Categorías
Alberto Jimenez Corinna Fiorillo El Arquitecto y El Emperador de Asiria Fernando Albizu Fernando Arrabal Matadero Teatro Español

El Arquitecto y El Emperador de Asiria

Título:
El Arquitecto y El Emperador de Asiria

Autor:
Fernando Arrabal

Lugar:
Naves del Español-Matadero 
(Sala Max Aub)

Elenco:
Fernando Albizu (El Emperador de Asiria)
Alberto Jiménez (El Arquitecto)

Iluminación:
Soledad Ianni

Vestuario:
Gabriela A. Fernández

Escenografía:
Norberto Laino

Música y Espacio Sonoro:
Rony Keselman

Dirección:
Corinna Fiorillo

Hace una semana pude asistir al estreno de «El Arquitecto y El Emperador de Asiria», un texto de Fernando Arrabal que a penas si se ha podido ver sobre los escenarios españoles y que recorre de cabo a rabo gran parte de las filias y fobias de este autor. Un texto que nos habla de lo que uno es y lo que anhela ser, de cómo uno dentro de su propio deseo o ambición cae siempre en las mismas trampas, en los mismos miedos y traumas, repitiendo una y otra vez los mismos aciertos y los mismos errores, como si el destino no fuera a ser nunca, si no que se tratara de una búsqueda continua en la que nos hayamos atrapados. 
Una nueva ocasión, tras «Pingüinas», que el Teatro Español con Juan Carlos Pérez de la Fuente al frente de su Dirección Artística, nos propone adentremos en el universo de este dramaturgo, en el que o entras de cabeza o quedas fuera sin miramientos. Y yo, sinceramente, me quedo fuera. Es cierto que su lirismo tiene mucho de fascinante, que su humor es gamberro y juguetón, que está lleno de impertinencias que me divierten, que sus reflexiones son punzantes y calan, que sus salidas de tono son sorprendentes más allá de cuánto tiempo haya pasado desde que se escribieron, pero nunca llego a engancharme, se me escapa, yéndose lejos y perdiéndose en el horizonte del intelecto. Para mi ver una función de Arrabal es como quedar para correr con un corredor profesional e intentar seguirle el ritmo, los primeros metros lo hago encantado, incluso me parece fácil, pero enseguida me quedo sin fuerzas -falta de entrenamiento, supongo- y veo como se aleja cada vez más y más lejos; acelero el paso para no perderle de vista, pero llega un momento que me falta el resuello y dejo de correr, exhausto, rendido y aburrido de intentar alcanzarlo, sabiendo que es imposible y dándome por vencido. Pues lo mismo me pasa con Arrabal, yo lo intento, creo que es un autor con el que hay que esforzarse y eso me gusta porque no quiero que me den todo masticado, pero su complejidad acaba por extenuarme y termino por tirar la toalla…
Hace mucho tiempo que entendí que por mucho que me guste el teatro, no todo el teatro me puede gustar, pero no por ello voy a dejar de verlo y valorarlo, y lo que en esta función hacen Fernando Albizu y Alberto Jiménez es digno de aplaudir con admiración. Ya lo dije por las redes sociales, son dos bestias pardas de la escena, y aquí lo dejan bien claro.
El montaje que propone la directora argentina Corinna Fiorillo es un delirio que pone a prueba a sus dos intérpretes, haciéndoles correr, bailar, cantar, chillar, enseñar el culo, hacerse y deshacerse, insinuarse, adorarse y devorarse, ser uno y después otro, o ser los dos uno, depende dónde, cómo y cuándo, y todo ello en a penas 70 minutos de función. Sin embargo es tal la locura en escena que todo acaba pareciendo un batiburrillo desquiciante que no deja entrar en la propuesta, como querer alcanzar con los dedos algo a través de las aspas de un ventilador… 
A mí me resultó imposible.
Categorías
Andrés Herrera Bernard-Marie Koltès Julio Manrique Laia Marull María Rodríguez Matadero Oriol Guinart Pablo Derqui Roberto Zucco Rosa Gámiz Teatro Xavier Boada Xavier Ricart

Roberto Zucco

Título:
Roberto Zucco

Autor:
Bernard-Marie Koltès

Lugar:
Matadero – Naves del Español

Elenco:
Pablo Derqui
Laia Marull
Andrés Herrera
María Rodríguez
Xavier Boada
Rosa Gámiz
Xavier Ricart
Oriol Guinart

Esenografía:
Sebastià Brosa

Iluminación:
Jaume Ventura

Vestuario:
María Armengol

Traducción:
Cristina Genebat

Dirección:
Julio Manrique

El pasado miércoles acudí al Matadero con las espectativas por las nubes. Este montaje de Roberto Zucco viene avalado por un gran éxito la temporada pasada en Barcelona y eso siempre me llena de curiosidad.
Tenía ganas de descubrir qué era eso que tanto había gustado; siempre he oído hablar de esta obra, aunque nunca la había visto en escena y tenía muchas ganas de sacarme esa espinita… Y eso que no me gusta dejarme llevar por los entusiasmos exagerados, por los gritos de júbilo de las redes sociales, sobretodo porque eso se desinfla a la primera de cambio, en cuanto no veo los fuegos artificiales que deslumbraron a todo el mundo y me estropea la función.

Es cierto que Roberto Zucco es puro lirismo abierto en canal, escuchar las palabras de sus personajes provocan un desasosiego desconsolado en el alma que es difícil de deshacer tras salir del teatro.
Desde el mismo momento que oímos el nombre del protagonista, comienza a respirarse algo insano en el ambiente. Mientras veía la función llegué a la conclusión de que Roberto Zucco es un virus letal que lo infecta todo, en el momento que se entra en contacto con él la vida se pudre, se llena de un olor dulzón que al comienzo parece agradable, pero en el momento que te aproximas para averiguar qué es, la peste te inunda para no soltarte mas.
Un texto Bernard-Marie Koltès lleno de violencia, de rabia, donde las palabras rezuman una brutalidad descarnada que te dejan destruido y que describen un microcosmos sin esperanza, lleno de sordidez e infelicidad de la que es imposible liberarse; haciendo que cualquier atisbo de posibilidad de escape se convierta en atractiva, aunque esa posibilidad sea abrazarse a un asesino sin escrúpulos como Zucco. Si a esto le añadimos una escenografía tan cinematográfica y el ambiente que el propio matadero otorga a cuanto allí se representa, uno no tiene que hacer demasiados esfuerzos para sentirse en ese suburbio desolador en el que todo transcurre.
Pablo Derqui compone un espeluznante Roberto Zucco. Tiene algo en su forma de interpretar que asusta y seduce a partes iguales. Es capaz de hacernos sentir lo que sus víctimas sienten cuando están ante él. Somos como esos ratoncillos que husmean a la aparentemente apacible serpiente y que cuando se confían, ya es demasiado tarde para deshacerse del abrazo mortal, pero siendo aún suficientemente conscientes como para saber y sufrir nuestro agónico destino.
Pero no solo eso, además es tan disfrutable su control corporal, el ver cómo maneja las emociones a su antojo, que resulta hipnótico. Pocos actores he visto tan próximos al público y que me hayan hecho sentir tan intranquilo en mi butaca.

No así me sucedió con sus compañeros, a los que vi pasados de vueltas. Las interpretaciones del resto del elenco, a excepción de María Rodríguez como la hermana pequeña que me hizo sentir parte de su amargo viaje, me parecieron excesivamente sobreactuadas y fuera de sintonía en comparación con lo que Derqui nos regala…
La sobrepasada intensidad de la mayoría me hizo pasar en pocos minutos de un posible intento de empatía a querer que desaparecieran de escena, y ya siento tener que decir esto.
Después, en casa, rumiando en mi cabeza las sensaciones que me provocó la función, pensé que quizá el director, Julio Manrique, quisiera utilizar estos códigos tan alejados para mostrarnos que esa es la visión que el propio Roberto Zucco tiene de los personajes que le rodean dentro de su mente enferma; entonces sería justificable e incluso interesante. Porque no puedo negar que en momentos sentí cierta fascinación al contemplar como encarnaban todo ese amplísimo abanico de personajes; pero si esta fue la propuesta, no supe captar el momento en el que se nos diera la clave para entender que esto fuera así… Haciendo que no llegara a entrar en la historia.

En definitiva, un placer descubrir este texto de Bernard-Marie Koltès, que en mi inmensa ignorancia aún lo tenía pendiente de conocer, y ese lirismo lacerante que me embelesó y, por supuesto, descubrir y sentir la cautivación por un monstruo del escenario como es Pablo Derqui, mas allá de su personaje; lástima que fuera envuelto en algo que no me llegó a convencer o que no supe entender.

Categorías
Ainhoa Santamaría Alberto Castrillo-Ferrer Alistair Beaton Feelgood Fran Perea Javier Márquez Jorge Bosch Jorge Usón Manuela Velasco Matadero Teatro

FEELGOOD

Título:
Feelgood

Lugar:
Naves del Español. Matadero

Autor:
Alistair Beaton

Traducción:
Alicia Macías

Elenco:
Javier Márquez (Alex)
Fran Perea (Edu)
Ainhona Santamaría (Marta)
Jorge Bosch (Max)
Jorge Usón (Simón Pik)
Manuela Velasco (Elisa)
Carlos Hipólito (Presidente – Vídeo)
Gloria Muñóz (Delegada – Voz)

Iluminación:                                         Espacio Sonoro y Música Original:      
The Blue Stage Family                       David Angulo                                         

Vestuario:                                            Escenografía:          
Marie-Laure Bénard                          Uxua Castelló

Dirección:
Alberto Castrillo-Ferrer

Es complicado hablar sobre «Feelgood» y no caer en la tentación de escribir un discurso que suene a «panfletillo» contra la clase política. Es tal la sensación de indignación y sobrecogimiento con la que uno sale de la Sala 2 del Matadero, que no sabe si le dan mas ganas de volver a acampar en Sol y seguir con el espíritu del 15M con mas fuerza que nunca o marcharse a casa rendido, sabiendo que por mas que nos dejemos la piel lanzándonos a la calle, seguiremos sin importarles un carajo a los de ahí arriba.
Y es que la historia que Alistair Beaton nos viene a contar es algo que todos sospechamos que puede estar ocurriendo en los despachos de la gente que nos gobierna ¡y pensar eso es aterrador! porque si ya uno mismo se crea sus propias paranoias con estas cosas, que vengan a plasmarlas en obra teatral y que te las confirmen, es como para volverse loco.
¡Ojo! Todo esto que cuento que suena tan tremendo, está pasado por el filtro de la comedia, haciendo que uno pase un rato absolutamente divertido, viendo esta sátira política que viene de la mano de Alberto Castrillo-Ferrer y un equipo de actores que hacen que la carcajada esté asegurada.
La obra viene a contarnos las horas previas al discurso del presidente del gobierno, de un país indeterminado, ante los miembros de su partido. Son momentos en los que el descontento en las calles está alcanzando unos niveles de tensión bastante peligrosos y la prensa anda husmeando en lugares que pueden afectar al equilibrio interno del gobierno; con lo que el equipo de asesores del presidente andan como locos intentando salvar una situación que se les escapa de las manos.
Un retrato despiadado y desternillante de lo que posiblemente se cueza en los despachos de los altos mandatarios que, aunque suene a descabellado, uno no puede dejar de sospechar que sea cierto. De hecho uno no se ríe en esta obra porque las situaciones que se plantean sean sorprendentes, si no porque uno ve reafirmadas sus propias sospechas y ve reflejado en muchos momentos a la clase política que existe en nuestro país. Una trama llena de mentiras, de chantajes, de manipulaciones, de estrategias que está a la orden del día y que lanza cuchilladas al politiqueo mas grotesco y, por ende, mas peligroso que vive gobernándonos.
Pienso que es una función necesaria y con una forma de contarlo muy acertada. No es necesario que siempre que se hable de ciertos temas haya que ponerse intenso, muchas veces funciona mejor el provocar una buena carcajada en el espectador y que en un momento dado se le quede atravesada en la garganta para conseguir el efecto deseado, y desde luego que la gente que ha hecho posible «Feelgood» lo ha conseguido.
Alberto Castrillo-Ferrer logra un tempo agotador durante toda la función. Situaciones que ocurren a la velocidad de la luz, que incluso en ocasiones suceden al mismo tiempo, pero que están tan bien hilvanadas que consigue centrar la atención del espectador en el lugar deseado.

Del reparto no puedo mas que decir que están impresionantes, y no lo digo por utilizar un calificativo grandilocuente, si no que es así como los sentí. Me impresionó y me sorprendió, gratamente, la aspereza de Fran Perea con un personaje tan detestable como ese Edu o Jorge Bosch, que tras verle en Babel, nos regala un personaje como este, tan amoral y despreciable que arranca carcajadas, pero que a la vez vemos tan posible dentro de la fauna política que nos rodea.
De Manuela Velasco me gusta mucho la intensidad que tiene en su mirada y en lo que transmite, aunque es cierto que en algún momento temí que se le fuera de las manos esa fiereza, pero supongo que eso es precisamente lo que hace que su duelo con Fran Perea sea tan electrizante.
A Jorge Usón le he visto en dos funciones en menos de dos meses y solo puedo decir que me declaro un fiel admirador. Tanto en el «Cabaré» que hizo en el Alfil como ahora, da buena cuenta de lo poderosa que es su presencia en escena y el dominio tan potente que tiene sobre la comedia. Admiro a los actores que hacen que todo fluya con sencillez en escena.
Tanto Ainhoa Santamaría como Javier Márquez son mis dos descubrimientos de esta función y me apetece mucho seguirles la pista. Hacen un gran trabajo transmitiendo esa tensión tan brutal, que les desborda y les aliena de una manera tan aterradora.
Aún quedan dos semanas para que podáis ir a ver esta función. Os la recomiendo porque como digo, aunque trata con rotundidad el tema de los entresijos de la política actual, lo hace a ritmo de comedia y eso, que queréis que os diga, se agradece enormemente.
Una función que hace sangre con su comedia y que pone los pelos de punta; no porque sorprenda lo que cuenta si no porque corrobora lo que todos tristemente pensamos de la gente que tenemos en el poder.
Categorías
Antigona Berta Ojea Carlos Dorrego David Kammenos Jean Anouilh Matadero Najwa Nimri Nico Romero Ramón Garu Rubén Ochandiano Sergio Mur Teatro Toni Acosta

Antígona

Título:
Antigona

Lugar:
Naves del Español – Matadero

Autor:
Jean Anouilh

Elenco:
David Kammenos
Najwa Nimri
Berta Ojea
Toni Acosta
Sergio Mur
Rubén Ochandiano
Nico Romero
Ramón Grau (Piano)

Iluminación:
Juan Gómez-Cornejo

Espacio Escénico:
Shiloh Garrel

Vestuario:
Berta Grasset e Iratxe Sanz

Versión y Dirección:
Rubén Ochandiano
Carlos Dorrego

Hasta ahora, acudir al Matadero siempre ha sido sinónimo de ver montajes que se salen de lo corriente; confieso que eso me estimula y me encanta. A veces han sido mas acertados y otras menos, pero saber que la función que uno va a ver no es lo que uno tiene en la mente, apetece.
Así sucede con esta «Antígona» dirigida y adaptada por Rubén Ochandiano y Carlos Dorrego, que desde que vi ese diseño de cartel realizado por Iago Martínez ya despertó mi curiosidad.
¡Qué espacio tan increíble el de la Sala 1 de Las Naves del Matadero! Con tantas posibilidades y a la vez tan amenazador en su inmensidad. Un espacio que invita a que los creadores derrochen imaginación en sus propuestas. Un espacio que con «Antígona» está muy bien jugado. 
Aunque me siguen molestando los micrófonos y lo siento, sé que en espacios tan enormes son necesarios, pero me despistan mucho y en ocasiones me sacan de la función.
Me llamó mucho la atención lo actual del texto, como las palabras escritas por Jean Anouilh siguen tan alarmantemente vigentes. Casi parecía que estuvieran escritas y encajadas a propósito en el montaje. Tan llenas de significado en estos tiempos que corren y  muy bien aprovechadas por Ochandiano y Dorrego, que las utilizan como látigo castigador ante una actualidad tan putrefacta como el cadáver de Polinice
Un texto que, aún sin haber visto Antígonas anteriores, el espectador va a poder saborear con todo el sentimiento que el libreto guarda dentro.
Me encanta la poética utilizada en el montaje, cómo se han dibujado los personajes y como los han absorbido cada uno de los actores, cómo se ha creado una atemporalidad acorde con lo que se muestra y con la denuncia ante el estancamiento en el que nos sumimos la sociedad y los seres humanos  (¡cómo!) . Una poética a veces dulce y otras rematadamente grosera, pero siempre apropiada.
Una serie de personajes ricos en matices y tan bien dibujados que resultan hipnóticos tanto en conjunto como por separado y que llenan su universo de detalles que ayudan a que «Antígona» sea siempre una, pero tenga múltiples lecturas. 
Si tengo que poner un «pero» a algo de este montaje es a esos sobretítulos del final, creo los espectadores somos conscientes durante toda la función de los paralelismos y no veo necesario ese subrayado a algo que ha estado en nuestras mentes durante todo el tiempo que dura la representación. Cuestión de gustos. 
Al igual que esos saludos finales tan distantes… ¿Por qué? ¿No es mejor, cuando la función finaliza, tener al público mas próximo y poder sentir su aprobación o su rechazo desde mas cerca? ¿Por qué el actor queda mas distante de su público que los propios personajes? Supongo que es cuestión de estética y a lo mejor es una nimiedad, pero para mi los saludos finales son tan importantes como el resto de la función y me dicen mucho.
La verdad que no sabía que era la primera vez que Najwa Nimri se subía a un escenario para hacer teatro; dibuja una Antígona llena de presencia y de fuerza que a mi me parece que resuelve perfectamente. Nunca he escuchado un «Over The Rainbow» tan cargado de rabia y tan roto. Tan lleno de significado que, en momentos, llega a estremecer.
Es un gusto poder descubrir la cantidad de matices que Rubén Ochandiano regala a su personaje. Lo enriquece tanto que no hay problema a la hora de entrar en el juego de verle como Creón. Se nota que lo disfruta, que lo paladea y que le apetece.
Muy agradado con la interpretación de Toni Acosta que compone un personaje perdido en la duermevela de la madrugada y en los vapores del alcohol, haciéndola parecer ligera y anodina, para que así, sin que lo esperemos, nos golpee con el peso de sus intervenciones. Disfruté mucho de su enorme presencia en escena.
David Kammenos nos habla por boca del autor, Anouilh. Casi todo el tiempo en francés y adoptando el rol de moderno juglar, nos seduce hablando y cantándonos a los ojos (¿Quién no se entrega escuchándole cantar con esa voz?), para llevarnos de la mano por la función, entrando y saliendo de ella a su antojo. Un acierto.
Creo que Nico Romero está impresionante. Da tanto miedo como que un Rottweiler te lama la cara, aparentemente todo está bien, pero sabes que a la voz de su amo va a arrancarte la cara a mordiscos, sin contemplaciones. Gran idea la de retratar/denunciar la postura de los cuerpos de seguridad de esta manera.
Breves, pero mas que interesantes intervenciones las de Berta Ojea y Sergio Mur, imprescindibles para entender el sentido del conjunto de «Freaks» que componen la foto de este reino y de los que uno se queda con ganas de disfrutar mas.
A mi particularmente me ha gustado mucho la propuesta de esta Antígona y recomendaría que se fuera a ver. Es una función acorde al momento que vivimos e incluso oportuna y necesaria. Un retrato cruel con mensaje de fortaleza y libertad. Un grito de rebeldía ante la desesperanza.
Podría estar escribiendo largo y tendido, hablando tanto de lo que me ha dicho el montaje en si como el libreto, pero lo mejor es que cada uno saque sus conclusiones y después disfrute de un buen debate; si alguien puede acudir el 28 de Febrero a ver el encuentro con el público, que no se lo pierda porque promete ser mas que interesante escuchar de primera mano los entresijos de esta producción.
Categorías
Ariel Dorfman Carmen Elías Matadero Mestres Mortensen Purgatorio Teatro Teatro Español

Purgatorio

Título:
Purgatorio.

Autor:
Ariel Dorfman.

Lugar:
Matadero (Naves del Español)

Reparto:
Carmen Elías (Mujer)
Viggo Mortensen (Hombre)

Dirección:
Josep María Mestres.
Lo reconozco, quizá soy algo impresionable y muy mitómano. No es una cosa que quiera evitar, ni me avergüenzo de serlo. Así que cuando me dijeron que Viggo Mortensen iba a subir a los escenarios de la capital, no dudé un instante en querer comprar entradas para ir a ver la función que estaba por hacer. La función nunca llegó, bailaron nombres, bailaron fechas, pero finalmente no llegó… Hasta el pasado Noviembre que, por fin, se estrenaba “Purgatorio” en el Matadero. El reclamo que me llevó a ver la obra era básicamente ver a Viggo Mortensen en directo, de cerca. Siempre le he admirado, concretamente desde que descubrí no sé cómo ni porqué “Extraño Vínculo de Sangre” donde Viggo caló hondo en el actor que llevo dentro y ahí se quedó, para admirarlo en todo lo que ha ido haciendo tras aquella película… Ya digo, soy un mitómano, a veces un tanto cegado, y creo que no he encontrado “pero” a este actor en ninguna de sus películas… Hasta que le vi en “Alatriste”, siento decirlo e incluso me da rabia, pero me aburrió. Ese personaje constantemente susurrado me pareció un soberano coñazo, y no le culpo del todo a él, creo que el intentar que limara su acento al hablar en español hizo que su creación quedara completamente plana y la intensidad del personaje quedara en nada… Pero por lo demás, creo que no tengo nada que criticarle, creo que es un actor todoterreno y siempre resuelve con bastante calidad, además que me transmite cierta cercanía y amor a la profesión, con lo que creo que es mas que suficiente reclamo y motivo para admirarle.

He de decir que he leído algunas críticas que me estaban quitando las ganas de ver la obra. El día que fui ya iba mentalizado de que posiblemente saliera del teatro decepcionado. Aunque es cierto algo que me dijeron, «Puede que no esté gustando, pero es imprescindible verla…». No me arrepiento.

«Purgatorio» escrita por Ariel Dorfman («La Muerte y La Doncella») y dirigida por Josep María Mestres nos muestra a dos personas que en su vida terrenal fueron pareja, tuvieron un terrible final y ahora se encuentran encerrados en una misma habitación siendo uno responsable del otro para decidir el siguiente paso que dará su «contrario» en la eternidad. Una planteamiento interesante y que a mi personalmente me hizo recordar al de «A Puerta Cerrada» de Jean-Paul Sartré. Supongo que por tratar, aunque de diferente manera, cual puede ser el infierno de cada uno, aunque en la obra de Dorfman aún se les da a los personajes la opción de poder redimirse…

Como digo, la propuesta es interesante, pero el texto, en mas de una ocasión, obliga al espectador a dejar de lado lo que está sucediendo en escena para poder poner en orden las ideas y poder seguir con claridad el mensaje que nos plantea. Algo que obviamente va en detrimento del espectáculo. Aunque a la vez es un desafío continuo para averiguar a donde llegarán con esos desdoblamientos, repliegues y repeticiones a los que se ven obligados ambos personajes, siempre expuestos a una crueldad que les come por dentro.

Dorfman nos plantea opciones infinitas por las que (quizá) debamos pasar una vez abandonemos la carne y pasemos a un siguiente plano. Vivir de nuevo la misma vida, pero tocándonos encarnar otro de los personajes que han compartido con nosotros la vida corpórea… Tener recuerdos de un pasado que se nos vuelve a plantear como un futuro… No recordar nada, pero conservar un instinto que nos indique lo que viviremos… No volver nunca mas y quedar atrapado en un limbo del que nunca logremos salir siendo atormentados una y otra vez por los que nos sufrieron y nos amaron o por los que sufrimos y amamos… Tantas opciones y casi ninguna grata, porque de lo que nos habla es de la crueldad del ser humano, de la fatalidad, del miedo que todos sentimos y no nos atrevemos a exteriorizar. De la dependencia que sentimos hacia los demás, de agradarles, de decir lo que quieren oír y de la cárcel que, sin embargo, somos para nosotros mismos… Mucho que pensar y que digerir tras ver la función.
Carmen Elías está absolutamente sensacional. Sobresaliente. Tiene una forma de acercarnos el texto que apabulla. Nos arroja la enormidad del sufrimiento que siente su personaje, la angustia de saberse culpable y a la vez víctima de las circunstancias. Nos hace sentir la necesidad de escucharla, de sentir repulsión y compasión a partes iguales. Tiene tantos matices a la hora de decir el texto que, a pesar de ser tan discursivo en muchos momentos, parecen palabras propias. Pasa algo similar con este personaje (salvando las distancias, claro) como con el que interpretó en «Camino«. Odias sus acciones, pero de alguna manera comprendes que su vida está dirigida a la tragedia mas absoluta y casi la perdonas.
Aplaudo la idea de no querer «galleguizar» el acento argentino de Viggo Mortensen. Creo que eso ha aportado mucha mas soltura a su interpretación y unos matices quizá «clasistas» a su personaje que, aunque en parte sean ciertamente un cliché, le hacen mas cercano, mas humano. Ese personaje que en principio es frío y distante, resulta que por dentro está siendo presionado para que así se le vea. Es después, cuando conocemos también de sus circunstancias y le sacamos todas las capas que lleva encima, cuando comprendemos que su tormento consiste en eso, en mantenerse hierático o volver a comenzar desde cero. Si eché en falta cierto desgarro en su interpretación, me faltó que en algún momento se rompiera y sacara el torrente que creo que su personaje lucha por escupir, pero por lo demás disfruté viéndole en escena y quisiera volver a verle en otra pieza para poder tener una idea de cómo es teatralmente hablando.
No salí en absoluto decepcionado de ver esta obra, que ciertamente es algo densa, pero que ofrece la oportunidad de abrir un debate muy interesante. Y de ver a Carmen y a Viggo en escena, que creo hacen un trabajo actoral mas que satisfactorio; quizá algo controlado, pero bien resuelto.
Lo siento por el que quiera verlo, pero me temo que ya no quedan entradas…
Categorías
Alberto Jimenez Boira Caida de los Dioses Cayo De Blas Gavira Matadero Nur Levi Pandur Rivero Rueda Santi Marín Teatro Teatro Español Visconti

La Caída de los Dioses

Mi primer encuentro con el teatro de Tomaz Pandur fue hace unos años en el Teatro Fernán Gómez con un montaje llamado «Cien Minutos«, versión un tanto peculiar de «Los Hermanos Karamazov«. Me lo encontré por casualidad, no sabía nada de la función, de su director… nada de nada y… ¡salí espantado! No sé si es que esperaba algo mas «convencional» o no estaba preparado para el lenguaje de este director… No todo lo que hace un mismo artista tiene porqué convencer.
Me olvidé completamente de aquello y hace un par de años acudí a ver el montaje que hizo de «Hamlet» con Blanca Portillo en las Naves del Español. Acudí porque ella estaba en el cartel y por mi afición a intentar ver todos los montaje que se hacen de este clásico de Shakespeare… Y esta vez salí absolutamente deslumbrado, el lenguaje me fascinó, la puesta en escena me pareció absolutamente maravillosa y descubrí a unos actores fuera de sus habituales corsés que ha hecho que, desde entonces, les siga con otro interés, eso sin mencionar a la magnífica Blanca Portillo ¡Qué trabajo mas impresionante, entregado y arriesgado! Toda una Señora Actriz como hay MUY pocas. Ahí ya sí que comencé a interesarme en el director, a saber su nombre, a conocer mas sobre él y a arrepentirme de no haber visto otros montajes suyos como «Barroco» o «Inferno«… Así que cuando oí hablar de «La Caída de los Dioses» ya quise verla, ya estaba predispuesto a entregarme a su propuesta…
Ayer volví a las Naves del Español a reencontrarme con el mundo de Tomaz Pandur; muy espectante… y mas después de haber disfrutado de la exposición fotográfica de Aljosa Rebolj sobre este montaje y el ya mencionado «Hamlet» que uno puede ver allí mismo.
No me defraudó. Lo que presencié anoche fue una nueva propuesta de Tomaz Pandur que absorbe e hipnotiza. Una escenografía e iluminación muy cuidadas, se juega todo el tiempo con los blancos y negros, mezclándolos con algunos rojos y grises que hacen que el espectador entre en la elegante crudeza que exige la historia. Al igual que la música interpretada en directo por Ramón Grau, que casi me recordó a los pianistas de las antiguas películas mudas, subrayando al piano todo lo que ocurre en escena.
El texto está basado en la historia ya contada por Visconti en el film con el mismo título. Cuenta la putrefacción interna de una familia acomodada en el comienzo de la Alemania Nazi.
Si bien es cierto que he comenzado alabando el espectáculo, también he de decir que me costó entrar dentro del mismo. Quizá haya un exceso de información en escena que, junto a un texto que al comienzo ayuda poco a situarse, satura la atención del espectador. 
El lenguaje teatral utilizado por el director no es nada sencillo y exige por parte del espectador un esfuerzo extra para llegar al lugar donde nos quiere llevar.
Respecto a los actores. Ayer estuvieron algo atropellados con el texto, aunque supieron resolverlo sin problemas… ¡cosas del directo! Belén Rueda en general me convenció con su trabajo y cada vez confieso que me gusta mas, pero la noté que en alguna escena anduvo algo errática… Pablo Rivero tiene en sus manos un personaje que parece una montaña rusa de sentimientos y que en mi humilde opinión, resuelve con éxito. Manuel de Blas, Fernando Cayo, Alberto Jiménez y Emilio Gavira son cuatro actores que cuando están en escena hacen que la energía golpee al espectador. Si la escena es suya, no puedes dejar de mirarlos y si se encuentran en un segundo plano, dan tanto al compañero que en ese momento tiene el peso, que todo se enriquece. Nur Levi y Santi Marín dan la replica perfecta, aunque a veces quedan deslucidos por lo poco creíble del trabajo de Francisco Boira que para mi no llegaba a estar a la altura de sus compañeros.
Eso sí, aplaudo el trabajo en conjunto. La intensidad a la que se ven sometidos los actores se nota y es de agradecer tanta entrega. Como ya he dicho mas arriba, la propuesta no es sencilla y corren el peligro de caer ocultos por el peso de la estética. Sin embargo, resuelven con éxito y todo queda perfectamente integrado y empastado.
Me declaro admirador de Tomaz Pandur y su teatro, aunque reconozco que no es un teatro que llegue a gustar a todo el mundo.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar