Categorías
Sin categoría

Vientos de Levante

Siempre recuerdo la primera vez que vi un atardecer en el mar, casualmente fue en Cádiz, como en «Vientos de Levante». Recuerdo estar sentado en la arena de la playa, expectante, cegado por el brillo del sol, un brillo que no deslumbraba, que permitía mirar, de hecho me era imposible dejar de hacerlo. Estaba sorprendido por la velocidad con la que se movía el sol estando a punto de perderse tras el horizonte. Recuerdo la suave calidez de esos últimos rayos, como una caricia, y cuando eso pasa uno se deja, alza la barbilla levemente como intentando recibir más de aquello; cuando atardece parece que las olas suenan diferentes, más sosegadas, juguetonas, incluso el mar parece más denso por sus movimientos. Y todo se calma, como gesto de respeto por ese sol que se va y que desearíamos retenerlo por un rato más. Son apenas unos minutos en los que el resto deja de importar… ¿será esa la esencia de la felicidad? ¿de la vida?. Tras vivir aquel momento único, confesé muy bajito a mis amigos, con algo de pudor, que aquel fue mi primer atardecer. Mi cara debía decir muchas cosas con esa revelación porque un abrazo lleno de silencio, firme, pero repleto de cariño, me envolvió anudándome de emoción la garganta.

Y todo esto viene a colación porque esa sensación la recuperé cuando salí de ver «Vientos de Levante» de la La Belloch Teatro. Una mezcla de gusto por la vida y, quizá, dulce nostalgia.

Carolina África nos cuenta la historia de seres que se encuentran, se roban besos, seres doloridos que se ríen de pavadas, que se enamoran, seres a los que la vida se lo pone jodido, muy  jodido, y que se tienen que despedir sin querer hacerlo… Las crisis, los miedos, las ganas de ilusionarse, el coraje de vivir y el empeño para que cada segundo merezca la pena. Seres que miran la cordura sin saber de qué lado de la membrana viven, a veces conscientes y otras invadidos por una marejada desatada que no les deja ver el lado del que están. Y todos ellos frágiles, tanto que hasta el propio viento, según sople, puede destruirles o hacerles vibrar. ¿No nos pasa un poco eso a todos? y Carolina África con este texto, con este montaje, capta en crudo esa magia que nos da la vida, poniéndole piel y nombre, huyendo de artificios efectistas que no le hacen falta. La propia Carolina África, Paola Ceballos, Pilar Manso, Jorge Mayor y Jorge Kent nos llevan con suavidad a lugares que nos rozan y que nos duelen, nos llevan de la mano para recuperar esos instantes inapreciables de los que están hechos nuestros días, con su puntito naif, sencillo y cotidiano que se agradece tanto. Juegan las vidas de sus personajes desde un lugar tan bello y sincero, con una ternura tan viva, que es inevitable no amarles y quedártelos bien amarrados al corazón.

Un montaje de La Belloch Teatro que te va ganando por momentos, que te hace mirar y apreciar desde un lugar muy íntimo, que se disfruta y se sufre a corazón abierto, que te hace ansiar amar con un poquito más de fuerza y que cuando acaba necesitas reposarlo un ratito en silencio, dejando que la emoción se te desparrame agusto por los ojos para luego abrazar y sonreír con más intensidad. Un poco como aquel primer amanecer que os contaba, único.

¿Nunca habéis suspirado tan fuerte que os ha dolido muy adentro del pecho y luego os habéis dado cuenta lo aliviados que os habéis quedado? pues así se vive «Vientos de Levante».

Señores programadores: ¿Qué hacéis que no os estáis dando de tortas por tenerla en vuestras salas?

FICHA:

Título: Vientos de Levante Texto y Dirección: Carolina África Elenco:  Carolina África, Paola Ceballos, Jorge Kent, Pilar Manso y Jorge Mayor Iluminación: LUZ E.T. Escenografía: Almudena Mestre Espacio Sonoro: Nacho Bilbao Vestuario: Carmen Mestre Ayudante de Dirección: Laura Cortón Producción: La Belloch Teatro Lugar: Teatro Galileo

Categorías
Sin categoría

Trainspotting

Yo pertenezco a esa generación que en los 90 se quedó colgada de «Trainspotting», para mi primero fue la película de Danny Boyle y luego el libro de Irvine Welsh, y se convirtió en uno de tantos referentes generacionales a los que me aferré cuando entré en la veintena; no porque yo fuera malote, ni mucho menos, ni me moviera en círculos similares, si no porque a través de sus picos, sábanas cagadas, alucinaciones de bebes muertos, peleas de borrachos, sus polvos cerdos, viajes submarinos al fondo de váteres infectos y sobre todo, y más que nada, su filosofía destroyer, encontré el reflejo de mi vértigo existencial; un asidero al pánico a no tener ni de idea de qué cojones debía hacer con mi vida.  «Trainspotting» miraba una zona tenebrosa a la que me daba miedo asomarme y supongo que de alguna forma me hacía sentir menos solo ante la terrorífica idea de tener que elegir. Finalmente elegí, eso creo, y crecí, aunque la incertidumbre y el acojone no se han calmado. El caso es que ahora «Trainspotting» ha regresado, esta vez desde el Pavón, y no he querido resistirme al reencuentro de estos viejos amigos, aunque a mí, como suele suceder, me encuentren más viejo y gordo; eso sí, igual de disfrutón con esos referentes que me ayudan a sobrellevar mis elecciones y puede que mis miserias.

La experiencia ya comienza desde que se entra en el patio de butacas, lugar privilegiado con vistas al infierno con forma de barrio de Edimburgo que, a golpe de dance, nos da la bienvenida y desde el que Renton nos mira con ojos alucinados. Un pobre diablo heroinómano del que lo primero que vemos son sus tatuajes de la espalda, dos costurones en los omóplatos que nos dan a entender que le han extirpado las alas, condenándole a no salir jamás de allí, ¿se las han extirpado o él mismo se las ha arrancado porque esa es su elección? Eso lo descubriremos a través del viaje junto al resto de almas en pena que componen Trainspotting: Sick Boy, Allison, Bebgbie y Lizzie. -No sé si los tatuajes pertenecen realmente al propio actor o son parte del personaje, en cualquier caso a mi me aportan una lectura magnífica de Renton

Fernando Soto recupera la adaptación teatral de Harry Gibson versionada por Rubén Tejerina para mostrarnos la fragilidad y la falta de esperanza del mundo en la que se mueven los seres de esta historia, ¿solo ellos?; animales acorralados que se defienden a golpe de desdén y supuesta despreocupación por la vida, que hacen del desafío ante la adversidad una declaración de intenciones, dibujándolo de acciones suicidas y violentas y que, sin embargo, nos devuelve un reflejo devastador de un mundo en constante peligro de derrumbe -Los puntales que pueblan la desapacible escenografía de Mónica Boromello dan fe- Una historia de ritmo trepidante, muy ácida y divertida en ocasiones, pero terriblemente desasosegante por el futuro que le adivinamos. Una puesta en escena que juega con la dureza de los ambientes y la poética de sus imágenes, eso sí, eché en falta en el resultado algo más de aspereza y contundencia para revolverme en mi butaca. Aunque es cierto que eso no resta instantes en los que el espectador se descubre conteniendo la respiración lleno de intranquilidad, riéndose con nerviosismo ante los comportamientos, en ocasiones feroces, de sus personajes. Es imposible no tragar saliva cuando rompen la cuarta pared y sus ojos desafiantes se posan en nosotros.

Críspulo Cabezas es el Renton perfecto, creo que no podían haber elegido mejor, exprime el jugo a su personaje con ganas, llenándolo de un carisma de regusto acre magnífico, es divertido, terrible y deja un poso tristísimo ¡y ese paseo que nos damos junto a él es un gustazo! Xabi Murua, como ya ha demostrado en La Cocina o en Los Buitres, es un animal escénico y hace que su Sick Boy resulte perversamente seductor -No me importaría volver a ver la función para descubrir la propuesta que Víctor Clavijo hace de este mismo personaje- Luis Callejo nos regala un Begbie tan posible que asusta, al salir del teatro puedes toparte con él al fondo de la barra de cualquier bar esperando una mínima provocación. En Mabel del Pozo hay algo que hace que me crea cuanto haga o diga, su cuerpo y su mirada derrumbada son un resumen perfecto de la decadencia que supura la función. A Sandra Cervera no la había visto trabajar nunca y me gustó el juego de cambios entre sus personajes, un estupendo descubrimiento lleno de carácter.

Trainspotting regresa para recordarnos, a su manera, que está en nosotros la opción de elegir, gozar revolcándonos en nuestra miseria si es lo que queremos y reírnos de lo establecido, aunque la vida acabe por partirnos la cara.

FICHA:

Título: Trainspotting Autor: Irvine Welsh Adaptación: Rubén Tejerina Dirección: Fernando Soto Elenco: Críspulo Cabezas, Xabi Murua/Víctor Clavijo, Mabel del Pozo, Luis Callejo, Sandra Cervera Espacio Escénico: Mónica Boromello Iluminación: Javier Ruíz Alegría Música Original: Didi Gutman Videoescena: Bruno Praena Vestuario: Marta Martín-Sanz Ayudante de Dirección: Laura Ortega Lugar: El Pavón Teatro Kamikaze

Categorías
Sin categoría

Otelo

A mi me pasa todo lo contrario que a otros que parece que les molesta cuando los clásicos mutan y se salen de su idea original. Creo, es una opinión como otra cualquiera, que esa idea primigenia debe tomársela como el germen de cuanto pueda llegar a suceder en cada acercamiento al texto y de ahí dejar brotar un nuevo tallo. Encorsetarse en lo «ya visto», «ya hecho» o «ya contado» es un error, además de aburrido. Nunca se sabe si este nuevo acercamiento va a ser el acertado, pero de eso va esto, ¿no? De atreverse e intentar encontrar la belleza por el camino.

Algo así sucede con este «Otelo». La compañía agarra el texto de Shakespeare y lo giran como si fuera un cubo de Rubik, rompiendo la homogeneidad de sus colores, mezclándolos para lograr nuevas combinaciones escondidas, aunque no sean perfectas, y de esa manera descifrar o intepretar entre sus líneas cuanto mensaje haya podido dejar su autor a los intrépidos que quieran seguir buceando entre sus capas. Volver a dejar el cubo como estaba no debería ser el objetivo final, si no entretenerse en descubrir sus infinitas formas.

Paco Montes hace su propia versión, una aproximación curiosa que aprovecha la historia del Moro de Venecia para trenzarla con cantos por los refugiados y contra la violencia de género. Una vez más comprobamos que en los clásicos habita mucho de nuestra actualidad. Este Otelo dirigido por el propio Paco Montes junto a Lucas Smint viene con ganas de jugársela en cada cuadro, coqueteando entre el concepto clásico del montaje y la performance, con vídeo proyecciones estupendas, momentos musicales desenfadados y mucho arrojo. Un espectáculo que comienza como una «rave«, te planta a Manu Chao mientras los protagonistas, casi personajes manga, vuelan haciendo formaciones como cazas militares, que coquetean con el «sado» o que muestran a Desdémona tomando el sol en la playa mientras conversa con Otelo que practica running, ya hacen que a mí me ganen por la curiosidad.

Es cierto que no todo son aciertos, que hay cosas resueltas con prisa y se me quedan con cierto regusto amateur. Estoy convencido que esas mismas ideas con un par de vueltas y un paso más en el atrevimiento -Al equipo se le intuye más que predispuesto- hubieran hecho volar a este «Otelo» mucho más alto. La prueba está en la frescura y  la originalidad que derrochan. Con eso y la forma que tienen de sorprendernos por las ocurrencias que se sacan de la chistera, las nuevas lecturas y la justicia poética con la que reinventan el destino de esta función, ya hacen que el viaje merezca la pena. Es divertido estar sentado esperando ver qué va a ser lo siguiente, que nueva idea surgirá o cómo resolverán el siguiente cuadro.

El elenco al completo se lanza de cabeza a defender esta propuesta, su entrega y convicción son contagiosas, algo primordial para que todos entremos y, aunque el resultado es algo irregular – Juegan y se les disfruta, pero a veces se les resbala el texto y se pierden enfatizando más de la cuenta-, no deja de ser un estupendo entretenimiento. Con permiso de la compañía, sin duda alguna el que se lleva la función de calle es Antonio Alcalde, es imposible apartar los ojos de su Yago. Es tan sumamente perverso que resulta irresistible. Maneja las energías como le da la gana, el tempo de la función lo controla él, respira las frases y sus réplicas, las paladea y se deja empapar de cuanto sucede en escena e incluso se da el gustazo de entretenerse en mirarnos uno a uno, convirtiéndonos irremediablemente en cómplices de sus manipulaciones y, según va sucediéndose la acción, él va creciendo y convirtiéndose en el astro alrededor del que todos giran. Algunos, como el imponente Iván Calderón, fantástica pareja junto a Yaldá Peñas, o María Herrero, saben dejarse calar y consiguen brillar a su lado, haciendo que la partitura suene empastada y apetecible.

Una oportunidad de conocer a una compañía arriesgada y con muy buenas ideas que llevar a escena.

FICHA:

Título: Otelo Versión: Paco Montes (Sobre el texto de W. Shakespeare) Dirección: Paco Montes y Lucas Smint Elenco: Iván Calderón, Yaldá Peñas, Antonio Alcalde, María Herrero, Iñaki Díez y Óscar Varela Escenografía: José Helguera Iluminación: Luz E.T. Audiovisual: Raquel Rodríguez Espacio Sonoro: Un, Dos, Probando Vestuario: Pablo Porcel Ayudante de Dirección: Teresa Gago Espacio: La Puerta Estrecha

Categorías
Sin categoría

Ushuaia

Cada vez tengo más claro que el hecho teatral debe, sin excepción, inundarse de poesía. «Ushuaia», texto escrito por Alberto Conejero, la derrocha a borbotones. Con ella volvemos a viajar a través del imaginario de su autor que nos invita a adentrarnos en lo más profundo del bosque para susurrarnos historias de amor y culpa, ofreciéndose para descubrirs, ante el que quiera saber mirar, que bajo una primera capa que es la historia de una guerra no tan lejana y mil veces narrada, explora nuevamente el alma del ser humano, su conflicto íntimo, convirtiendo Ushuaia en un instante de redención de un alma gastada y extenuada de silencio.

El texto, de los primeros que descubrí de su autor, ha ido transformándose y evolucionando a lo largo de sus ediciones y ahora, en el Teatro Español, nos encontramos con su versión más madura, repleta de referencias y líneas de diálogo merecedoras de ser tatuadas en la memoria. Donde la intimidad del viaje interno de su protagonista, Mateo, prevalece sobre los acontecimientos históricos que son la excusa para mostrarnos el purgatorio voluntario por el que transita este corazón agonizante de culpa y desamor.

Mateo hace mucho tiempo que huyó de la vida, aislándose del mundo real, un lugar del que no se siente merecedor; por ello recala en Ushuaia, allí donde encuentra refugio y a la vez exilio de cuanto ama y detesta. Comienza a quedarse ciego y eso hace que el acecho de su pasado adquiera mayor nitidez, esa ballena blanca armada de una paciencia feroz, que aguarda a que llegue el momento en el que él mismo, rendido, se entregue definitivamente a las aguas de la memoria para hundirse en ellas hasta perderse en la sima más profunda de la que se siente merecedor.

La poética del montaje no solo habita en el texto de Alberto Conejero, el mismo cartel diseñado por Javier Naval ya contiene en una sola imagen toda la poesía que habita en el montaje dirigido Julián Fuentes Reta, quien también ha sabido reflejarla en su particular puesta en escena. La producción no ha escatimado en medios y han transformado el escenario del Español, gracias a la magia de la escenografía de Alessio Meloni y la iluminación de Joseph Mercurio, en ese fabuloso bosque de Ushuaia que enreda entre sus ramas la realidad y los ecos del pasado. El tema del cubo como elemento divisorio entre los dos mundos que conviven en la función me genera cierto conflicto, me parece muy acertado en según qué momentos, pero en otros me resulta excesivamente obvio y reiterativo.

No puedo hablar de las carencias o fallos de la puesta en escena, vi una previa y es lógico que haya desajustes en el montaje, siempre los hay, ya sabemos que se van subsanando con el transcurrir de las primeras funciones -El edificio necesita tiempo para aposentarse en sus cimientos- para eso están esas funciones. Eso sí, no puedo dejar de declararme férreo enemigo de los micrófonos en el teatro. En muy pocas ocasiones doy mi brazo a torcer y los tolero –Véase musicales, grandes aforos o espacios abiertos- pero en Ushuaia creo que son un elemento distorsionador que les juega a la contra, creo que condiciona las interpretaciones y la manera en la que el espectador percibe el fabuloso texto. Supongo que el motivo del uso de los micrófonos es el acertadísimo espacio sonoro creado por Iñaki Rubio, que es un protagonista más de la función y debe tener su presencia, pero no sé si hasta ese punto. ¿No sería mejor percibirlo y no tanto evidenciarlo? Yo al menos prefiero sentir su presencia, que de cuerpo y enfatice, a escuchar cada trino de pájaro que hayan incluido. En fin, es una elección como otra cualquiera que hay que respetar, pero los micros en teatro… ¡Ay!

En cuanto al elenco, me gustó encontrarme a un José Coronado entregado a un personaje muy diferente a lo que nos tiene acostumbrados. Este giro me recordó al que ya hizo en cine con «No Habrá Paz Para Los Malvados». Se agradece muchísimo que un actor arriesgue y trate de encontrar, a estas alturas de su carrera, nuevos registros a los que entregarse. Muchos deberían aplicarse el cuento, incluso algunos que no tienen una carrera tan dilatada.

Ángela Villar aporta la luz necesaria para que Ushuaia no se pierda en la densidad, la responsable del elemento más terrenal, el último nexo que le queda a Mateo con la realidad. Ángela aporta fragilidad, incluso humor, quizá tendría que confiar más para redondear esa estupenda Nina que estoy convencido logrará encontrar pasados los nervios de los primeros días.

Olivia Delcán posee el porte perfecto para dar vida a Rosa, ese animal desvalido que parece hacerse añicos y que, sin embargo, es quien más claro tiene su cometido. Habría que aflojar el hieratismo para dejar florecer, nunca mejor dicho, a esta mujer clave para entender completamente las fuerzas que mueven Ushuaia.

Y llegamos a lo que hace Daniel Jumillas en escena: Este actor tiene una energía tan positiva y generosa, juega tan a favor del montaje, da tanto significado a cuánto dice y hace en escena que no solo enriquece al Matthäuss creado por Conejero, sino que además tiene la virtud extra de ser capaz de levantar las escenas con su presencia, algo de lo que sus compañeros saben empaparse, dejándose arrastrar para que el conjunto adquiera el brillo que Ushuaia requiere.

Sin desvelar nada concreto, que para hacer crítica no es necesario reventar la función al lector, diré que los momentos que más disfruté y me emocionaron fueron  ese “paso a dos” con los teléfonos entre Nina y Matthäuss, o el encuentro definitivo entre Mateo, Rosa y Matthäuss, absolutamente conmovedor, o la poesía del instante en el que la «ballena blanca» se pierde en las profundidades arrastrándolo todo o la llegada definitiva de las sombras y la redención.

Ushuaia es una función y un texto a los que volver para seguir sumergiéndonos y descubriendo la fuerza de sus palabras.

FICHA:

Título: Ushuaia Autor: Alberto Conejero Dirección: Julián Fuentes Reta Elenco: José Coronado, Ángela Villar, Daniel Jumillas y Olivia Delcán Escenografía: Alessio Meloni Iluminación: Joseph Mercurio Vestuario: Berta Grasset Audiovisuales: Néstor Lizalde Música y espacio sonoro: Iñaki Rubio Ayudante de dirección: Jorge Muriel Espacio: Teatro Español

Categorías
Sin categoría

La Cocina

Un amasijo de hierros y fogones. «La Bestia» se despereza y comienza a confundir el frío metal, el calor del fuego y la carne de los hombres y de las mujeres que, arrastrados por una vida que les apremia, sobreviven como remeros en Galeras. «La Bestia» ruge, lanza bocanadas febriles mientras se pone en marcha, la tensión va en aumento. Una olla a presión. Se alimenta de los sueños y los anhelos, devora la humanidad, dejando las almas raquíticas, enquistando los sentimientos que quedan para luego, ¿para cuándo? Sin apenas tiempo para mirarse, reconocerse en los demás, más allá de los instintos primarios. La pasión como válvula de escape. Gritos, golpes, carreras, sudor y después: Nada. Tan sólo el silencio, la extenuación sudorosa, el sabor de la adrenalina en la boca, la satisfacción de seguir respirando. ¿Para qué? Para tener la certeza de que se sigue soñando y, de momento, sentirse vivo. Mientras «La Bestia» respire, la vida continúa. Mientras la vida continúa, «La Bestia» seguirá devorándonos.

Hay que estar muy loco o muy seguro para embarcarse en un macro-proyecto como es «La Cocina» de Arnold Wesker. Imagino que Sergio Peris-Mencheta cuenta con buenas dosis de ambas para sacar adelante un espectáculo como este, de trazas mastodónticas. Una máquina de precisión descomunal con un engranaje, entre lo humano y lo técnico, prácticamente perfecto. Digo «prácticamente» porque quizá lo que más flojee de este espectáculo es el texto, que no la palabra. Tal como Peris-Mencheta nos presenta el montaje, lo que interesa es lo físico, lo humano, el ver cómo los actores son capaces de crear ese enjambre que revienta de matices individuales, de pequeños detalles que darían para ver la función casi 26 veces, una dedicada a cada uno de los intérpretes.

El ritmo de la primera parte es trepidante, uno contempla cómo el escenario se llena de vida -Magnífica la asesoría de movimiento y clown de Chevy Muraday y Néstor Muzo- de historias a medio contar, de encuentros, de enfrentamientos, de mil acentos y hace similitudes entre la Inglaterra de los años 50, ahí es donde todo sucede, con nuestros días. -Hay que ver lo mal que se nos da avanzar y lo que nos esforzamos en involucionar- Razas, culturas, costumbres, se rozan, friccionan y se contonean; vidas condenadas a colaborar y entenderse aunque no siempre a comprenderse. El caso es que cuando te quieres dar cuenta, estás atrapado dentro de la vorágine; contemplando con perplejidad y con la boca abierta que la locura en escena es algo que está sucediendo de verdad, llenándolo todo de sorpresas y pequeñas golosinas que hay que saber descubrir, dependiendo de la grada donde te haya tocado, y que cuando frena, logran que el tiempo se detenga en seco con un murmullo de asombro. Ahí es cuando uno se acuerda que debe respirar.

Otra cosa es cuando la tempestad da paso a la calma y el texto cobra más peso. De repente los ritmos cambian, los tempos se estiran y las escenas se prolongan (para mi gusto en exceso), Wesker da muchas vueltas para al final sólo contar fragmentos de vidas, nunca llega a cerrar las tramas. Quizá, y digo «quizá» porque tan sólo es mi apreciación, si se condensara y recortara, calarían más profundamente e hilarían con más firmeza, aumentando la empatía con los personajes y haciendo de la excitación del inicio un estupendo contrapunto a las emociones que deberían desprender esos anhelos y esos sueños del después, del instante humano que «La Bestia» permite antes de rugir de nuevo.

Aunque de desigual resultado, hay papeles que no dan para mucho más y otros que se quedan por el camino, el trabajo actoral en líneas generales es fantástico. Lo que no se puede negar es que todos se dejan el pellejo en escena, todos pelean a una y eso se deja ver en la prodigiosa partitura rebosante de ritmo y vida que llevan a cabo. El trabajo con los acentos es, en algunos casos, una delicia y la gestual es asombrosa, logran la magia en el espectador, haciéndonos ver cómo manejan la comida, cómo lo elaboran y cómo lo cocinan sin tenerla físicamente presente, ¡hasta se huele!

Es complicado repasar las interpretaciones, pero sin duda me quedo con la pasión y la potencia de Xabier Murua que se roba la función, a pesar de lo coral, con su macho Alfa y la tensión que genera junto a Víctor Duplá, que logran los momentos más potentes de esta olla a presión, o el pinche repleto de energía de Ricardo Gómez, el trabajo con sus acentos es para enmarcar; también me pareció fabuloso el trabajo constante de los reposteros, la encargada de las verduras o el Segundo de Cocina: Javivi Gil, Mario Tardón, Paloma Porcel y  Patxi Freytez respectivamente.

Ya digo que el mayor handicap que le encuentro a «La Cocina» es precisamente el texto, que se extiende excesivamente para lo que pretende contar. Sin embargo la puesta en escena y la labor actoral son de 10. Quizá lo descomunal, tanto del espacio como del libreto, se comen lo íntimo y es por eso que salí fascinado, apabullado, encantado de haber podido verla, pero no emocionado.

Por cierto, todo mi apoyo a los trabajadores que están dejándose la piel en los escenarios del CDN porque, sin faltar a una sola de las representaciones, están demostrando su profesionalidad levantando el telón todos los días sin cobrar por su trabajo. Es de vergüenza que esto esté pasando, y más en los teatros públicos.

FICHA:

Título: La Cocina Autor: Arnold Wesker Dirección: Sergio Peris-Mencheta Elenco: Silvia Abascal, Roberto Álvarez, Fátima Baeza, Aitor Beltrán, Almudena Cid, Víctor Duplá, Patxi Freytez, Javivi Gil Valle, José Emilio Gimeno, Ricardo Gómez, Pepe Lorente, Óscar Martínez, Natalia Mateo, Xabier Murua, Diana Palazón, Paloma Porcel, Ignacio Rengel Lucena, Xenia Reguant, Nacho Rubio, Alejo Sauras, Marta Solaz, Romans Suárez-Pazos, Mario Tardón, Javier Tolosa, Carmen del Valle y Luis Zahera Escenografía: Curt Allen Wilmer Iluminación: Valentín Álvarez Vestuario: Elda Noriega Espacio Sonoro: Pablo Martín  Jones y Héctor García Movimiento: Chevy Muraday Clown: Néstor Muzo Voz: Óscar Martínez Ayudante de Dirección: Víctor Pedreira Fotos: marcosGpunto Lugar: Teatro Valle-Inclán

Categorías
Sin categoría

#Malditos16

Madrid tiene la suerte de que, después de tres años de gira, #Malditos16 de Nando López regrese a sus escenarios y volver a enfrentarnos de nuevo al vértigo de la adolescencia, a su lado más oscuro y doloroso.

Tras ver la función, uno se marcha a casa pensando en ella, en ese cuarto cerrado de nuestra vida que muchos hemos dejado medio olvidado ¿involuntariamente? y que, gracias a esta función dirigida por Quino Falero, volvemos a permitir que sus puertas se entreabran para dejar pasar algo de luz. ¿Volvería a mis 16? Pues la verdad que no lo sé, creo que he querido borrar lo más traumático y me asusta escarbar ahí, pero quizá haya que hacerlo para saber comprender mejor quiénes somos y quiénes nos rodean; y, quizá lo más importante, tenerlo bien presente para utilizarlo como experiencia para quien lo pudiera necesitar…

La mirada de frente que ofrece #Malditos16 es terriblemente necesaria y nos recuerda que no hay que volver a lo de siempre, a las excusas como «Son cosas de la edad» para sacudirnos los problemas de los adolescentes, ya sea por miedo o por indiferencia. No somos conscientes que, sin quererlo, condenamos al silencio, cargamos de culpabilidad a quienes no se lo merecen, incluso manejamos involuntariamente sentencias de muerte.

¿Suena tremendista? Quizá, pero es que la adolescencia es así, se alimenta de eso, lo que pasa que ya no queremos acordarnos de ello y ahí es donde erramos fatídicamente. Y ahí es donde el trabajo de toda la compañía, con Nando y Quino a la cabeza de un reparto conformado por David Tortosa, Rocío Vidal, Guillermo de los Santos, Manuel Moya, Juan de Vera, Andrea Dueso y Paula Muñoz, adquiere su mayor importancia, dando un paso al frente con compromiso y valentía, implicándose en poner en pie esta función, instándonos a reflexionar y provocando que queramos saber ser un poquito mejores.

Hay que mirar un poco más a nuestro alrededor e intentar pararnos a observar, comprender y detectar; a leer en los ojos y dejar la pasividad del «todos hemos pasado por eso» y tratar de tender una mano de la forma que mejor sepamos. ¿A quién no le hizo falta alguien así alguna vez? Pues sepamos ser eso que alguna vez necesitamos.

Texto publicado en Teatro Madrid

Categorías
Sin categoría

Todo El Tiempo Del Mundo

La memoria es un ser maravilloso, mezquino y bastante caprichoso que nos hace ser quiénes somos y modifica quienes fuimos y quienes seremos. Surge cuando menos se la espera, se esconde o se muestra a medias, a saltos, a golpes, a besos, a lágrimas y nos sitúa en lugares.

Pablo Messiez, como buen explorador de almas que es, ha hecho de la memoria de su familia un canto al amor: «Todo el tiempo del mundo». Un instante donde de golpe se unen presente, pasado y futuro. Donde se entrelazan y conviven, donde se encuentran y se sostienen la mirada.

La acción se sitúa en la zapatería de señoras de Flores -Exquisita escenografía de Elisa Sanz envuelta por la delicada luz de Paloma Parra– Es hora de cerrar y, como si de un sortilegio o fruto de un ensimismamiento fuera, los recuerdos, la memoria, lo que es, será y fue, junto a todos los tiempos verbales del ser, se dan cita y celebran un encuentro allí mismo, para reconciliarse y recordar el tránsito por la vida. Un juego en el que el tiempo se detiene y a la vez estalla como una bomba de racimo, mil fragmentos que se miran a los ojos por primera vez y coinciden en un mismo instante. La oportunidad de encontrarse para acariciarse una vez más, siendo quienes realmente son, ocupando por primera vez el lugar que les correspondía. Y al suceder esto uno no puede evitar emocionarse y reírse, porque en «Todo el Tiempo del Mundo» uno se ríe mucho y con ganas, y se da cuenta de lo sencillo que es decir las cosas cuando realmente se sienten.

«Todo el Tiempo del Mundo» es la celebración del encuentro con lo bello que reside en las palabras de Pablo Messiez, que a veces brotan de los labios, a veces de los ojos, o de la piel. Esas palabras que nos recorren, nos estremecen y emocionan por la pureza con la que brotan y que acaban por quedarse a vivir acurrucadas en el corazón. Palabras que necesitan de cuerpos para respirar, cuerpos como los de Íñigo Rodríguez-Claro, María Morales, Javier Lara, Carlota Gaviño, José Juan Rodríguez, Mikele Urroz y Rebeca Hernando. Seres bellos, generosos, que se funden y se diluyen para florecer como esa familia entretejida en lo mágico del existir. Salí enamorado de todos ellos, entregado, y me hubiera encantado al terminar la función poder bajar de la grada y abrazarlos uno a uno, así, un rato largo, a modo de agradecimiento por regalarnos ese pedacito de felicidad emocionada que han creado con esta función. Por hacernos mirar hacia adentro con esa ternura, logrando esa reconciliación que acontece en escena con uno mismo y hacernos sentir tan especiales.

Hay mil frases y momentos con los que quedarse, de los que se agolpan en la garganta para ser llorados o reídos, parlamentos que uno querría guardarse para sí mismo, reacciones que tocan de manera muy especial y que incluso hoy, pasados los días y tras ver la función dos veces, se me arremolinan en el pecho y me hacen emocionar.

«Todo el tiempo del mundo» es un beso apasionado entre el comienzo y el final para dejarse renacer.

¡Gracias!

FICHA:

Título: Todo el tiempo del mundo Dramaturgia y Dirección: Pablo Messiez Elenco: Íñigo Rodríguez-Caro, María Morales, Javier Lara, Carlota Gaviño, José Juan Rodríguez, Mikele Urroz y Rebeca Hernando Luces: Paloma Parra Escenogrfía y Vestuario: Paula Castellanos Maquillaje y Peluquería: Marisa Martínez Ayudante de Dirección: Javier L. Patiño Producción: Buxman Producciones y Kamikaze Producciones Lugar: Naves del Español – Matadero (Sala Max Aub)

Categorías
Sin categoría

Miguel de Molina al Desnudo

Algo más de dos años han pasado desde que pude asistir a la primera representación de “Miguel de Molina al Desnudo”. Recuerdo aquel ensayo general en Leganés como algo mágico, como un regalo. Lo que Ángel Ruiz, César Belda y Juan Carlos Rubio pusieron sobre las tablas ya poseía las trazas de una joya teatral que tan sólo estaba dando sus primeros pasos. Salí fascinado, enamorado del personaje, de Ángel y de la copla que, hasta ese momento, me era completamente indiferente. Tanto que hizo que volviera en más ocasiones. Auguraba un exitazo brutal a este espectáculo. Siempre que me pedían un título como lo mejor del año lo recomendaba porque “Miguel de Molina al Desnudo” es un trallazo teatral se mire por donde se mire y, consideraba y sigo considerando, que tendría que estar reventando la taquilla noche sí y noche también.

Las circunstancias que fueran, que las desconozco, hicieron que este espectáculo no tuviera la vida que se merecía y poco a poco su luz se fue debilitando, hasta que hace unos meses el titilar de esa luz que parecía a punto de extinguirse, comenzó a cobrar fuerza de nuevo. El caso es que desde Octubre goza de una segunda vida en el Teatro Rialto de Madrid.

Esta nueva etapa de «Miguel de Molina al Desnudo» cuenta con un nuevo integrante en la dirección: Félix Estaire, quien se ha centrado en la teatralidad y la poesía del espectáculo como línea directa al corazón del espectador; eso sí, la esencia y la magia de Ángel Ruiz en escena y la sobresaliente dirección musical de César Belda se mantienen intactas para que esta delicia teatral pueda llegar a nuevos espectadores y regresar a los que ya la habíamos podido disfrutar con la frescura de aquella primera ocasión de la que os hablaba.

Es una alegría poder volver a gozar de la grandiosidad de un artista como Ángel Ruiz -Aunque parezca mentira es una Rara Avis de nuestra escena- que generosamente presta su cuerpo y su talento para dejarse desaparecer cada noche y que el alma de Miguel de Molina suba nuevamente a las tablas y vuelva a revolotear para nosotros entre anécdotas y canciones, brillando y encajándose en el alma como un clavel reventón en la solapa. Un ejercicio inconmensurable, repleto de emoción cantada y contada, que nos encandila y que hace de la hermosura, el dolor y la pasión todo un viaje por la memoria de nuestra cultura y nuestro país.

No sé cuánta vida volverá a tener este regreso -¡Espero que mucha!- al menos la suficiente para que todos aquellos que anteriormente la miraron con la ceja levantada a causa de cualquier tipo de prejuicio, se dejen llevar y descubran lo que es hacer magia sobre un escenario a golpe de talento y emoción.

Y saliéndome un poco de todo y para finalizar esta crónica: ¿Os imagináis la carga emocional que podría contener este espectáculo sobre las tablas del Pavón?… Señores de LaZona, Señores Kamikaze, ¿no sería bonito que Miguel de Molina pudiera recibir, al fin, la ovación del público allí donde se la robaron?

FICHA:

Título: Miguel de Molina al Desnudo Autor: Ángel Ruiz Dirección: Félix Estaire Elenco: Ángel Ruiz Dirección Musical y Piano: César Belda Vestuario: Guadalupe Valero Iluminación: Juanjo Llorens Escenografía: Lúa Testa Diseño Cartel y Fotografía: Javier Naval Ayudante Dirección: Andrea Levi Lugar: Teatro Rialto

Categorías
Sin categoría

Sole Sola

En «Sole Sola», texto escrito por Carlos Crespo, regresamos a la temática del postureo, las redes sociales y sus consecuencias -Curiosamente son temas recurrentes en las últimas crónicas que he publicado por aquí- En esta ocasión nos adentramos en el mundo de Sole, una Youtuber de éxito, con miles de seguidoras (y un seguidor) atentos a sus consejos de belleza. Lo que no saben sus seguidoras es que bajo esa imagen alegre y chispeante de su Vloggera favorita se esconde un alma dolida y resentida que está perdida entre envidias y sueños incumplidos, que pelea con uñas, dientes y cualquier tipo de artimañas por seguir a flote… Quizá sea el momento de aceptar su fracaso…

Así dicho parece que cuando vayamos a ver «Sole Sola» nos vamos a topar con un dramón, ¡nada más lejos de la realidad! Esta función dirigida por Natalia Mateo es una comedia que supura mala leche y acidez por sus cuatro costados. Una comedia que, aprovechando la bilis que domina a su protagonista, nos muestra el otro lado del espejo, o mejor dicho el otro lado de la pantalla, de lo que vemos en nuestras redes sociales; la realidad que se esconde tras esos estados de ánimo «buenrolleros» en Facebook, esos comentarios repletos de palabras amables y emoticonos sonrientes. «Sole Sola» retrata lo que sucede cuando la cámara se apaga tras frases llena de positivismo como con la que rubrica sus consejos nuestra protagonista: «Deditos arriba». Puro postureo, un juego al que todos nos entregamos.

Una comedia rabiosa, de dientes apretados y lágrimas que se desbordan involuntarias. Un «Me cago en la puta» gritado desde la frustración. «Sole Sola» está llena de actos desesperados, irreflexivos. Está cargada de todas esas cosas que cualquiera de nosotros haría cuando la ira nos domina, pero que jamás confesaríamos ante nadie. Nos muestra la bajeza a la que podemos llegar cuando vemos que nuestros sueños están destinados a otros: ¿Por qué la vida me trata así? ¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¿Por qué todas las cosas buenas les pasan a los demás? Sole es el equivalente humano al Coyote que en vez de utilizar artilugios marca ACME, se sirve de Ebay y cuanta tecnología se encuentre a su alcance… ¿Lo malo? Que ya sabemos cómo funcionan los trastos en manos del Coyote, ¿no? Un personaje potente, políticamente incorrecto, rastrero, sucio y desesperado, con el que acabamos por identificamos precisamente por ser así, porque todos en alguna ocasión nos hemos entregado a esa misma mezquindad con la que Sole actúa, o al menos hemos querido hacerlo.

Úrsula Gutiérrez es la encargada de asumir el reto de soportar sobre sus espaldas un monólogo como el escrito por Carlos Crespo, en el que el personaje se mueve en diferentes planos, manteniendo su soliloquio a la vez que finge escenas con otros personajes y se comunica a través de su PC. Úrsula entra en la función algo titubeante, insisto en lo que ya he dicho muchas veces: Lo de hacer una sola función a la semana no ayuda, y eso se traduce en que el texto no termina de fluir con la naturalidad que debería, pero poco a poco se envalentona y tira con el personaje, ganándose nuestro favor, y es que todos nos sentimos que somos los antagonistas en la vida, como ella.

Sole es un bombón de personaje, que se puede permitir muchas licencias y cuanto más al límite lo colocan, más atractivo resulta. A mí el cuerpo me pedía que Natalia Mateo hubiera querido rizar el rizo y, ya que Sole se mete en el fango hasta las cejas, se la hubiera llevado aún más al terreno de lo soez y lo escatológico como subrayado a esa amargura coplera tan acertada. Creo que el final hubiera sido una catarsis magistral. Solo es una opinión, pero creo que Sole da para ello.

«Sole Sola» es un divertido paseo por ese lado ruin de la vida, es como quitarse el corsé y respirar profundamente nuestro fracaso a golpe de carcajada.

FICHA:

Título: Sole Sola Autor: Carlos Crespo Dirección: Natalia Mateo Elenco: Úrsula Gutiérrez Escenografía: Javier Cala Maquillaje y peluquería: Chus Reyes y Virginia Hernández Producción: Edu Díaz Lugar: Teatro Lara (Sala Lola Membrives)

Categorías
Sin categoría

Cómo Amar al Ministro de Cultura

Tres culturetas de medio pelo que quieren comerse el mundo a golpe de postureo, se trasladan del pueblo a la ciudad. Arrancan con una vida rebosante de tópicos, sumándose a lo que ven y al estilo de vida que, se supone, les rodea. Tres almas inocentes, deslumbradas, que se dan de bruces con una realidad que tira por tierra todas sus ilusiones y que les obliga a encontrar un remedio «a la desesperada». Esta es la premisa desde la que parte «Cómo Amar al Ministro de Cultura», una función escrita por Enrique Olmos de Ita, reflejo del estado actual en el que se encuentra la sociedad y, sobretodo, la cultura. Un retrato en clave de esperpento moderno, de juego de comedia gamberra, delirante y muy pasada de vueltas.

«Cómo Amar al Ministro de Cultura» es la nueva propuesta que nos trae la compañía El Hangar que, tras su anteriores montajes, que aún siguen vivos, «Pedro y El Capitán» y «La Noches Justo Antes de los Bosques»; ahora optan por la comedia sin dejar de la lado el teatro de crítica social, rasgo que ya los define como compañía. En esta ocasión han contado en la dirección con la visión de Chiqui Carabante, de quien ya sabemos, a través de sus trabajos desde el Club Caníbal, lo que le gusta andarse por el filo de lo políticamente correcto y trabajar propuestas no recomendadas para cualquier paladar.

Una función de trazo grueso, nada complaciente, que habla del estúpido empeño en las apariencias huecas, de la desesperación del oprimido, de lo poco que hemos evolucionado política y socialmente e incluso juguetea con el «cuñadismo» y que critica la política cultural a golpe de sorna; de personajes estereotipados y caricaturescos bien jugados por Antonio Aguilar, Luis Miguel Molina Rincón, Mónica Mayén y Chete Guzmán, que se entregan al delirio desatado que Chiqui Carabante propone; sobretodo Chete Guzmán, quien se da a su personaje de una manera que estremece; aún dudo si lo que vi es fruto de un magistral ejercicio de control físico y escénico o de un, peligroso, descontrol de energías, pero a mi me tuvo con el alma en vilo durante todo su desvarío.

«Como Amar al Ministro de Cultura», a pesar de su tono enloquecido, pretende volar lejos de la comedia de carcajeo irreflexivo. Quizá la función se pierde en favor de ese desbarrar del Ministro de Cultura, que es un poco la caja de fuegos artificiales de la función, y se olvida de sacar un poco más de punta a esos tres desgraciados que tienen mucha más «chicha» de la que lucen, dejándome una sensación final de cierto emborronamiento. Una función divertida, de momentos reseñables como el instante del teléfono erótico, magnífico, o cualquiera de las experiencias narradas por sus tres protagonistas que es donde reside el verdadero brillo de este montaje, ese alma de sabor amargo que porta esta comedia.

FICHA:

Título: Cómo Amar al Ministro de Cultura Autor: Enrique Olmos de Ita Director: Chiqui Carabante Elenco: Antonio Aguilar, Luis Miguel Molina Rincón, Mónica Mayén y Chete Guzmán/José Emilio Vera Escenografía: Walter Arias Iluminación: Nerea Castresana Producción: Compañía El Hangar en colaboración con Diputación de Córdoba y Teatro Nueve Norte Lugar: Teatro Nueve Norte.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar