-Queen de los escenarios, no se le puede negar la soltura con la que maneja la comedia, y es que esa cadencia que le da a su personaje, y la gravedad de su voz, son ingredientes perfectos para arrancarnos unas buenas carcajadas.

Natalie Pinot, aunque al comienzo me costó entrar en su código, acabé por comprarla por completo, incluidas sus extensiones. ¡No se puede ser más bruta y petarda!

Y la estupenda Eva Higueras, que creo es la que mejor lleva la progresión de su personaje, desde la inocencia de su comienzo hasta esa «otra» mujer que se nos va desvelando.

José Sospedra quizá se lleve la parte menos agradecida de la función, no por él si no por el papel que le ha tocado defender, pero está a la altura de sus compañeras y tiene que confiar en ello, tan sólo tiene que relajarse un poquito más y disfrutar la función.

Quino Falero tiene una fantástica mano para la comedia y de nuevo demuestra que sabe cómo hacer para que estos cuatro actores saquen todo el jugo a la función, y aunque aún están encontrándose en escena, ya se adivina un horizonte chispeante.

Una comedia que si bien no viene a descubrirnos nada nuevo, si que nos divierte y nos hace salir con un buen sabor de boca y cargados de buen rollo del teatro, y eso, visto lo visto, no es poco.

Título: Tres Autor: Juan Carlos Rubio Lugar: Teatro Lara Elenco: Eva Higueras, Carmen Mayordomo, Natalie Pinot y José Sospedra Ayudante Dirección: Fernando Miranda Dirección: Quino Falero

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Nuestras Mujeres

Tras la pausa veraniega pensé que lo mejor para enfrentarme a esa depresión post-vacacional que nos trae por la calle de la amargura al común de los mortales era comenzar la temporada teatral a golpe de comedia y, barajando posibilidades, decidí que una buena opción podría ser «Nuestras Mujeres» escrita por Eric Assous, un éxito desde su estreno en Francia en el 2013, y que ahora podemos ver en el Teatro La Latinacartel-nuestras-mujeres-teatro-la-latina

«Nuestras Mujeres» cuenta la historia de tres amigos que quedan en casa de uno de ellos, para pasar una típica velada de «hombres», bebiendo y jugando a las cartas. Hasta ahí todo pinta normal, pero uno de ellos se retrasa y cuando por fin llega confiesa a sus compañeros que el motivo de su demora es que ha asesinado a su mujer, detonante más que justicable para que los conflictos morales se activen en sus amigos. De esta manera, a través de sus dudas, de sus miedos y preocupaciones, se plantean si ayudar a su amigo, si entregarle a la policía o qué hacer, indagando en los motivos por los cuales ha tomado una decisión tan drástica y que sirve de excusa para dar un repaso al tipo de relación que tiene cada uno de ellos con sus mujeres.

Una comedia ligera, con diálogos ágiles que se apoyan en la guerra de sexos y los conflictos matrimoniales para reírse de los tópicos y hacer que el grueso del público acabe por identificarse… O al menos esto es lo que se espera porque la función cae en un estado comatoso y en la misoginia desde el mismo momento en el que se desvela el conflicto. Algo que sorprende teniendo en cuenta que Gabriel Olivares es todo un experto en comedia, que sabe por dónde se anda y cómo sacar el máximo partido a las producciones que capitanea, sólo hay que mirar la cartelera de las últimas temporadas para darse cuenta que tiene mano para convertir lo que toca en todo un éxito comercial, sin embargo aqui pincha en hueso.

Y creo que el problema radica en que los actores no encuentran el punto de encuentro entre ellos, problema tanto de dirección como de ellos tres; cada uno trabaja desde un sitio diferente, falta química, a penas si se miran y da la sensación que la comunicación escénica es inexistente. Sorprende la poca sintonía entre ellos.

Gabino Diego opta por darnos un poco más de lo mismo, da la sensación de estar fuera de la acción, esperando el momento de su réplica, sin mojarse más de lo necesario.

Antonio Hortelano desde el mismo momento que entra en escena ya sabemos que no se cree lo que está pasándole a su personaje, ha asesinado a su mujer y, por su comportamiento y el de sus compañeros, parece que se le ha llevado el coche la grúa.

Al único que salvo es a Antonio Garrido que en todo momento juega a favor de la función, tiene el tono y la actitud apropiadas y hace comedia sin pretender ser «gracioso» (¡gracias!), aunque no puede tirar del carro solo para que «Nuestras Mujeres» lleguen a mejor puerto. Y además hay que agradecer esa voz, esa dicción y proyección, ¡placer máximo!, que por otra parte deja en evidencia las carencias de sus compañeros a los que, en ocasiones, costaba entender desde la fila 9.

Creo que la función tiene demasiadas carencias que no permiten que alce el vuelo en ningún momento. Una propuesta excesivamente plana de la que nos llevamos el descubrimiento, en las tablas, de un estupendo actor.

Título: Nuestras Mujeres Autor: Eric Assous Dirección: Gabriel Olivares Elenco: Gabino Diego, Antonio Garrido y Antonio Hortelano Escenografía: Anna Tusell Vestuario: Liber Lado Iluminación: Carlos Alzueta Lugar: Teatro La Latina

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Un Genio Olvidado

Hace ya un tiempo, cuando aún no existía la versión radiofónica de este blog, además de crónicas también publicaba entrevistas, bueno, o charlas, o cómo queráis denominarlas para no etiquetarme como alguien que no soy, ni acusarme de intrusismo por algo que no pretendo… El caso es que el director Víctor Conde se prestó a conversar un rato conmigo, una charla que recuerdo con mucho agrado, que se llenó de teatro, de cine y de mil y una referencias fascinantes, y entre todas ellas surgió el nombre de Carlos Atanes, un personaje absolutamente desconocido para mí, pero que me llamó poderosamente la atención, tanto por lo que Víctor Conde me contó sobre él, como por todo lo que fui averiguando por mi cuenta. (Si no habéis visto sus cortos, deberíais asomaros a ellos y su perturbador estilo) un_genio_olvidado

Pasó el tiempo y en vez de perderle la pista, cada vez oía hablar más de él, supongo que las redes sociales y su creciente actividad teatral tuvieron bastante que ver en esto; aun así, queriendo conocer de cerca su trabajo, siempre había trabas de por medio, tiempos y agendas terribles lo impedían una vez tras otra, hasta que «Un Genio Olvidado» se plantó en mitad del camino y me llevó de la mano hasta La Pensión de las Pulgas para acabar de una vez con esa especie de maldición que parecía que se estaba enquistando entre Atanes y los Entreactos.

Como ya me imaginaba, ver «Un Genio Olvidado» iba a ser, cuanto menos, un paseo interesante de experimentar.

La función nos sitúa en Yokohama, en un día cualquiera en la vida del matemático Charles Howard Hinton y su esposa Mary Ellen, donde la vida conyugal comparte espacio con teorías sobre la cuarta dimensión, cubos de colores y la opción de la bigamia, ¿consentida? ¿real? ¿imaginada? ¿deshilachada entre varias dimensiones?, escondida tras las cortinas de una vida aparentemente tranquila.

Un texto escrito por el propio Carlos Atanes e interpretado por Germán Torres, Alicia González y María Kaltembacher que se cuela en nuestros cerebros para hacerlo hormiguear de gusto durante la hora que dura la función.

Lo que aparenta ser una maraña de ideas escogidas de allá y de acá, se descubre como un elaboradísimo tejido, donde nada está dejado al azar, de interesantes referencias, brillantes líneas de diálogo y agudísimo sentido del humor. Atanes nos adentra en su particular universo de personajes esperpénticos, surrealistas y casi vodevilescos a los que dirige de manera juguetona, y muy gamberra, para que nos muestren una dimensión deformada, de situaciones posibles que acaban por desdoblarse en tantas resoluciones como espectadores haya en la sala.

Brillante la manera con la que juega a ponernos en antecedentes, esos inteligentes cambios de plano  para dirigir nuestra atención a según qué lugar, y desde ahí encontrar respuestas si, con el rabillo del ojo, no perdemos de vista lo que acontece en segundo término.

Los tres actores están divertidos, ágiles, y, porqué no decirlo, tan estupendamente pasados de vueltas que, verles trabajar con la cercanía que Las Pulgas permite, nos hace disfrutar de un ejercicio que posee mucho de fascinante e hipnótico.

Por suerte regresan ahora en septiembre para continuar haciendo cosquillas en el cerebro con esta pieza tan curiosa de descubrir.

Título: Un Genio Olvidado Autor: Carlos Atanes Lugar: La Pensión de las Pulgas Elenco: Germán Torres, Alicia González, María Kaltembacher y Juan Antonio Molina (Voz en Off) Escenografía: Lita Echeverría Dirección: Carlos Atanes

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Antígona – 61º Festival de Teatro Clásico de Mérida

A veces reconozco que soy un dejado, que me relajo y me dejo estar más de la cuenta y por eso siempre ando rondando el peligro de perderme espectáculos que me apetecen, pero que por la razón que sea, tardo en comprar las entradas y después me pasa lo que me pasa… Bueno, pues uno de esos momentos de relax tan inapropiados ocurrió con esta versión que Miguel del Arco ha hecho de «Antígona» y que forma parte de ese proyecto bautizado como Teatro de la Ciudad puesto en pie tomando como sede el Teatro de la Abadía.

Fotografía Luis Castilla
Fotografía Luis Castilla

Tanto me relajé que cuando quise comprar las entradas me tenía que conformar con las migajas… o ponerme el mundo por montera y marcharme a verlo al Festival de Teatro Clásico de Mérida, y así es como hice. Ya que me disponía a perder la virginidad en asuntos festivaleros, mejor hacerlo entregándome a dos que a uno, ¿no?.

La primera ya os la conté en la anterior entrada y como el regusto fue el que fue, me dispuse a quemar mi segundo y último cartucho no sin algo de temor, ya me habían llegado comentarios de todo tipo con respecto a esta «Antígona» -imposible no oír nada si dejo para más tarde uno de los montajes que más hambre habían despertado en el teatrerío de la capital- pero he aprendido que si hay algo que me apetece y quiero ver, ya pueden decir misa que prefiero darme el batacazo por mi mismo y no quedarme con las ganas de lo que podía haber sido y no fue. Esta vez al menos, me alegro de mi determinación. Así que allí me planté de nuevo, esta vez con las ansias glotonas de quien ya lo ha probado.

La penumbra que flotaba en el Teatro Romano y un, a penas imperceptible y continuo, zumbido (aún no se si era fruto de mi imaginación) antes de comenzar la función, eran el preludio de que uno ya estaba adentrándose en los dominios de esta «Antígona Kamikaze».

Oscuro.

Las sombras toman la escena.

Polinices surge de entre los muertos para hablar a su hermana Antígona.

Los pelillos de la nuca

Fotografía Luis Castilla
Fotografía Luis Castilla

se me erizan con Santi Marín retorcido en su condena.

Antígona e Ismene potentes como un choque de tormentas, electrizan el ambiente con un comienzo de función que me agarró de las tripas, arrastrándome a su interior.

¡Boom!

Del Arco nos da la bienvenida con artillería pesada clavándonos en las gradas de piedra.

Sí, señores, creo que el comienzo que se marcan Manuela Paso y Ángela Cremonte es tan brutal como para, sin haber entrado aún en la función, humedecerme los ojos de puro placer. Sí, sí, así, sin mesura ninguna.

Después aparece Carmen Machi construyendo ese Creonte-Mujer... No sé muy bien el porqué de ese cambio de género, pero bueno, si es para gozar de una Machi tan bien dirigida como la que gozamos en esta función, pues tampoco importa; aunque esa pose «machirula» creo no le hace falta, incluso a veces le estorba, pero es un placer volver a tenerla en estado de gracia sobre las tablas.

Una vez más Miguel Del Arco hace un acercamiento de un clásico al gran público, sin dárselo masticado, ofreciéndole una propuesta asequible, contundente y atractiva, sin más aspavientos de los necesarios, sin cartón piedra de por medio que dibuje lo que ya está en la mente del espectador. El tema de la escenografía, por lo que me han contado, ha cambiado respecto a lo que se vio en La Abadía, ha desaparecido la esfera, y se ha apostado por la sencillez y la limpieza de espacios, donde con la varita mágica del maestro Juanjo Llorens y su Diseño de Iluminación,  todo se empapa de la atmósfera precisa para cada instante. Donde las coreografías de Antonio Ruz dibujan las acciones y las transiciones, hablando por si mismas. Con un coro entregado, esforzado y dinámico, aunque un tanto desigual en algunas de sus intervenciones que, dependiendo a dónde nos quieran llevar, nos desliza o nos arrastra. ¡Fabuloso trabajo de cuerpo el de todos ellos!

Me divertí, gocé, me emocioné, saboreé y me pase media función reclinado hacia adelante queriendo más. Fantástico el encuentro entre Creonte y Tiresias, y toda esa parafernalia, de la que ellos mismos se mofan, que parecía sacada de una película de terror oriental; apuesta arriesgada que demuestra el estupendo s

Fotografía Luis Castilla
Fotografía Luis Castilla

entido del humor que gasta Del Arco y las licencias que se toma, o las que yo creo interpretar que se toma en su propuesta.

Aunque el momento máscaras de lucha libre me dejó un tanto despistado, ¿Un acercamiento a las de los antiguos coros griegos? ¿Un símil de la teatralidad y la brutalidad fingida? Ya digo, me descolocó un poco, aunque no me molestó, y menos viendo a un amargamente divertido José Luis Martínez.

Mención aparte la fascinación que me produjo la energía y el nervio de ese triángulo de dolor: Antígona – Hemón, Hemón – Creonte, Creonte – Antígona. Momentos que Raúl Prieto junto a Manuela Paso y Carmen Machi hacen que exploten en intensidad y que culminan con esos silencios desgarradores y absolutamente devastadores que atenazan las gargantas de los espectadores. (De los que quieren vivir la experiencia en primera persona y no obsesionados con hacerlo a través de la pantalla de su teléfono, claro)

Sí, con ellos si sentí la tensión, la brutalidad y el descorazonador destino de una tragedia griega. Y lo que es más importante, la entrega de unos artistas que se manchan, que se entregan y que muestran con qué disposición y cómo se tiene que salir a un escenario.

Desde luego esta sí es una maravillosa forma de terminar mi primera vez en este Festival.

Al año que viene más.

Título: Antígona Autor: Miguel del Arco (Adaptación de la oba de Sófocles) Elenco: Manuela Paso, Carmen Machi, Ángela Cremonte, Raúl Prieto, José Luis Martínez, Cristóbal Suárez, Silvia Álvarez y Santi Marín Escenografía: Eduardo Moreno Iluminación: Juanjo Llorens Diseño Sonido: Sandra Vicente y Enrique Mingo Música: Arnau Vila Coreografía: Antonio Ruz Vestuario: Beatriz San Juan Dirección: Miguel del Arco

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Medea – 61º Festival de Teatro Clásico de Mérida

A mi me encanta el teatro hecho por y para las masas tanto como ese otro teatro más minoritario, no soy de los que porque la cosa huela a “comercial” sale huyendo. Lo siento, pero los esnobismos me repelen y las ganas de ver me pueden. Por eso mismo, cuando se anunció la “Medea” de José Carlos Plaza no lo dudé y compré mis entradas, me apetecía ese reparto, pensaba que podía ser una buena opción con la que perder mi “virginidad” en el Festival de Teatro Clásico de Mérida.ana-belen-Medea

La verdad es que cualquier función es buena como excusa para asomarme por primera vez a ese lugar. No os podéis hacer una idea de la experiencia que ha significado para mi el encontrarme allí, puesto en pie, en las gradas de semejante belleza, dejándome empapar de la cantidad de energías allí acumuladas. Son de esos momentos únicos en los que te descubres viviendo, al fin, algo que has acariciado largamente. Tengo un poco ese rollo del misticismo tontorrón del que pide a los demás que le dejen un instante, sin hablarle, sin interferir con el momento, para dejarse envolver, asombrándome, emocionándome por cuanto me rodea y guardarme eso para mi intimidad, y cuando entré en el Teatro Romano de Mérida, a pesar de las miles de personas que revoloteaban a mi alrededor, lo logré. Vamos, que disfruté el momento de entrar en el recinto y presentar mis respetos a la Diosa Céres como un niño chico.

Lástima que ese momento no fuera rematado con mi elección como primera función. A ver, tampoco es para huir despavorido, pero esta “Medea”, versionada por Vicente Molina Foix, opta por una visión tan clásica y comercial sobre el texto de Eurípides, que se ha quedado anticuada, al menos para mi gusto. Sin riesgos, correcta, ciertamente acartonada. Con honrosas excepciones, por supuesto, como es el caso de Consuelo Trujillo que sobresale y vuelve a demostrar que ella es sinónimo de buen teatro, levantando, en muchos momentos, la función con su trabajo. 1343_fichero_1

Supongo que está pensada para asegurarse una buena gira por grandes plazas.

Ana Belén soporta la función con “oficio”, como me dijo un amigo. Y creo que efectivamente tira de herramientas que sabe efectivas para dar vida a su Medea, pero no se lanza al barro en ningún momento. Oigo en su voz lo que no veo en su cuerpo y eso me lleva a pensar que me está intentando hacer ver lo que ella no está creyéndose. Y es que es un problema que quien se sabe perfecto conocedor de un instrumento como la voz, cosa imposible de negarle a Ana Belén, se apoye en exceso en su perfección a la hora de «decir» el texto, sin darse cuenta que la perfección muchas veces es frialdad, y la frialdad no traspasa, se queda hueca. Hay que sentir el dolor de cuánto se está contando, romperse, desgarrarse. Transmitir desde las tripas y no desde las cuerdas vocales, al menos cuando se está interpretando para teatro.

Y algo peor sucede con Adolfo Fernández y ese Jasón, que transmitía una desgana francamente irritante.

La historia de Medea es de una crudeza tan vibrante que si no se tiene, no se puede suplir a base de proyecciones, fasntástica labor de Álvaro Luna, en un «marco incomparable» (¡sobadísima expresión!) y cartón piedra. El problema no es sólo de ellos, quizá José Carlos Plaza, con todos mis respetos, no ha querido correr riesgos y se ha conformado con una propuesta sin ese “paso más allá” que pellizca almas, la clave entre remover espectadores o la indiferencia.

El resto del reparto, bastante descompensado, pelea por dar dignidad y solidez a sus intervenciones, –Luis Rallo, Olga Rodríguez– dando cierta veracidad que los cabezas de cartel no logran. Permitidme insistir con entusiasmo, en la labor de esa Consuelo Trujillo que bien merece la entrada.1344_fichero_1

Y no quiero que ahora se piense, “ya está el bloguero de turno tirando por tierra el trabajo de unos profesionales”, todo esto lo digo como verdadero amante del teatro y con la libertad y la exigencia del espectador que se gastó su dinero, con todo el gusto del mundo, en trasladarse desde Madrid hasta Mérida, pagando su butaca dispuesto a emocionarse y sentir.

Semejante equipo lo podía haber hecho francamente mejor, hay material para ello, pero se han quedado en la corrección, conformándose con el aprobado raspado para poder pasar de curso…

Tengámosle fe, aún son pocas funciones, y este estreno debe caminar, coger fuerza, confianza en sí mismo y tomar cuerpo para que nos hable desde su plenitud.

Título: Medea Autor: Eurípides (Dramaturgia de Vicente Molina Foix) Elenco: Ana Belén, Adolfo Fernández, Consuelo Trujillo, Luis Rallo, Poika Matute, Alberto Berzal, Olga Rodríguez, Leticia Etala y Horacio Colomé Escenografía: Francisco Leal Vestuario: Pedro Moreno Iluminación: Toño Camacho Diseño Videoescena: Álvaro Luna Dirección: José Carlos Plaza

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La Sombra Del Tenorio

Si algo caracteriza a Diágoras Producciones y Daniel Acebes es que creen firmemente en lo que hacen y, sobretodo, cómo lo hacen, en la osadía –entiéndase como arrojo- para adentrarse en cuanto género y estilo se les ponga por delante: El humor más inclasificable de sus inicios con “Caminante Si No Hay Camino, Pa Qué Vas”, el Siglo de Oro de mano de Lope de Vega en “La Hermosa Fea”, montajeLA-SOMBRA-DEL-TENORIO que aún colea; apuestas arriesgadas y quizá incomprendidas como su versión de “Cuarteto” de Müller o su incursión en la comedia musical con la cambiante “El Secreto de las Mujeres”, de la que en breve podremos ver su Versión 3.0. Y ahora vienen a ofrecernos la esencia de cuanto hemos podido ver en la trayectoria de esta compañía en forma de soliloquio: «La Sombra del Tenorio» de José Luis Alonso de Santos.

«La Sombra Del Tenorio» nos presenta a un actor postrado en la habitación de un hospital donde, entre la lucidez de su enfermedad y la alucinación de ser cuidado por una monja llamada Sor Inés, rememora sus andanzas sobre las tablas interpretando a Ciutti, hecho que mezcla y confunde con sus recuerdos fuera de ellas, pero siempre condicionado por el rol que le marcó este personaje. Y su mayor anhelo, haber encarnado en algún momento a Don Juan. Su particular viaje a ninguna parte.

Un montaje que nos invita a viajar por una especie de limbo actoral, en una ensoñación o delirio que abre las puertas a los anhelos más descarnados de un moribundo, y que nos habla de esos sueños que nunca llegan a cumplirse… ¿nunca?

Daniel Acebes, rodeado de amigos como Juan Manuel Casero o Alejandra Saenz y de lugares comunes, esa escenografía que es un collage homenaje a los 10 años de vida de Diagoras Producciones, ha rascado el óxido que el paso de los años ha ido generando entre sus lineas a este texto de José Luis Alonso de Santos, lo ha «desembrujado», lo ha adaptado al Siglo XXI y ha afilado su humor, convirtiéndolo en un caramelito envenenado que, tras esa fachada bonachona, prepara una buena reprimenda al más puro estilo de esta compañía, sin pelos en la lengua; denunciando a golpe de gracieta todo aquello que desvirtúa, desprestigia y ensucia esta profesión y además hablarnos con cariño y reverencia de esos Cómicos que viven tras los grandes nombres de la escena y que el gran público, y los propios compañeros que han compartido escenario junto a ellos, suelen olvidar después de que el telón se cierra.

Lo vi el día del estreno y uno ya sabe lo tierno que está aún el retoño como para andar diciendo demasiado. Quizá aún le quede al montaje cierto tufillo a naftalina entre sus palabras, ciertas florituras, frases excesivamente redichas que rechinan o algunos mohines de comedieta innecesaria que le restan claridad. Aunque viendo el resultado final, y entregándonos a la propuesta, son aspectos que no le sientan del todo mal al ambiente apolillado del retrato. 

Daniel Acebes logra momentos brillantes cuando deja que su personaje se envalentone y fluya con toda la emoción, atropellándose a si mismo con las palabras, con lo que se le viene a la cabeza y lo que se derrama por su boca; instantes en los que nos muestra la intimidad de un actor en el camerino, como si se tratara de un torero vistiéndose para salir al ruedo, o encarándose a esa última ovación tan añorada. 

Creo que a «La Sombra del Tenorio» hay que mirarla con ese aprecio con el que se miran las muñecas de cartón o los cochecitos de chapa que aparentemente han quedado obsoletos, pero que aún irradian un encanto especial, y es que uno sale con una sonrisa bobalicona después de ver a este Ciutti intentando por última vez cumplir su sueño «Donjuanesco».

Título: La Sombra del Tenorio Autor: José Luis Alonso De Santos Lugar: Teatro Victoria Elenco: Daniel Acebes Vestuario: Daniel Maya Escenografía: Diágoras Producciones Iluminación: Juanjo Hernandez Bellot Asesora de Verso: Alejandra Saenz Dirección: Daniel Acebes (Con la colaboración de Juan Manuel Casero)

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