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El Pequeño Poni

Normalmente nuestros padres nos quieren, nos protegen -a su manera, pero lo hacen- de todos esos agentes externos que se nos cruzan por la vida y nos golpean con agresividad. Allí están ellos para intentar hacérnoslo más sencillo – a su manera, pero lo hacen-, para impedir que las piedras del camino se nos metan en los zapatos y, si se cuelan, ahí están ellos para ayudarnos a sacárnoslas de una buena sacudida. Lo malo es que a veces la piedra nos golpea precisamente con esa sacudida, porque las cosas hechas a «nuestra manera», con toda la buena fe, no es «La Manera», pero… ¿cuál es? ¿cuál es la forma correcta de hacer las cosas?

Paco Bezerra vuelve concartel-el-pequeno-poni «El Pequeño Poni» a colarse en las heridas de lo común y corriente -Allí donde las cosas suceden en crudo- y se entretiene en rascarle las costras, abriendo heridas y dejando que sangren, sin prisa, que se derramen a la vista de todos. Y ahí está Luis Luque -tanto monta monta tanto- que con su mirada llena de lirismo y amabilidad, parece que viene a curarnos y taponar la hemorragia provocada por Bezerra; erróneo pensamiento que se diluye en el instante en el que caemos en la cuenta de que, con la suavidad de sus manos, lo que anda haciendo es crear la belleza de cauces por los que dejar que fluya y conseguir que todo se empape de ese rojo escozor.

En el caso de «El Pequeño Poni» la hemorragia galopa a paso de caballitos de colores chillones y purpurina, aparentando ser más inofensiva y, en ocasiones, risueña, una manera cualquiera de engatusarnos para lograr que metamos la cabeza en ese saco de prejuicios, acoso y sobreprotección que es la historia de Luismi, Irene y Jaime. Una historia que nos invita a la reflexión sobre el tipo de sociedad que estamos creando entre todos, donde la libertad del individuo está supeditada a la aprobación de la mayoría y expuesta al escarnio irracional de los demás. Una mirada desde el lado adulto a una situación en la que se encuentran cada vez más niños y niñas: El acoso escolar. Un disección sobre la protección mal entendida, el miedo y la peligrosa incapacidad que tienen los adultos para volver a calzarse los zapatos de un niño. Una excusa perfecta para salir de la función con nuestra propia mochila cargada de cuestiones que plantearnos a nosotros mismos.

Toda esa contundente realidad que Bezerra rasga con sus diálogos, se complementa con el lirismo que respiramos gracias a la delicadeza de la puesta en escena de Luque y su equipo. Las paredes de ese hogar-bunquer que Mónica Boromello ha imaginado para dar cuerpo a «El Pequeño Poni», se descubre como un espacio confinado que acumula el drama de esta familia y que tan sólo logra liberarse- acertadísima videocreación de Álvaro Luna–  hacia el universo que se dibuja ante nosotros cuando las consecuencias son irreversibles. Constelaciones que nos señalan directamente a nuestros propios prejuicios y culpabilidades como un grito sordo.

Y por supuesto: María Adánez y Roberto Enríquez que ponen alma y carne a la lucha de estos padres que libran tan durísima batalla contra la hostilidad del mundo exterior y sus propias brechas internas. Gran trabajo en el que vuelvo a disfrutar de la solidez actoral de Roberto Enríquez, que se marca un maravilloso viaje emocional y una María Adánez a la que he descubierto, teatralmente hablando, de manera algo tardía – Desde «Insolación»– y de la que, sin duda, destaco y aplaudo ese momento catártico en el que su personaje, Irene, se rompe confesando la verdadera naturaleza de sus sentimientos con un monólogo donde el blanco y el negro explotan en un millón de tonalidades grises que desestabiliza la balanza en la que el público estaba posicionado hasta ese momento.

Quizá el comienzo de la función peca en exceso de diálogos que pretenden vendernos la imagen de una cotidianidad idealizada, como de anuncio, forzando en exceso la artificiosidad de la relación entre Irene y Jaime, pero en el momento que el conflicto se convierte en un hecho tangible, la función despega y centra su energía en Luismi, personaje invisible a nuestros ojos que es el verdadero eje de la historia.

Dadas las estúpidas circunstancias que por desgracia nos toca vivir en esta sociedad egoísta y temerosa de lo diferente, creo que «El Pequeño Poni» es un instrumento absolutamente necesario para subir a los escenarios, pero no a cualquier escenario, si no a un escenario «comercial» como es el Teatro Bellas Artes, donde el público habitual no está acostumbrado a que le lancen este tipo de cuestiones a sus regazos acomodados. Quizá despierte conciencias y consciencias, quizá toque sensibilidades inesperadas, quizá su exposición haga que niños como Michael Morones o Grayson Bruce, víctimas del bullying a los que va dedica esta función, o cualquier Luismi anónimo que nos esté chillando desde su silencio, logren evitar semejante infierno porque esta función haya podido abrir algunos ojos.

FICHA:

Autor: El Pequeño Poni Autor: Paco Bezerra Dirección: Luis Luque Elenco: María Adánez y Roberto Enríquez Escenografía: Mónica Boromello Iluminación: Juan Gómez-Cornejo Videoescena: Álvaro Luna Música: Luis Miguel Cobo Vestuario: Almudena Rodríguez

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Una Corona Para Claudia

Creo que para contar bien mi visión acerca de «Una Corona Para Claudia», lo mejor es remontarme unos meses atrás, cuando la vi por primera vez:

Todo comenzó en el Primer Certamen de Teatro organizado por Claudio Sierra y Ramón Quesada desde Arte4 Estudio de Actores, -Gracias por abrir una puerta a la creatividad de las compañías emergentes- Me llamaron para acudir como miembro del jurado de este primer certamen, ni qué decir tiene que me sentí felizmente honrado y bastante flipado: «¡¿Yo jurado teatral?!»; y como no sé resistirme a los caramelitos y me apunto a un bombardeo, acepté encantadísimo. ¡No sabéis con qué gusto lo disfruté! Fue un placer sentir las ganas y la energía que derrocharon las compañías participantes.

Entre estas compañías se encontraba una que para mi sorpresa se había lanzado a crear un musical de pequeño formato, y los que me conocéis ya os imagináis que con eso ya lograron captar toda mi atención. Me senté con mis ojos y oídos bien abiertos, dispuesto a que me contaran y descubrí una historia que respiraba a través de canciones originales, pero sin intensidades ni excesos musicaleros; me gustó que se olvidaran de monsergas y optaran por la sencillez, que quisieran contar una historia inspirada en aquello que les rodea, en el día a día que corresponde a su edad, inventando e interpretando personajes cercanos, identificables, que nos contaran de su propia realidad desde una visión desprejuiciada, a veces un poco tópica y naif, pero desde un lugar sin grandes pretensiones.

«Una Corona Para Claudia» podría ser la historia de cualquiera de nosotros, de cómo entramos y salimos de la vida de los demás y las transformamos, habla de cómo el amor y la amistad nos vuelven nuestros mundos del revés. Habla del apasionamiento, de saber saborear lo que nos rodea, de apreciar lo que la vida ofrece. Habla de una generación y, sin embargo, hace que los que andamos ya un poco lejos de ahí, nos sintamos parte de la foto porque nosotros también hemos estado en ese lugar. Una función optimista, gamberra y muy luminosa, que aborda su propio drama desde una sonrisa.

Iker Azkoitia, su autor y director, ha sido tremendamente inteligente al tejer la vida de sus personajes -tomándose en serio a sí mismo en su justa medida- confeccionándolos con trazos de realidad y lugares comunes, salpicando el dramatismo con ensoñaciones, referencias a nuestra actualidad y un humor juguetón y algo friki, que le aporta la sal de su propia personalidad; y todo esto rematado con canciones que suceden sin darnos cuenta, que cuando te marchas para casa sigues tarareando. Labor también de Ricky Fan de quien no hay que olvidarse.

Otra demostración de la inteligencia de Iker queda patente al ver el equipo del que se ha rodeado. El elenco es todo cariño y compromiso. Eva Ramos, Laura Ledesma, Jaime Riba y el propio Iker Azkoitia aportan tanta cercanía que no nos extrañaría que sus Claudia, Ifi, Pedro o Adrián pudieran pertenecer a cualquier instante de nuestros días. Es un verdadero placer poder ver actores que nos regalan verdad tanto cuando hablan como cuando cantan, algo no tan frecuente en los musicales, por mucho que me duela hacer esta afirmación.

Quizá la función se merece una producción un poco más cuidada, unos micros que hagan todo más sencillo y algún apunte de dirección que remate esos flecos que se quedan colgando, pero me reafirmo en algo que ya pensé cuando la vi dar sus primeros pasos y es que «Una Corona Para Claudia» es una función que lo tiene todo para ser un éxito teatral. ¡Ojalá esté en el camino!

FICHA:

Título: Una Corona Para Claudia Autor: Iker Azkoitia Música Original: Ricky Fan e Iker Azkoitia Elenco: Eva Ramos, Laura Ledesma, Jaime Riba, Ricky Fan, Iker Azkoitia y Juan Jesús Di Manuel Escenografía: Laura Costero Vestuario: Queguapa.com Espacio Sonoro: Daniel Lizana Dirección: Iker Azkoitia Lugar: Teatro Alfil

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Herederos del Ocaso

El Frinje dio pistoletazo de salida el pasado día 1 de julio y lo hizo con el nuevo proyecto del Club Caníbal, compañía que ya participó el año pasado para presentar la primera pieza de su trilogía Crónicas Ibéricas: «Desde Aquí Veo Sucia La Plaza»; en esta ocasión su propuesta lleva por título «Herederos del Ocaso», una función que se sube a los hombros de la picaresca española, agarrándola por las orejas y arreándola con el peculiar lenguaje con el que trabaja esta compañía.

Esta vez Los Caníbales han querido inspirarse en aquel momento en el que se descubrió que la selección paralímpica española de baloncesto ganó el oro sin llevar ni un solo discapacitado en el equipo. Punto de partida para que, a través del esperpento, el humor chungo y el costumbrismo más casposo, nos miremos a nosotros mismos entre carcajadas y vergüenza no siempre ajena.

La dirección de Chiqui Carabante rezuma sorna y acidez a raudales, invitándonos a este nuevo viaje por la España de pelo engominado, que se rasca los huevos en público y practica la filosofía de palillo en la boca. Cierto es que los ritmos aún están por ajustar, las escenas por rematar e incluso por recortar -Lo que vimos en el Frinje es la primera toma de contacto con el público- pero el espíritu crítico y la historia están ahí. Es curioso como la estructura de las piezas que hemos podido ver hasta ahora de esta trilogía se asemejan muchísimo, dándose situaciones en espacios similares,  fruto de una acertada escenografía multifuncional de Walter Arias, que se mueve entre despachos donde galopan los intereses velados y el «amiguismo» desenfrenado -¡Ay bendit@s secretari@s!- y hogares repletos de seres blancos, algo renegridos no nos engañemos, a punto de ser usados como moneda de cambio y daño colateral, para terminar en un espacio catártico que le da la vuelta a todo. Todo ello nuevamente acompañado en directo por la música y espacio sonoro creados por Pablo Peña. Y, sin embargo, cada pieza tiene su propia personalidad.

Juan Vinuesa, Font García y Vito Sanz son los dueños de este circo de tres pistas. Ellos chapotean gozosos entre el feísmo, la sordidez y el «chusquerío», poniéndose y sacándose los personajes a su antojo y con una solidez y solvencia sorprendentes, haciendo de este lenguaje que tan desagradable resulta a algunos y tan desternillante a otros, la inteligentísima manera de plantarnos frente a nosotros este espejo deformante que es «Herederos del Ocaso». Sí, es una comedia bruta que parece un elefante en una cacharrería y quizá le cueste centrarse para llegar al meollo, pero posee momentos tan sublimes como el juicio final o tan delirantes como la inauguración de los Juegos Paralímpicos.

Yo de momento me quedo con esta segunda parte, porque el regusto amargo que deja tras las risas la hace más interesante que su predecesora. Y creo que a nivel actoral está muy por encima.

«Herederos del Ocaso» es un retrato de esa España que se pasea entre Berlanga, Tricicle o el Señor Barragán, ¿raro? Si lo piensas, no tanto…

FICHA:

Título: Herederos del Ocaso Dirección: Chiqui Carabante Elenco: Juan Vinueso, Font García y Vito Sanz Música y Espacio Sonoro:  Pablo Peña Iluminación: Nerea Castresana Escenografía: Walter Arias Vestuario: Salvador Carabante Lugar: Naves del Matadero (Sala Max Aub)

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Pretérito Imperfecto

No sé si la vida es un puro cúmulo de circunstancias o un elaborado tejido de situaciones que suceden de una manera exacta y concreta que nos encamina hacia el Destino. Lo que sí es cierto es que las bifurcaciones con la vida de los demás y los cruces de existencias nos transforman, provocando que seamos (y vivamos) como somos.

Yo soy de los que piensa que el amor mueve el mundo… Bueno, lo mueve, lo zarandea, lo sacude y lo desestabiliza. Creo en su constante presencia a través de sus múltiples connotaciones, ya sean las más positivas o las más negativas, pero siempre está ahí.

Quizá por tener esta línea de pensamiento entré en «Pretérito Imperfecto» deslizándome suavemente, permitiendo a sus habitantes un momento de atención y empaticé con el dibujo de esas vidas que no existen más allá de un tiempo verbal determinado.

Cierto es que John Hamilton May plantea un argumento que quizá peca de simplista e incluso de excesivamente anecdótica y/o predecible, pero en su sencillez radica su peculiaridad. Quizá que la estructura de la función esté apoyada en los testimonios más que en las acciones, genere en ocasiones cierta frialdad para transmitir esos instantes en sus relaciones; sin embargo, hay encanto en la forma que tienen las historias, de cómo se van rozando a la misma vez que se distancian o todo lo contrario, de cómo su estado sentimentaloide nos evoca vivencias y, sobretodo, de cómo David Bueno -Quien se pone por primera vez al frente de la dirección- nos hace mirarlas y entenderlas, su forma de plantear ese paso a cuatro, entre sillas y destinos desestructurados, convirtiendo estas vidas en una travesía que descubrir con los ojos de la ternura.

La puesta en escena de David, junto a la música y la idea que Marta Cofrade tiene de cómo mirar un Pretérito Imperfecto, invitan a subirnos a este carrusel de destinos orbitantes que son la vidas de Gaby, Jaime, Manu y Olivia; cuatro vidas que no transcienden más allá de la tuya o de la mía, tan desapercibidas y tan corrientes que podríamos pensar que quizá ese Pretérito Imperfecto pudiera ser sin problema el presente simple que nosotros habitamos.

José Carlos Fernández, María Prendes, Ana Prieto y Andrés Requejo son quienes nos miran desde el amor de sus personajes, quienes lo miman, lo buscan, lo desgastan, lo pierden, quienes sencillamente lo viven y nos conquistan. Aún hay algunas zonas ásperas que tratar, algunos tropiezos, pero es que son inevitables. No me cabe duda que esto viene dado por la imposibilidad de una continuidad en las representaciones. Que cada semana haya que retomar desde el comienzo, genera un estado de salud muy delicado en las primeras funciones, eso lo sabemos todos. Aunque eso no resta un ápice de belleza a su trabajo a través del cual nos abren las puertas de sus historias de amor para que nos dejemos llevar.

Una función que aletea frente a nosotros, que nos evoca a lugares comunes y hace que miremos con el sentimiento de lo cercano, que sonriamos ante su sentido del humor afable, que posee la crudeza de lo posible y que en un instante se nos escapa.

Una dosis de amor que siempre nos viene bien y que, por suerte, no siempre huele a rosas.

FICHA:

Título: Pretérito Imperfecto Autor: John Hamilton May Dirección: David Bueno Elenco: José Carlos Fernández, María Prendes, Ana Prieto y Andrés Requejo Iluminación y Espacio Escénico: Marta Cofrade Música: David Good Traducción: Pat Aguiló Lugar: Nave 73

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Yogur Piano

Qué difícil es pensar que tienes que hablar sobre «Yogur Piano», hablar sobre algo que te ha tocado tanto como la creación de Gon Ramos, te hace sentir una extraña sensación de desnudez. Hablar sobre esta función es hablar de una vivencia intensa que no estás seguro de saber plasmar e, incluso, que lo que tengas que decir vaya a interesar demasiado a alguien, pero a la vez es una necesidad íntima que me apetece contaros, a vosotros y a mí mismo. No sé qué va a salir, ya os advierto que será cualquier cosa menos una crítica, una crónica o lo que sea que esperáis leer.

La memoria es muy olvidadiza y por eso escribo, y porque «Yogur Piano» es uno de esos momentos que me gustaría guardar en una cajita y tenerlo siempre presente, poder volver a abrirla de vez en cuando y que su esencia se me cuele de nuevo por las grietas del alma, para que me vuelva a estrujar un momentito y me vuelva a colar en aquellos ojos, los de Itziar Cabello, los de Marta Matute, los de Nora Gehrig, los de Daniel Jumillas o los de Gon Ramos y volver a estremecerme con sus voces e hipnotizarme con sus cuerpos. Para que las notas de Sigur Rós vuelvan a transformarse en pequeñas punzadas de dulce nostalgia y que me vuelvan a escocer. Para de nuevo sentir mis ojos a punto de desbordarse de tanto sentimiento.

Fui solo a ver la función, una de las pocas veces que no comparto el hecho teatral en compañía, algo que ya lo hacía singular desde el primer momento, tan diferente que iba predispuesto a entregarme a la experiencia sin prejuicios ni compromisos. Nada más entrar me sentí impactado, desorientado por la música, por el extenuante movimiento de los actores, golpeado por sus instantes de reflexión en voz alta, momentos que a nadie más que a ellos parecían importar… ¿No nos pasa eso a todos? Que tenemos cosas tan íntimas que parecen intranscendentes, que quisiéramos contar, pero que sabemos que a nadie más importan. Esos breves instantes de lucidez o de puñetera locura que si alguien más que nosotros mismos se pararan a escuchar, quizá pudieran transformar el instante presente o desbloquear nuestro espíritu encorsetado y hacerlo saltar en mil pedazos, ¡Qué liberador sería! Sin embargo, lo que está ahí es la soledad, la incomunicación, la genialidad apisonada, golpeada por bases rítmicas. Asfixiante la soledad, las palabras llenas de vacío, de nada, y sin embargo repletas de un todo tan íntimo, tan impúdicamente arrancado que permitimos que salga porque sabemos que nadie más lo escucha, o quizá porque el sonido atronador, como una angustia suprema, oprime de tal manera que nos lo arranca de nuestras entrañas… ¿Quiénes son ellos? ¿Qué les mueve a estar ahí? ¿Por qué están tan solos? ¿A quién esperan? ¡A quién le importa!

Y en un instante el silencio, la paz, el desconcierto y lo inesperado de la voz y la música de Jos Ronda, como una bocanada de aire ante la angustia que a estas alturas nos tiene atenazados. Su instante es como ese abrazo que rompe la membrana del desconsuelo y nos derrama compungidos, y es que lo que vemos en ellos es lo que se rompe en nosotros. ¡Es todo tan dolorosamente hermoso!

El movimiento, tan orgánico, tan impactante, hace que el timbre de las palabras duela cuando brota, que sean como esos puñetazos, rabiosos, desangelados, repletos de grito. Cuanta más rabia en el golpe más quebradizo se muestra el interior.

Y donde antes el individuo aislado luchaba por ser, ahora los cuerpos se trenzan con las palabras y en un instante cobramos forma y sus voces nos preguntan, no sabemos la respuesta, pero aceptamos sus hipótesis y comenzamos a amarlos con más fuerza. Quieres mirarlos, quieres tenerlos, los quieres de una manera especial porque te miran bonito, y porque te miran de verdad, la soledad se diluye y hacen añicos cuanto está sucediendo para deshacer su aislamiento retumbante y entregarse al interior del otro, y lo dicen, que quieren vernos… No, vernos, no, quieren mirarnos, colarse al fondo de nuestra pupilas y grabarse allí dentro… y que nosotros tengamos la valentía de colarnos al fondo de las suyas, sintiendo el intercambio de lo que habita allá dentro que quién sabe lo que es. Un regalo tan generoso…

Y es ahí cuando ya nos tienen solo para ellos, cuando las notas de «Yogur Piano» comienzan a florecer entre miradas, sonrisas cómplices y lágrimas emocionadas. Transformando el desenlace de este instante en uno de los más bellos y emocionales que he podido vivir. Las almas que se han quebrado tienen una segunda oportunidad y se recomponen para convertirse en una melodía que por separado tiene sentido, pero que unida son puro sentimiento.

Y yo me marché con tanto amor dentro que noté el corazón dolorido de tanto sentir.

«Yogur Piano» es una de las experiencias teatrales más bellas que he tenido la suerte de poder compartir. Gon Ramos tiene el don de saber hacernos sentir con absoluta pureza y se ha rodeado de un equipo llenos de honestidad escénica.

Si supiera como conservar instantes, sin duda esta vivencia sería de las que guardaría celosamente, aunque su existencia efímera sea quizá la esencia que la hace tan rematadamente grande.

¡Id y vividla!

FICHA:

Título: Yogur Piano Autor: Gon Ramos Elenco: Itziar Cabello, Marta Matute, Nora Gehrig, Daniel Jumillas y Gon Ramos Música en vivo: Jos Ronda Director: Gon Ramos Espacio sonoro: Matías Rubio Foto: Pablo Bonal Diseño: Daniel Jumillas Lugar: Espacio Labruc

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Windsor

El fuego como elemento purificador, como redentor de los pecados inconfesos, como íntimo infierno en el que arder eternamente; o como reflejo de los deseos incontrolables que nos invaden y devorador de secretos. ¿Quién se atreve a meter la mano entre las llamas para alcanzar la verdad? Sólo quien no tenga miedo a arder.

El fuego que todo lo puede… menos el recuerdo.

Sara es una joven becaria que trabaja en un periódico digital que, saltándose todas las reglas, decide publicar una crónica que recupera para la memoria del lector la noche en la que el edificio Windsor ardió. Una noche en la que parece que muchos secretos fueron pasto de las llamas junto al propio edificio y que, sin embargo, es posible que 10 años después vuelvan a salir a la luz. Un comportamiento que a su jefe, Eduardo, le crispa por la osadía y la impertinencia de la joven becaria, pero que a la vez le fascina por el impacto que ha generado y el reto profesional que les va a suponer. Un ejercicio en el que se jugarán más de lo que parece.

Ella, desafiante y descarada en su juventud; él sereno, arrogante y lleno de una extraña templanza. Dos apariencias que finalmente arderán pasto de las llamas de los recuerdos que aún guarda el Windsor.

Antonio Rojano con «Windsor» construye una trama llena de recovecos, de turbias intenciones que, curiosos, nos atrapa desde el comienzo. ¿A quién no le llama la atención una nueva hipótesis sobre lo que sucedió en aquel incendio? Una premisa que nace como thriller periodístico, que se apoya en los diálogos para girar sobre sí misma, mutar de género y descubrirse en una sucesión de capas de trepidante desenlace. Una especie de Caja de Pandora en la que la fascinación y ambición nos conducen hasta las cloacas del ser humano.

Sara Mata y Aníbal Soto o Aníbal Soto y Sara Mata -tanto monta, monta tanto- dos fieras que nos hacen vibrar de tensión, que hacen crecer el suspense a cada cuadro y que nos llevan a su final totalmente entregados. Es un gusto poder sentarse en una butaca y sentir el impulso de inclinarse hacia adelante para seguir con más atención cuanto sucede en escena. No quiero desgranar más detalladamente sus trabajos para no caer en el spoiler, pero ¡qué gran trabajo por parte de ambos!

Grande también es la labor de Max Lemcke manejando los ritmos, la cadencia en su parte media es perfecta para generar en el espectador esa sensación de «¿hacia dónde estamos yendo?» para acabar por lanzarnos sin freno hasta ese desesperado y sorpresivo final. Lemcke genera una espléndida atmósfera de fascinación apoyándose en las perlas que Rojano va dejando a lo largo del camino: ¡absolutamente efectivas! Prueba de ello son las exclamaciones involuntarias que parte del público dejaba escapar ante los descubrimientos y los giros de la trama.

Quien vaya a ver Windsor pasará un estupendo rato teatral, donde disfrutará de diálogos afilados, buenas dosis de suspense y trampas argumentales donde dejarse caer.  Totalmente recomendable.

¿Dónde estabas tú la noche en la que el Windsor ardió?

FICHA:

Título: Windsor Autor: Antonio Rojano Elenco: Sara Mata y Aníbal Soto Dirección: Max Lemcke Escenografía: Sonia Rubio Iluminación: Abel García Lugar: Nave 73

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Debate

A todos nos gusta conocer los entresijos de cómo se fraguan esos debates políticos que vemos en la televisión, el saber de dónde y porqué se hacen las declaraciones que hacen cuando tiran de la manta; y no vamos a negarlo, cuanta más mierda salga a la luz ¡más nos gusta! y es que salivamos glotones cuando nos plantan una buena ración de escándalo delante. Somos morbosos por naturaleza. Por eso mismo, cuando me enteré que Toni Cantó estrenaba «Debate», y sabiendo dónde ha pasado estos últimos años, pensé en lo jugoso y prometedor que podía ser lo que contara.

«Debate» nos presenta a los segundos de dos partidos políticos que intentan organizar lo que serán los dos grandes debates de la campaña electoral. Dos seres interesados, descarnados, que frivolizan desde su posición y fanfarronean con sus ases en la manga. Dos titiriteros  sin escrúpulos que juegan desde la sombra a mover los hilos de cuanto sale a la luz y llegar a un acuerdo para que, al precio que sea, sus representantes, y representados, salgan victoriosos ante los electores. Por supuesto, en todos estos tejemanejes hay acuerdos, concesiones, cesiones, intercambios que benefician a ambos, aunque al resto nos parezca que todo les juega a la contra. Por supuesto, el juego no solo es de ellos, entremedias entran los medios de comunicación que todo lo pueden y sin los que todo esto sería imposible, medios representados bajo la figura de una periodista de moda, incisiva y mediática que aunque se las da de imparcial, no es capaz de ocultar sus filias y sus fobias, sus propios intereses y que posee su propia mano de cartas con la que jugar en esta partida.

Toda una propuesta que, aunque interesante de ver, podría ser bastante más sangrante de lo que realmente es. Me dio la sensación que Toni Cantó tan sólo ha querido abrir una rendija por la que poder mirar, sin dejar que de verdad nos llegue el hedor de lo que se esconde ahí dentro, lástima porque podía haber pasado de ser una función interesante de ver, ¡como es!, a ese tipo de funciones que van un paso más allá, un golpe que mostrara con contundencia y sin prejuicios ese juego del que sólo somos conscientes a toro pasado -y no del todo-

No se puede negar que el texto tiene «chicha», y más de los que los espectadores de a pie percibimos. Es curioso ver que en el patio de butacas se genera un espectáculo extra, el de esos espectadores que van a ver la función y conocen realmente lo que se desliza entre las líneas de diálogo que Cantó ha escrito, sus risas, sus cuchicheos y miradas cómplices son perfectamente identificables. Algo que si se piensa fríamente puede ser bastante escalofriante, la verdad…

Pepe Ocio vuelve a arriesgarse y cambiar de registro, explorando una oscura agresividad sibilina y detestable, que junto a Phillip Rogers conforman un terrible, por lo verdadero, reflejo de esta casta. Un par de hienas a las que se disfruta viendo lanzarse dentelladas desde su jaula escénica.

Entremedias tienen a Marta Flich, una actriz de gran presencia, pero que Cantó victimiza en exceso. Quiere hacer de ella «la buena», convertirla en el juguete roto de los dos políticos, dejándola demasiado plana. No creo que una profesional que se mueva en ese ámbito, todos sabemos o sospechamos que el grado de «hijoputez» que debe tenerse en ciertas esferas supera lo aceptable, se deje devorar sin lanzar un buen par de zarpazos a sus contrincantes.

Un montaje de buen ritmo, absolutamente actual, de diálogos ágiles, extrañamente divertida con ese humor negro y descarnado, aunque en momentos frene su ferocidad, no sé si por miedo del autor a sacar a la palestra más de lo deseado o por optar a ofrecer un producto más comercial y menos escandaloso, pero que satisface la curiosidad del espectador dejándole atisbar la trastienda de la clase política, y dejándonos con un pensamiento: Si esto es lo que se nos permite ver, ¿qué queda en la sombra?. Estremecedor.

Y ahora nosotros, a votar… ¡Síganles en su gira!

FICHA:

Título: Debate Autor: Toni Cantó Elenco: Pepe Ocio, Phillip Rogers y Marta Flich Dirección: Toni Cantó Escenografía: Curt Allen Iluminación: José Manuel Guerra Sonido: Audionetwork Lugar: Teatros del Canal

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La Rosa Tatuada

«La Rosa Tatuada» de Tennessee Williams nos habla de una mujer que pierde a su marido de una manera turbia, que toma la decisión de guardarle luto encerrándose de por vida en su casa, junto a su hija, intentando alejarse del mundo que la vio vivir feliz. Una mujer a la que un buen día la vida, que hasta ese momento estaba invadida por el recuerdo y la oscuridad, llama de nuevo a su puerta cargada de risas y carnalidad; instalándose el dilema y la duda de si entregarse a esa nueva vida o continuar agonizando en el recuerdo de un marido ausente; eligiendo finalmente la vida, elección que la posiciona frente a una sociedad hermética que prefiere la abnegación de una viuda como ejemplo social a la luz de la alegría de una nueva oportunidad.

Una versión traducida por Vicente Molina Foix y adaptada por Gabriela Flores y Carme Portaceli, quien además dirige esta propuesta, que parte de un costumbrismo colorido, de tonos pastel, enfrentado a esa casa gigantesca de estructura como de papel, que me sugiere la fragilidad del ser humano y la enormidad de sus sentimientos. Una casa que se despliega ante nosotros como una flor para mostrar un interior en el que hubo un tiempo que residía la felicidad suprema del amor y que ha acabado por ser cárcel de la añoranza y la tristeza. Un sentimiento marchito que reina hasta que los nuevos y premonitorios vientos llegan arrastrando semillas de felicidad que luchan por germinar en un campo abonado con la hermeticidad del pensamiento más rancio y acartonado. Todo un canto a la vida y a las oportunidades inesperadas que Tennessee Williams nos regala.

Todo en el montaje presupone una producción apetecible, las luces de Pedro Yagüe, la escenografía de Anna Alcubierre o la música de Jordi Collet; lástima que la falta de lógica y ritmo en el comienzo, con esos secundarios desdibujados, de pantomima facilona, esa mezcla de lenguajes inconexos, esa opción del italiano de comedieta, hagan que el espectador se distancie desde el primer minuto y contemple la función sin emoción e incluso con sonrojo.

El interés regresa en el momento que Roberto Enríquez y Aitana Sánchez-Gijón comparten escena, eso sí, obviando ese primer encuentro en el que los personajes tienden más al Mihura de «Tres Sombreros de Copa» que al Williams de «La Rosa Tatuada» y no porque eso esté mal, ojo, sino porque nos presenta a los personajes desde un lenguaje cómico que pertenece a otro lugar. No voy a negar que para mí siempre es gozoso contemplar la labor de Enríquez, es algo en lo que, montaje tras montaje, me voy reafirmando, pero si a él y a la esforzada Aitana lo demás le juega a la contra, no hay forma de levantar la función.

Otro punto positivo fue el que se adivinen destellos de la estupenda actriz que hay en Alba Flores, lástima que el papel, pienso, le ha llegado un poco tarde, haciendo que sus líneas chirríen injustamente. Y digo lástima porque sus escenas con Ignacio Jiménez dejan que percibamos la dulzura de ese primer amor, del descubrirse en esa vida que se le negaba, pero la pequeña llama que se adivina queda borrada con el soplido tosco de lo superfluo del resto del montaje.

Me marché del María Guerrero, tras los tibios aplausos finales, pensando que quizá se ha confiado en exceso en la indudable calidad de los ingredientes – Elenco, texto, producción…- pensando que eso podría ser garantía de un buen resultado, pero la mano de Portaceli no ha dado con la clave adecuada, dejando todo tan en la superficie que esta Rosa se nos queda en una flor de plástico, bonita en apariencia, pero exageradamente artificial y sin vida.

FICHA:

Título: La Rosa Tatuada Autor: Tennessee Williams Dirección: Carme Portaceli Elenco: Aitana Sánchez-Gijón, Roberto Enríquez, Alba Flores, Jordi Collet, David Fernández «Fabu», Gabriela Flores, Ignacio Jiménez, Paloma Tabasco y Ana Vélez Traducción: Vicente Molina Foix Adaptación: Carmen Portaceli y Gabriela Flores Escenografía: Anna Alcubierre Iluminación: Pedro Yagüe Vestuario: Antonio Velart Música y Espacio Sonoro: Jordi Collet Lugar: Teatro María Guerrero

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La Verdad de los Domingos

«La Verdad de los Domingos» nació por un encargo del actor Óscar Piñero a su amigo Juan Bey para montar un microteatro en México DF. Lo que no sabían ambos es que esa pequeña pieza crecería y se expandiría de la manera que lo hizo. Llegando a convertirse en una pieza imprescindible que acabaría por representarse en todas las sucursales que Microteatro tiene por el país. Era inevitable que ese texto, tarde o temprano, tuviera un efecto boomerang y regresara a las manos de su creador, pero esta vez transformado en un reto para su «yo» actor: Ser el encargado de dar vida a su protagonista en España. ¡No hay nada como plantarle un buen desafío a un artista que disfruta de serlo!

La propuesta nos sitúa en la presentación de un libro:  «La Resistencia de los Globos». Nosotros como público, nos convertimos en los seguidores y curiosos que acudimos a dicha presentación. Héctor Sinisterra, el autor, comienza con la presentación, pero su objetivo es otro, lo que verdaderamente quiere es aprovechar ese momento en el que tiene captada la atención de todos los asistentes para hablar de lo que realmente le importa: «La Verdad de los Domingos». Un libro que su editorial no quiere publicar por las ampollas que puede llegar a levantar, un libro que habla sin tapujos de nuestras mentiras, de cómo nosotros mismos nos enfrentamos a nuestra propia realidad a golpe de mentira, pero no sólo mentiras hacia los demás, si no esas otras que son aún más graves, las que nos decimos a nosotros mismos.

A partir del momento en el que se nos abre este planteamiento, Juan Bey saca su metralleta dialéctica y comienza a lanzar ráfagas de verdades dichas a la cara, no olvidemos que nosotros somos público que acude a la presentación del libro, es decir: Parte activa del espectáculo; con lo que todo lo que se dice, se nos dice mirándonos directamente a los ojos y planteándonos preguntas que esperan nuestra respuesta. Eso sí, nada de tensiones o nervios, que aquí todo está hecho para ser disfrutado, con un sentido del humor del que todos somos partícipes y que celebramos a golpe de carcaja; alimento del que su protagonista se nutre, haciendo que el espectáculo crezca y adquiera cada vez mayor contundencia.

Un texto francamente divertido e inteligente, que va y viene con un sentido del humor cáustico, socarrón y reflexivo. Nada de lo que dice es casual, tiene su porqué y conviene no tomárselo a la ligera porque momentos después lo retomará y nos lo lanzará a la cara. Entre la dirección de Sara Pérez y el trabajo de Juan Bey, el espectáculo adquiere el ritmo adecuado, delirante por momentos, reflexivo otros y con un puntito de ese amargor que llevan las verdades dichas a la cara, y es que Bey mete caña de la buena a la audiencia con algo tan sencillo como es llamar a los cosas por su nombre, no importa lo mucho que eso llegue a incomodarnos -¡ahí reside la gracia!- Es cosa nuestra si entramos creyéndonos tan «sinceros» con nosotros mismos y acabamos descubriéndonos unos mojigatos de tres al cuarto.

Podría haberse caído en un simple monólogo tipo Stand-Up si no fuera por su planteamiento, por la dirección de Sara Pérez y por ese lugar en el que nos acaba situando.

Aplaudo el estupendo trabajo de Juan Bey, un tío que sale a escena dispuesto, que se pringa en lo que cuenta, que tiene la valentía de mirarnos directamente a los ojos y desafía a sostenerle la mirada, no de una manera agresiva e incómoda, pero sí retadora. Tiene una energía muy poderosa y la maneja con desparpajo. Tiene encanto, tiene magnetismo y genera atracción, y esa es su arma para que nos demos a él con tanta entrega. Absolutamente fascinado con la línea por la que transita, sus giros y el lugar en el que concluye, dándole el peso que merece al conjunto.

La verdad está ahí, queramos o no, lo que pasa que nos cuesta mirarla de frente y ese temor es el que aprovecha esta función para soltarnos unas cuantas bofetadas bien dadas, yéndonos a casa con ellas puestas -¡y encima agradecidos!-

No deberíais quedaros sin conocer «La Verdad de los Domingos».

FICHA:

Título: La Verdad de los Domingos Autor: Juan Bey Dirección: Sara Pérez Elenco: Juan Bey Producción: La Coja Producciones Lugar: Teatro Galileo

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Un Corazón Normal

cartel-ucn-580x820Soy de la opinión de que los acontecimientos pasados no deben quedar únicamente en el recuerdo, como ya sabéis los que leísteis mi anterior crónica; pienso que hay que rescatarlos de la repisa donde los tenemos guardados y sacarles brillo para evitar que queden arrinconados con la llegada de nuevos acontecimientos. La memoria es frágil y enseguida se nos va la atención a otras cosas, por eso mismo es bueno que El Bucle Teatro haya recuperado «The Normal Heart» de Larry Kramer porque parece que en esta sociedad del 2.0 andamos sobrados de información, a salvo de los acontecimientos del pasado, de viejas plagas que ya solo son un mal recuerdo… ¡Cuánta afirmación falsa! La relajación mental es precisamente lo que fomenta que las sombras de lo que ayer fue, se fortalezcan en nuestro presente y hagan tambalear nuestro posible futuro.

«Un Corazón Normal» nos trae de nuevo a primera línea de la memoria el comienzo de los años en los que el SIDA disparó las alertas de una sociedad desconcertada que veía como una extraña epidemia devoraba sin compasión a todo un colectivo, el homosexual, ya de por si tremendamente denostado.

«The Normal Heart» es texto que pasó del teatro al cine para ahora volver de nuevo a las tablas y hablarnos del miedo, de la incertidumbre, el activismo, de la lucha desesperada contra ese mal que arrasaba y al que nadie prestaba suficiente atención por no ser considerado «un mal de todos». Visto ahora, con la distancia, sigue resultando aterrador; esa indiferencia que nos genera lo que no nos afecta de manera directa. Es terrorífico comprobar cómo permanecemos impasibles, casi anestesiados ante el mal de los demás, siempre y cuando no nos afecte personalmente. Y aterrador resulta comprobar que, aun pasando los años, seguimos sin aprender, mostrándonos igual de anestesiados e impasibles ante el horror ajeno: Háblese del SIDA, de los refugiados, de las catástrofes naturales, del terrorismo más allá de nuestras fronteras xenófobas, es lo mismo.

Al comienzo comentaba lo necesario que ha sido que El Bucle Teatro haya recuperado este texto porque estamos olvidando algo que no hace casi ni 30 años que sucedió y que, por desgracia, estamos comenzando a olvidar para nuestro propio error. El SIDA es algo que sigue ahí, ya no como una pandemia, por suerte todo avanza y hemos podido controlarlo, pero está en nuestras manos y en las de las generaciones venideras, que ni les suena que aquello fuera una realidad, para que continúe siendo un peligro «controlado». «Un Corazón Normal», además de una historia de amor y amistad vivida en el límite, es también un toque de atención que viene bien tener presente y la necesidad del activismo ante la impasibilidad del mundo.

Reconozco que antes de ir a AZarte yo ya había visto la película y, aunque suelo hacer un ejercicio para no llevar exceso de precedentes en mi mochila de espectador, a veces se quedan restos que interfieren.

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Me encantó el comienzo, cuando el espectador se adentra en la sala y siente el ambiente de un Club Gay Neoyorkino de los años 80. Ese aire promiscuo, rezumando sexualidad, con la carnalidad del recibimiento, es un buen preámbulo que recibí con satisfacción. Una introducción estupenda que se mezcla con la mirada increpadora del protagonista hacia el patio de butacas para arrancarnos de ese paraíso hacia la cruda realidad de lo que sucede tras las luces de colores y la música estridente. Todo promete, pero ¡ay! enseguida el encanto se rompe al comprobar el abismo tan grande que separa a unos miembros del elenco de otros. El nivel actoral es exageradamente irregular, todos ponen ganas y energía para lograr dar un buen resultado, pero las diferencias entre unos y otros es notable.

El peso de la función recae en un resuelto César Oliver, quien se esfuerza por mantener la naturalidad en su interpretación. Un esfuerzo que como espectador se agradece aunque la intensidad del personaje es extenuante. Yo sé que son elecciones de dirección, pero muchas veces «menos es más» y sobretodo cuando al actor le separan unos pocos metros del espectador. Un momento  de sosiego le vendría muy bien para que lográsemos terminar de empatizar.

Hay evoluciones muy interesantes que hay que destacar junto a la labor de Oliver como, por ejemplo, la de Juan Silvestre que va creciendo a lo largo de la función hasta ese último intervención de su personaje, o personajes que de tan estereotipados resultan reales y acaban por conquistarte, como el de David Simón. Supongo que por eso mismo estos dos personajes han acabado teniendo su particular Spin-Off teatral.

Jesús Amate intenta dirigir una función coral que tiene picos interesantes, pero endeble en su puesta en escena. Hay cierta falta de imaginación a la hora de suplir carencias en la producción y es un pena porque el texto tiene ingredientes y solidez suficiente para atrapar, e ideas como la de ese comienzo, tan dinámico y fluido, que son un acierto, un gran camino por el que evolucionar, pero que acaban por no aprovecharse y la función no encuentra suficientes apoyos para sostenerse, dejando sensación de «ya visto». Al final uno sale sabiendo y apreciando a una compañía esforzada por sacar adelante su propuesta, pero si lo que se valora está en el circuito comercial, por muy off que sea, no es suficiente.

 FICHA:

Título: Un Corazón Normal Autor: Larry Kramer Dirección: Jesús Amate Elenco: César Oliver, Amaya Halcón, Diego Santo Tomás, Pelayo Rocal, Juan Silvestre, David Simón, Igor Estévez, José Guélez y Toño Balach Iluminación y Sonido: Matyssa Pérez Producción: El Bucle Teatro Lugar: Sala AZarte

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