Todos vamos a la deriva, arrastrados irremediablemente por la corriente, pataleando y dando brazadas intentando remar a la contra, resistiéndonos y queriendo llevar nuestro propio rumbo. A veces, bien por esas brazadas o por puro azar, acabamos en orillas que nos apetecen, donde disfrutamos del sol, del aire fresco, donde correr libres; otras veces lo intentamos en vano, golpeándonos con las rocas del fondo que nos laceran y nos abren heridas; un viaje lleno de cambios de ritmo, de sensaciones encontradas, que irremediablemente nos hará desembocar en el mar donde quizá encontrar nuestro remanso de paz.
Pablo Cano Sales a la cabeza de SieTeatro Producciones es quien retrata este viaje río abajo con “La Necesidad del Náufrago”, componiendo y dirigiendo este conjunto de recuerdos, de situaciones, aparentemente inconexas que conforman una cadena infinita de “Necesidades”, las que podría tener cualquiera de nosotros.
Esta comedia con tintes dramáticos, como la propia compañía la define, nos abre las puertas a diferentes situaciones que viajan desde la más común de las realidades hasta rozar dimensiones paralelas llenas de surrealismo. Premisa interesante que parte desde un lugar atractivo, pero que se tropieza con un final irregular.
Hay que destacar una estupenda puesta en escena en la que doce sillas juegan a transformar el espacio en 16 escenas con identidad propia que van mutando según lo requiere la situación. Pablo nos lleva de la mano, junto a los cuatro actores: Javier Prieto, Víctor Nacarino, Diego Cabarcos y Carmen Valverde, por todas ellas como quien muestra diferentes cuadros de tonalidades variopintas. Una estupenda labor que muestra la versatilidad de su autor a la hora de desarrollar situaciones y de sus cuatro actores para saltar de registro a golpe de efecto de luz. Cuando ellos se divierten, nosotros lo hacemos más aún. Si bien todos están correctos, dando rienda suelta a cuanto recurso tienen guardado en la chistera para dar cuerpo a ese aluvión de personajes que tienen que encarnar, quiero destacar el trabajo tanto de Víctor Nacarino como de Diego Cabarcos que logran llegar sin importar el registro que les toque en suerte con una sencillez que disfruté con mucho gusto.
Una propuesta que entretiene, que divierte, con muy buenas ideas, pero que me dejó con la duda de saber hacia dónde me quisieron llevar. No logré encontrar un nexo de unión con el que poder rematar el conjunto de historias que se plantean y que por otra parte, como cuadros individuales, funcionan perfectamente. Quizá no hubiera intención alguna de unirlas, tan solo el placer de plasmarlas en escena, pero como espectador yo sí sentí esa «Necesidad» a la que se apela para lograr rematar el espectáculo, o al menos comprender el «por qué».
Título: La Necesidad del Náufrago Autor/Director: Pablo Cano Sales Elenco:Javier Prieto, Víctor Nacarino, Diego Cabarcos y Carmen ValverdeEscenografía y Vestuario: Tania Tajadura Iluminación: Antonio CabreraEspacio Sonoro y Música Original: Eusebio López Lugar: El Umbral de Primavera
Todos cuando comenzamos nuestra andadura estamos desorientados y damos palos de ciego, esto es extrapolable a cualquier ámbito de la vida, pero refiriéndonos al ámbito teatral: Si en un momento dado alguien, en este caso José Martret acompañado de Raquel Pérez y Luis Luque, que ya tienen un bagaje, se prestan voluntarios para allanar el camino de los que comienzan, es más que de agradecer. Tanto para el artista “apadrinado” como para los espectadores que tenemos la ocasión de descubrir talentos emergentes.
Es maravilloso sentir que en este mundo tan lleno de egos desmedidos se pueden encontrar remansos de generosidad. Saber que hay manos tendidas al servicio de las generaciones venideras.
En esas está Ruth Rubio, una de las participantes en el ciclo «Nuevos Directores de Escena», quien ante la posibilidad de poder poner en escena un montaje con el que hacer su carta de presentación, ha optado por apostar fuerte, recuperando y adaptando un grande de nuestra escena como es Buero Vallejo. Un autor que no es muy representado en nuestros escenarios (¡una lástima!) y que, sin embargo, Ruth ha decidido sacudirle el polvo y volver a ponerlo en la órbita teatral, adaptándolo a los tiempos y al espacio que exige La Pensión de las Pulgas.
“La Fundación” es un texto que surca, con vuelo raso, los límites de la cordura. Que nos habla de la capacidad que tiene la mente humana para romper con todo aquello que nos perturba y crear un nuevo estado en el que sentirnos reconfortados y libres de toda culpa. Un mundo ideal con fisuras por las que el olor putrefacto de la realidad se cuela irremediablemente, reteniéndonos y obligándonos a afrontar ese destino que nos espera y que no hace concesiones. Una realidad donde la bondad y la crueldad se dan la mano y no tienen porqué ser partes enfrentadas, pero sí decisivas en nuestras acciones y determinante para nuestra supervivencia.
Tras ver la función se me vino a la mente un pensamiento: Que «La Fundación», tal y como la ha ideado Ruth, aún sigue muy vigente. Es un claro reflejo de nuestro estilo de vida, donde la realidad nos golpea con tanta contundencia que preferimos crear una burbuja donde refugiarnos de todos esos olores nauseabundos que nos llegan desde el exterior y a los que quitamos importancia autoengañándonos con falsos bálsamos, a pesar de saber que tarde o temprano deberemos enfrentarnos a ese putrefacción y esa realidad que nos hiere y en la que debemos sobrevivir ¿Quizá interesados? ¿Excesivamente cobardes? ¿Algo estrategas? Eso cada espectador que lo juzgue cuando la vea.
«La Fundación» está repleta de nombres de peso en el circuito Off y grandes conocidos de Porteras y Pulgas: Abel Zamora, Juan Caballero, Javier Mejía, Julio Vélez, Noemí Rodríguez y Fran Boira juegan, algunos con más acierto que otros -¡Ojo! No olvidemos que están comenzando a caminar- a favor de la propuesta de su directora. No podía ser de otra manera, pues para llevar a buen puerto este montaje y lograr ese ambiente opresor e inquietante con solvencia, se necesita de profesionales curtidos en las distancias cortas, que supieran dibujar las acciones y reacciones de sus personajes con credibilidad, dibujando con pincel de trazo fino y lograr que, con el permiso de Don Antonio, una mirada de soslayo o una respiración puedan llegar a decir más que una línea de diálogo.
«La Fundación» es el primer, y valiente, paso de su directora Ruth Rubio, quien ya pisa con rotundidad el camino por el que quiere transitar.
¡Nos va a encantar acompañarla!
Título: La Fundación Autor: Antonio Buero Vallejo Adaptación/Dirección: Ruth Rubio Elenco: Abel Zamora, Juan Caballero, Javier Mejía, Julio Vélez, Noemí Rodríguez y Fran Boira Escenografía y Vestuario: Pier Paolo Álvaro y Roger PortalLugar: La Pensión de las Pulgas
Todos ansiamos ser «algo más». Que nuestro paso por la vida deje una impronta en la historia de la humanidad.
Foto Jael Levi
Se nos ha educado de tal manera que no concebimos que la vida pueda ser esto y ya está, que seamos seres anónimos que no tienen que brillar y deslumbrar, sino «ser», sin más. Pero no es que no lo concibamos para nosotros, es que no lo hacemos ni si quiera para que nuestros hijos, sobrinos -Aquellos que nos preceden- tengan una vida barnizada de sencillez y ansiamos, porque decir que «deseamos» es maquillarlo de buenos sentimientos cuando todo esto va más de egoísmo encubierto, que sean todo eso que nosotros no hemos podido ser: Ese descubridor, ese líder o ese artista. Al final lo que sucede es que vivimos para convertir nuestros sueños frustrados en los planes de vida de otros a los cuales seguramente no les hayamos dado ocasión ni de poder planteárselo. Y «Entre tu deseo y el mío» va de eso, de la carga insoportable en la que se convierten nuestros sueños incumplidos para quienes no los soñaron.
María ya no puede más y decide acabar con su vida a golpe de pastilla; mientras ingiere una a una las píldoras que darán alivio a su tormento, rememora su paso por la vida: Reflejos desafinados del sueño frustrado de una madre que es incapaz de ver más allá del plan de futuro diseñado para su hija.
«Entre tu deseo y el mío», texto escrito por Juan Diego Botto, es un traje a medida para su hermana María Botto, para ella por el reto interpretativo que le supone y para nosotros para que podamos descubrir una maravillosa composición que muestra segundo a segundo durante toda la función. Un personaje que indudablemente lleva cosido a su piel. Esa forma de lograr subir a lo más alto para tocar la inocencia y la luz, y acto seguido lanzarse en picado hacia el más oscuro de los abatimientos y escupir la rabia en forma de incómoda ironía, emociona y sobrecoge. Y esa voz en la que le caben Judy Garland y Janis Joplin sin que se den de tortas ¡Tan opuestas y, sin embargo, tan iguales! Un sutil resumen de lo que es esta función.
Foto Jael Levi
Pero no solo está ella, bajo la batuta de Cristina Rota se encuentra Carmen Balagué, que es un fantástico contrapunto como esa madre defraudada por la vida que lleva clavados en el alma los pedacitos de un espejo de deseos quebrados en los que pretende que su hija se refleje, sin reparar que las aristas filosas que le sobresalen de esas heridas con las que ha aprendido a vivir, desgarrarán las alas de una hija que ni si quiera ha tenido ocasión de aprender a volar por si misma.
Ellas dos no están solas en escena, también está Mateu Bosch al cual le toca bailar, a mi forma de ver, con la más fea y defender un tramo de función que es totalmente prescindible.
«Entre tu deseo y el mío» nos engancha desde el comienzo con ese doloroso y catártico «Over The Rainbow» que abre las puertas hacia este viaje por el boulevard de los sueños rotos de dos mujeres intoxicadas de desesperación y frustración que no nos son en absoluto lejanas. Víctimas de una sociedad que nos vende que, para que sintamos que nuestra vida haya merecido ser vivida, debemos inmolarnos a golpe de éxito ante los demás.
Título: Entre tu deseo y el mío. Texto: Juan Diego Botto. Dirección: Cristina Rota. Elenco: María Botto, Carmen Balagué y Mateu Bosch. Iluminación: Cristina Rota y Jesús Díaz Cortés. Escenografía: Mónica Boromello y Alessio Meloni. Proyecciones: Mónica Duce. Asesor de voz: Íñigo Asiain. Lugar: Sala Mirador
Los que me leéis un poco más de seguido sabéis que no soy muy dado a entregarme a los espectáculos cabareteros y de variedades -¡Qué le voy a hacer si he nacido así de intenso!- pero como aparte de intenso he nacido curioso, este sábado pasado me sacudí esas «intensidades» de encima y me entregué a NOC en el Nuevo Teatro Alcalá.
Un espectáculo que lleva tres temporadas de éxito en el Off madrileño no puede dejarse escapar por prejuicios, además, a nadie le viene mal aflojarse un poco el corsé y entregarse sin preocupación al buen rollo, al colorido y a la excentricidad.
NOC es un show ideado y dirigido por David Quintana donde se dan lugar los números musicales en directo, los sketches de fonomímica, las acrobacias, las coreografías y el gusto por el cabaret, que logran engancharnos a la despreocupación y la diversión durante 90 minutos.
El ambiente nada más entrar, topándote con las candilejas, las mesitas, la ambientación ya te predispone a lo que te vas a encontrar. Fantástica escenografía de Alessio Meloni que tiene la capacidad de situarnos al mismo tiempo delante y detrás del escenario para que seamos testigos de la vida de sus protagonistas entre bambalinas y en escena, y que engrandece el contenido de esta propuesta.
El ritmo que David Quintana ha dado a NOC es trepidante y sorprendente, los números se van sucediendo uno tras otro sin dar respiro, manteniendo la sonrisa del público en un constante hasta los saludos finales. Y es que la compañía realiza un trabajo fabuloso. Si he de poner un «pero» sería el exceso de números de fonomímica en detrimento del resto de disciplinas, pero bueno, es el sello y origen de su creador en Los Quintana y es lógico que estén tan presentes.
Sorprenden los números individuales, sobretodo en un espacio tan reducido, donde disfrutamos del talento de prácticamente todos ellos.
La maestra de ceremonias o mejor dicho: la Reina Bataclana, una fantástica Isabel Dimas, demostró a pesar del problema con ese micro rebelde, la calidez, el buen humor y la cercanía con la que trabaja, y sobretodo y por encima de todo la estupenda voz con la que nos deleita a lo largo del espectáculo; invitación más que suficiente para dejarnos atrapar entre brillos de lentejuelas, pelucones y comedia.
José Cobrana es luz y humor, está sencillamente para comérselo. David Vento y su aro nos dejaron boquiabiertos, Sergio Franco es pura energía a golpe de tacón que acompañado de Elsa Cabo Ambros -¡Numerazo de claqué!- y Nataliya Andrukhnenko se marcan unas estupendas coreografías, unas divertidas, otras sensuales, siempre efectivas.
Un híbrido entre el cabaret, la revista, el vodevil, con reminiscencias a los clubs de ambiente de finales del Siglo XX, mezclado con el music-hall americano y la varieté, que sin más pretensiones que las de divertir y entretener con elegancia, dan un sabor a las noches de Madrid que amenazaba con extinguirse y que gracias a espectáculos como NOC se recupera y se reaviva.
Es un placer salir del teatro con el corazón contento.
Titulo: NOC – Un Auténtico Vodevil Autor/Dirección: David Quintana Elenco: Isabel Dimas, Jose Cobrana, Sergio Franco, David Vento, Elsa Cabo Ambros y Nataliya Andrukhnenko Escenografía: Alessio Meloni Vestuario: Los Quintana Lugar: Nuevo Teatro Alcalá.
Cuando hablamos de la corriente Off de nuestro teatro es obligatorio hacer referencia al teatro Off argentino, a cómo surgió «allá» y cómo hemos bebido de él para dar forma a lo que hoy vivimos por aquí, pero pocas han sido las ocasiones que hemos podido vivirlo en primera persona.
Ahora La Pensión de las Pulgas nos trae, por tiempo limitadísimo, «Mis Cosas Preferidas», escrito y dirigido por Macarena García Lenzi e interpretada por Valeria Giorcelli; una pieza venida directamente de Buenos Aires con la que podemos comprobar cómo se las gastan en la escena Off Porteña.
Para la ocasión nos traen, como ellas mismas lo definen: «Una pieza para cuatro personajes con uno solo en escena». Donde conoceremos a Brenda, una mujer que prepara el reencuentro con sus tres mejores amigas de juventud. Vivimos con ella la ansiedad y los preparativos del momento, la llegada de cada una de sus amigas, la relación que las une, el repaso de aquellos ¿maravillosos? años y cómo este reencuentro nos va desvelando los aspectos más íntimos de la amistad, el porqué del distanciamiento y la situación actual.
Cuando nos encontramos con «Mis Cosas Preferidas» no sabemos muy bien en qué terreno nos movemos y eso es lo que la hace tan interesante; genera en nosotros las ganas de adentrarnos en el mundo de Brenda y descubrir hacia dónde nos dirige. Ella tiene un look un poco a lo «¿Qué Fue de Baby Jane?» y aunque es un ser lleno de pura emoción, nos inquietan sus maneras excesivas. La sabemos una mujer adulta, pero a la vez nos da la sensación de estar con una niña en su cuarto mientras se divierte con sus amigas imaginarias a tomar el té, cosa que descoloca y despierta toda nuestra curiosidad.
El texto juega a desvelarnos el sentido de la historia a golpe de conversación. Sí, sí, como digo, la actriz está sola en escena, pero aun así logra con su interpretación que el monólogo no sea tal y que veamos y oigamos a cada una de sus amigas sin ningún tipo de problema. Conversaciones a veces banales, a veces corrosivas, que mientras se deslizan por los recuerdos y las bromas de antaño, toma una dirección muy clara, aunque un tanto predecible, cosa que no resta un ápice de interés a lo que estamos presenciando porque la forma de presentarlo es un verdadera filigrana escénica, para desvelarnos el auténtico lugar en el que nos hallamos.
Lo que Valeria Giorcelli nos presenta es un ejercicio de interpretación absolutamente sobresaliente. La forma en la que se mueve, cómo expresa intenciones, los gestos y miradas que pueblan la función, son de una precisión tan milimétrica que uno se descubre a si mismo mirando a las interlocutoras de Brenda sin cuestionarse que realmente no están allí, porque llega un punto de la función que incluso casi puedes asegurar que las puedes escuchar.
El viaje que se marca la actriz bajo la batuta de Macarena García Lenzi es bestial, puro delirio actoral; la agilidad con la que se dirige a sus amigas, cómo las mira, cómo atiende a cuanto le dicen, cómo reacciona, es una auténtica virguería… ¡y que parezca tan fácil!
Creo que hay que ser un poco niño y un poco loco -Creo que esta es una buena definición para referirse a los buenos actores- para llegar al resultado con el que esta actriz nos obsequia.
No quiero desvelar demasiado para no romper la ilusión que guarda la función, pero el viaje en el que nos embarcamos con «Mis Cosas Preferidas» tiene mucha más miga de la que uno espera. Un trufa de chocolate rellena de sorpresiva hiel que debéis probar raudos y veloces porque en breve se esfumará –¡pena penita pena!– de nuestra cartelera.
Título: Mis Cosas Preferidas Autora: Macarena García Lenzi Elenco: Valeria Giorcelli Escenografía e Iluminación: Fabián Harsanyi Vestuario: Laura Ohman Dirección: Macareba García Lenzi Lugar: La Pensión de las Pulgas.
Mary quiere abrir un centro suicida, un lugar donde la gente acuda a morir de la manera que más le plazca, un espacio donde se respete la decisión de dejar de existir, sin juicios ni prejuicios. Esa es la premisa desde la que parte “La Piel”, la nueva propuesta teatral de Teresa Rivera y Valeria Alonso que tras “La Sole” se lanzan de cabeza para ofrecernos una nueva experiencia sensorial; lo califico así porque decir que lo que hacen ellas es teatro acotaría injustamente lo que nos ofrecen. Apuestan por tener al espectador entregado, con las emociones a flor de piel (nunca mejor dicho) y conseguir que se una a este viaje que explora el tránsito hacia la muerte.
Sería fácil optar por lo tétrico y lo melodramático, por hacer de “La Piel” un discurso, incluso por todo lo contrario, por intentar arrojar una luminosidad artificial. Sin embargo, las emociones fluyen solas y adoptan una gama de intensidades que calan sin ser forzadas. En “La Piel”, hay humor, emoción, sencillez, nostalgia, amor y mucha acidez e ironía.
Me fascina el poder que tiene Teresa Rivera para transitar entre lo poético y lo macarra. Para transportarnos gracias a esa estupenda puesta en escena -A destacar la maravillosa iluminación de The Blue Stage Family y el vestuario de Elisa Sanz que consigue mantener la esencia y la personalidad de esta artista- A todos aquellos lugares por los que ella quiera hacernos transitar. A mí con ella me pasa como cuando éramos pequeños, que jugabamos con cuatro palos dos trozos de plástico y una lata a creer que estabamos viajando en una nave espacial y con el solo hecho de querer, creíamos. Pues ella posee ese poder de convicción. Ella dice que estamos en un centro suicida y tú lo ves posible, ella te dice que es Tina Turner y tú ni lo dudas… Ella quiere y nosotros accedemos a regalarle nuestra imaginación y eso es porque percibimos esa generosidad desde el otro lado. Hace de su propuesta un lugar en el que nos apetece estar. Sale a escena y sabes que se va a entregar en cuerpo y alma a su propuesta, y esto que suena a topicazo no lo es en este caso, ojalá todos salieran con el arrojo con el que ella se lanza al escenario… y claro, ¡cómo no corresponder!
Foto Jean Pierre Ledos
“La Piel” es una caricia y un pellizco. Es un beso, es sexo, una dentellada y un recuerdo. Esta función está cargada de una belleza y una dureza tan cercana e inevitable que es imposible no identificarse en este imaginario por el que Teresa nos pasea. Dentro de “La Piel” hay instantes que se te clavan muy adentro: Ella comiendo la manzana recordando a su padre mientras escucha las sevillanas, o el momento en el que muda la piel, dejando la bata de cola para transformarse en lo que siempre ha querido y que nosotros, más que verlo, lo percibimos. Momentos realmente potentes: Ese comienzo en plan dominatrix o el éxtasis final con ese “Proud Mary” que es un auténtico delirio.
Hay artistas que no se conforman con lo fácil, con lo efectivo. Hay artistas a los que les gusta regalar riesgo, ofrecer concepciones diferentes para desarrollar una idea y se agradece tanto…
Título: La Piel Dramaturgia/Dirección: Valeria Alonso Idea/Interpretación: Teresa Rivera Vestuario/Escenografía: Elisa Sanz Iluminación: The Blue Stage Family Lugar: Nave 73
Los pequeños acontecimientos hacen de nuestra vida algo extraordinario. La vida está llena de situaciones que hacen que nos encaminemos hacia nuestro destino, por muy increíble que este pueda resultar a ojos de los demás. Veamos: A algunas personas nos pasan “cosas”, a otros les ocurren muchas más cosas que al resto; las circunstancias, las decisiones, las casualidades o el destino se ceban con unos más que con otros, y luego está lo que le sucede a Eva Eisenberg…
En “Dios Contra Eva Eisenberg” somos testigos de la negativa de Eva a vivir prisionera. Ella huye de cuanto la hace sentir atada, y a modo de presentación y a golpe de recuerdo nos invita a conocer su camino en busca de la luz y de esa libertad que tanto ansía. Un camino lleno de reveses que cualquiera diría que estuviera escrita por un tal Charles Dickens. La familia, las parejas, la vida en toda la extensión de su significado provocan que Eva se convierta en un ser que intenta escapar y los cúmulos de desgracias y desengaños acaban por llevarla por unos derroteros que al común de los mortales nos harían exclamar un “¡Venga ya!” lleno de incredulidad, pero que después de meditarlo nos plantea un “¿Y por qué no?”
¿Dónde está el límite de lo que puede y no sucedernos mientras emprendemos una huida hacia adelante? ¿Qué pasaría si retásemos a duelo al destino y quisiéramos romper definitivamente con todo eso que nos genera tanta insatisfacción y que nos anula?
Los chicos de LaCanoa Teatro se marcharon a vivir su particular aventura londinense como continuidad tras el éxito de “Tape”, su primer montaje como compañía, y en plena aventura surgió la oportunidad de que Jano Sanvicente se lanzara a dirigir a su compañera Yolanda Vega con esta pieza, “Dios Contra Eva Eisenberg”, escrita por SaúlF. Blanco y que la Compañía LaCanoa ha querido poner escena. Un monólogo con aromas de thriller introspectivo que resulta ser un auténtico tour de force para su actriz, que se planta ante nosotros durante dos horas mirándonos a los ojos, mientras desciende a los infiernos por los que Eva camina mientras se busca a sí misma.
Un texto que sorprende, que nos lleva por caminos que para nada esperamos cuando entramos en la sala, que se nos va desvelando poco a poco, como un acertijo y que acaba resultando una broma bastante macabra.
Quizá con una revisión del texto y un poco de tijera jugarían a favor del ritmo y de la propia historia, encontrando su verdadero lugar. Hay cierta sensación como si se quisieran contar demasiadas cosas para llegar al objetivo principal, demasiados rodeos que distraen y no aportan, haciendo que la historia quede en un terreno un tanto desigual.
Yolanda Vega hace un trabajo de absoluta entrega, enfatizando y mejorando aquellos espacios donde el propio texto no llega, se nota que ella y su director creen a pies juntillas en este montaje, y la apuesta así lo demuestra. El trabajo interpretativo es delicado, divertido en ocasiones, y logra que nos deslicemos junto a ella hacia un lugar mucho más amargo, allí donde el alma de Eva Eisenberg realmente transita. La insatisfacción, la búsqueda de la propia identidad, de colocar las cosas en el verdadero lugar que corresponde y lograr, a pesar de los demás, hallarnos a nosotros mismos, por mucho que Dios se empeñe en lo contrario y jodernos la existencia.
Bravo por las compañías que apuestan y arriesgan realizando trabajos que no se conforman con la condescendencia del público, si no que buscan mostrar su propia identidad y aquello en lo que verdaderamente creen.
Titulo:Dios Contra Eva EisenbergAutor:Saúl F. BlancoElenco:Yolanda Vega Director:Jano SanvicenteVestuario:Rosa LafuenteEscenografía:Jano SanvicenteIluminación:Dimitris TheocharoudisMúsica:Juan Luis Madrigal Lugar:El Umbral de Primavera
El Teatro Español abre temporada con esta producción de “El Burlador de Sevilla” dirigida por Darío Facal, desmontando esquemas y dando pistas de por dónde van a ir los tiros de su programación. Personalmente me parece maravilloso el espíritu renovador con el que se han lanzado a romper con el encorsetamiento del Teatro Español y dejar de llevar los montajes más radicales, hablando de propuesta, al Matadero y los más convencionales al Español; hay que hacer que el público se mueva y descubra que el Teatro Español no sólo es un espacio escénico, si no una filosofía actualizada de por dónde debe seguir desarrollándose el teatro. Esperemos que no solo sea pintar de colorines las polillas que se lo estaban comiendo.
Foto Sergio Parra
Tengo cierto apego a “El Burlador de Sevilla”, hace ya un puñado de años tuve la fabulosa oportunidad de poder hurgar en sus entrañas y conocer lo fogoso y bello de sus versos en primera persona, sabiendo que chorrean deseo y sexualidad por los cuatro costados, así que tener la ocasión de ver ahora una nueva puesta en escena que promete ser transgresora y mostrar la verdadera naturaleza del Burlador me apetecía especialmente. Las ganas y la curiosidad no faltaban.
El Burlador es un ser temerario, que no siente respeto por nada ni por nadie y que se mueve a golpe de entrepierna. Buscando retos e intentando el “más difícil todavía” con cada una de sus conquistas. Es un depredador con un hambre voraz que se lanza sobre sus víctimas con ansias de poseerlas, y a la vez caprichoso como un niño que lo quiere todo y, una vez conseguido, no le interesa nada.
Don Juan no es ese hombre que encandila y hace el amor, es ese “empotrador” con el que tod@s fantasean y al que ansían entregarse… sin reparar en las consecuencias. Un tipo de verbo fácil y bragueta floja. Es todo lo que nos pone cachondos y no nos atrevemos a confesar. Visto así, es lógico que nos lo muestren con la carnalidad y el sexo a flor de piel, todo un acierto.
“El Burlador de Sevilla” que nos encontramos en esta ocasión comienza echando toda la carne en el asador, diciéndole al público directamente a la cara lo que va a encontrarse, con arrojo y desvergüenza, sin dejarse nada en la recamara, pero que poco a poco se ahoga en su ansia de parecer, más que ser, transgresor.
Foto Sergio Parra
Quizá el público de mirada más “clásica” pueda removerse incómodo en su butaca, pero quien ha escarbado un poquito más a fondo, todo lo que ve en “El Burlador de Sevilla” es cierto que le sonará a teatro transgresor… pero de otro tiempo. Yo lo veo como es una especie de gamberrada para que los de más rancio opinar se lleven las manos a la cabeza al escuchar los versos de Tirso de Molina a la vez que ven tetas, pollas y guitarras eléctricas. ¡Desde cuándo esto en el Teatro Español!
Tiene un comienzo prometedor, arriesgado, contundente. Valientes Alex García y Marta Nieto rompiendo el hielo de esa manera, que se fastidia en el momento que vemos que hablarán durante toda la función por micrófonos ¡con cable! ¿Por qué? Supongo que tendrá su motivo, yo no lo vi. Es molesto para el espectador, imposible que nadie crea nada, y complicado de trabajar para el actor, además de impedir la correcta comprensión del verso; si alguien no vocaliza, cosa que sucede con más de un@, y le das un micro, lo único que consigues es que el farfullar se oiga más alto, pero no lo mejora.
Me da tristeza escuchar parlamentos tan bellos como el monólogo de Tisbea convertido en una cantinela repetitiva y sin intención, pena de Manuela Vellés.
¿Y por qué se pasa de corrido una escena como la muerte del Comendador? Eduardo Velasco es un fantástico Comendador y robarle un momento como ese por adornarlo de supuesto efectismo es injusto.
De las cosas que salvo del montaje, sería curiosamente con Manuela Vellés, la escena más bella del montaje, por su verdad y complicidad, que al fin traspasa al público, es la que comparten Tisbea y La Duquesa Isabela a su llegada a España. Un disfrute.
Algunos momentos que alcanzan una plasticidad hermosísima, como cuando todos los personajes están iluminados por cerillas, y las mujeres seducidas por Don Juan bailan el verso, o la trenza de Ana de Ulloa y el instante que la rodea (¡Gracias, Pablo!), lástima que no tengan una continuidad a través de toda la puesta en escena.
También me quedo con la condena de Don Juan, ese final resulta poderoso, aunque acabe sucio con el empeño de escandalizar tontamente mezclando carnalidad con parafernalia eclesiástica del atrezzo.
Foto Sergio Parra
O esos guiños a la filosofía de morir joven y dejar un bonito cadáver, al que el director hace mención en el programa de mano. En uno de los números musicales se puede intuir, creo que de boca de Agus Ruiz, ¡maravilloso Catalinón!, un fragmento de The End de The Doors: «The blue bus is calling us»…
Perlas que me dediqué a rebuscar entre proyecciones facilonas, momentos musicales excesivamente largos e insustanciales, a excepción del de la boda, o ese batiburrillo de actores que hacen tan desigual el resultado final.
Podría haber sido un montaje de los que dan qué hablar por mucho tiempo, el camino estaba, pero finalmente ha resultado un gatillazo, no de Don Juan que Tirso de Molina, si es que fue él, ya se ocupó de darle el lugar que se merece, si no de su director que se mira a si mismo entre efectismo y pierde por el camino el trabajo de una compañía que podría habernos dejado boquiabiertos con este montaje.
Pero animo a todo el mundo a que vaya y juzgue, es interesante la intentona por abrir la puerta a otros espectáculos en el Teatro Español. Aplaudo la idea.
Por cierto, mensaje para las señoronas de peluquería y visón que van invitadas, sus móviles también tienen que apagarse al comienzo de la función, gracias.
Título:El Burlador de Sevilla Autor: Tirso de Molina Director: Darío Facal Elenco:Alex García, Agus Ruíz, Marta Nieto, Emilio Gavira, Eduardo Velasco, Luis Hostalot, Rebeca Sala, Rafa Delgado, Manuela Vellés, David Ordinas, Alejandro Onieva, Diego Toucedo y Judith Diakhate Lugar: Teatro EspañolEspacio Sonoro: Álvaro Delgado Vestuario: Ana López Cobos Iluminación: Manolo Ramirez Espacio Escénico: Thomas Schultz
Hace una semana pude asistir al estreno de «El Arquitecto y El Emperador de Asiria», un texto de Fernando Arrabal que a penas si se ha podido ver sobre los escenarios españoles y que recorre de cabo a rabo gran parte de las filias y fobias de este autor. Un texto que nos habla de lo que uno es y lo que anhela ser, de cómo uno dentro de su propio deseo o ambición cae siempre en las mismas trampas, en los mismos miedos y traumas, repitiendo una y otra vez los mismos aciertos y los mismos errores, como si el destino no fuera a ser nunca, si no que se tratara de una búsqueda continua en la que nos hayamos atrapados.
Foto Carlos Furman
Una nueva ocasión, tras «Pingüinas», que el Teatro Español con Juan Carlos Pérez de la Fuente al frente de su Dirección Artística, nos propone adentremos en el universo de este dramaturgo, en el que o entras de cabeza o quedas fuera sin miramientos. Y yo, sinceramente, me quedo fuera. Es cierto que su lirismo tiene mucho de fascinante, que su humor es gamberro y juguetón, que está lleno de impertinencias que me divierten, que sus reflexiones son punzantes y calan, que sus salidas de tono son sorprendentes más allá de cuánto tiempo haya pasado desde que se escribieron, pero nunca llego a engancharme, se me escapa, yéndose lejos y perdiéndose en el horizonte del intelecto. Para mi ver una función de Arrabal es como quedar para correr con un corredor profesional e intentar seguirle el ritmo, los primeros metros lo hago encantado, incluso me parece fácil, pero enseguida me quedo sin fuerzas -falta de entrenamiento, supongo- y veo como se aleja cada vez más y más lejos; acelero el paso para no perderle de vista, pero llega un momento que me falta el resuello y dejo de correr, exhausto, rendido y aburrido de intentar alcanzarlo, sabiendo que es imposible y dándome por vencido. Pues lo mismo me pasa con Arrabal, yo lo intento, creo que es un autor con el que hay que esforzarse y eso me gusta porque no quiero que me den todo masticado, pero su complejidad acaba por extenuarme y termino por tirar la toalla…
Foto Carlos Furman
Hace mucho tiempo que entendí que por mucho que me guste el teatro, no todo el teatro me puede gustar, pero no por ello voy a dejar de verlo y valorarlo, y lo que en esta función hacen Fernando Albizu y Alberto Jiménez es digno de aplaudir con admiración. Ya lo dije por las redes sociales, son dos bestias pardas de la escena, y aquí lo dejan bien claro.
El montaje que propone la directora argentina Corinna Fiorillo es un delirio que pone a prueba a sus dos intérpretes, haciéndoles correr, bailar, cantar, chillar, enseñar el culo, hacerse y deshacerse, insinuarse, adorarse y devorarse, ser uno y después otro, o ser los dos uno, depende dónde, cómo y cuándo, y todo ello en a penas 70 minutos de función. Sin embargo es tal la locura en escena que todo acaba pareciendo un batiburrillo desquiciante que no deja entrar en la propuesta, como querer alcanzar con los dedos algo a través de las aspas de un ventilador…
A mí me resultó imposible.
Título: El Arquitecto y El Emperador de AsiriaAutor: Fernando ArrabalLugar: Naves del Español-Matadero (Sala Max Aub) Elenco: Fernando Albizu y Alberto Jiménez Iluminación: Soledad Ianni Vestuario: Gabriela A. Fernández Escenografía: Norberto Laino Música y Espacio Sonoro: Rony Keselman Dirección: Corinna Fiorillo
¿Por qué la gente se extraña cuando digo que voy a ver varias veces los mismos montajes? Si puedo ver mi película favorita hasta el hartazgo, lo mismo puedo hacer en teatro, ¿no?; siempre y cuando su permanencia en cartel me lo permita, claro, o que suceda como con Cliff, que resurja inesperadamente y nos dé la oportunidad de volvernos a encontrar al borde de este Acantilado creado por Alberto Conejero.
Ya hablé en su momento de esta función cuando se representó en La Pensión de las Pulgas, a comienzos de la temporada pasada y antes del torbellino de éxitos en el que se ha convertido el nombre de su autor ¡Nos sobran los motivos! Pero lo que nos encontramos ahora, aunque el equipo prácticamente sea el mismo, no se parece a lo que ya vivimos. Aquella semilla ha germinado y ha dado los frutos que ahora podemos saborear en Nave 73, motivo por el cual dedico una segunda crónica a este título.
La historia nos presenta al Montgomery Clift tras el accidente que le desfiguró la cara, un ser hecho añicos al que la esperanza se le escapa entre los dedos y la vida se le torna triste e irremediablemente en un fundido a negro.
Recuerdo cómo me enamoré de Cliff/Acantilado cuando lo leí, cuando aún no imaginaba que iba a verlo puesto en escena. Me enamoré de esa caída en picado que uno encuentra entre las palabas de Alberto Conejero. Hubo algo maravilloso en el acto de leerlo, como si esa poesía desgarradora que brota de su dolor se deslizara dentro de mi, atenazando mi garganta y espachurrando el corazón a golpe de imágenes, de conversaciones imaginadas, de un tristísimo erotismo, de fragmentos de canciones laceradas por la aguja del tocadiscos, de personajes invisibles que pisotean inconscientemente la esperanza, y que provocaron en mi un desconsuelo que no me abandonó en días, y una fascinación que aún perdura. Pues bien, todo eso lo he vuelto a recuperar gracias a la nueva puesta en escena que ha dirigido Alberto Velasco, que ha hecho que Cliff se sacudiera el realismo del que andaba preso en el anterior espacio y que limitaba su resultado, para sumergirse en su propia personalidad, la encarnación de algo tan intangible, tan íntimo y terrible, pero tan presente en todos, como es la soledad, plasmada de una forma fabulosa a través de la escenografía de Alessio Meloni, ¡una joya!, la atmósfera sonora de Mariano Marín y la iluminación de Luis Perdiguero, o el, ahora mucho más disfrutable, diseño audiovisual de Adriá Giralt, que le aportan la identidad que andaba buscando el montaje, y todo ello rematado por la interpretación de Carlos Lorenzo que ha crecido de manera exponencial, logrando desencorsetarse y sacar la esencia de un personaje lleno de matices, que danza cuerpo a cuerpo con el dolor, que nos destroza el alma a base de miradas suplicantes, mostrándonos la fragilidad de quien ya no puede más…
Una función llena de instantes, desde esos besos velados con los que comienza, el acertado sentido del humor que se desliza entre tanto desgarro, pasando por los fogonazos del encuentro con el desconocido o ese grito que se ahoga en el silencio, lugares comunes con la anterior puesta en escena y a la vez tan distintos, pero si tuviera que quedarme con un momento creo que sería el posterior a la entrega de los Oscars, absolutamente terrible ser testigo de ese instante de consciencia que da paso a la caída definitiva.
Una delicia de trabajo.
«¿Cómo puedo no ser Montgomery Clift?» es la frase que reverbera en nuestro interior cuando dejamos atrás la sala donde queda Monty, bailando en soledad, abandonado entre sus fantasmas. Qué terrible destino. Y nosotros nos marchamos permitiendo que su figura se diluya hasta convertirse tan solo en un eco desconsolado: «¿Cómo puedo no ser Montgomery Clift?»
Título: Cliff (Acantilado) Autor: Alberto Conejero Lugar: Nave 73 Elenco: Carlos Lorenzo Atmósfera Sonora: Mariano Marín Escenografía: Alessio Meloni Iluminación: Luis Perdiguero Audiovisuales: Adriá Giralt Dirección: Alberto Velasco