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Los Brillantes Empeños

Título:
Los Brllantes Empeños

Autor:
Pablo Messiez
(Sobre textos del Siglo de Oro)

Lugar:
Nave 73

Elenco:
Carlota Gaviño
Rebeca Hernando
Javier Lara
Juan José Rodríguez
Íñigo Rodríguez-Claro
Mikele Urroz

Escenografía, Vestuario e Iluminación:
Pablo Messiez
Javier L. Patiño
Grumelot

Producción:
Grumelot
Nave 73
Festival Internacional De Teatro Clásico de Almagro

Dirección:
Pablo Messiez

Adoro el teatro en verso, adoro lo que cuenta y sobretodo cómo lo cuenta, adoro escucharlo en boca de quien tiene algo que decir con él y adoro también el silencio, esos espacios en los que uno respira, mira desde su interior y siente la necesidad de no decir porque lo que le remueve por dentro es más grande que las propias palabras.
«Los Brillantes Empeños» es todo un homenaje a esto y a otras muchas cosas que irán saliendo a lo largo de la crónica… o no. Con todo lo que pellizca Pablo Messiez por dentro uno no sabe ni lo que va a contar al hablar de ello.
Seis hermanos en escena, como seis niños perdidos en el País de Nunca Jamás, con una Wendy en el filo de la infancia y la adultez, llena de responsabilidades cruelmente impuestas como primogénita, con un corazón lleno de amarga soledad, insoportable carga de madurez para su edad.
Seis seres humanos con la pasión de los clásicos como única referencia a imitar; empujados a interpretar la vida desde la mirada de los autores del Siglo de Oro español, con el verbo y la retórica de la época para aprender a canalizar y descubrir el sentir del espíritu humano.
Seis almas «segismundianas» que destapan el sentir más primario a golpe de olores, roces, besos, de carnalidad y de Luna. Impulsos llenos de enternecedora e ilimitada inocencia; con una vida atrapada entre cuatro paredes de pasado incierto, violento, desdichado. Una mirada primeriza, llena de misterio, de extraño sentir, de dolores extracorpóreos que comen el alma más inocente, y de AMOR. Amor al alma, amor a la carne, amor fraternal, ciertamente incestuoso, a la palabra, al silencio, a la música, al ritmo interno de cada una de esas seis vidas, que se transforman en infinitas cada vez que recitan un nuevo parlamento como explicación a tanto sentir enigmático.
Un juego de textos propios y ajenos bien enfrentados, quizá algo densos en algún momento, pero con una acertada y necesaria sencillez en lo que cuenta; que invita a abrirse a las interpretaciones post-función. La complejidad que abraza este experimento lo encontramos ya escrito varios siglos atrás, estupendamente adoptada en favor de la historia.
De «Los Brillantes Empeños« salí tremendamente enamorado, conmovido por el trágico lirismo del destino de estos seis hermanos, con el corazón enternecido de tanto sentir. Con una puesta en escena breve de espacios, esquemática, y sin embargo tan profunda en simbolismos.
Hubo momentos que casi me subía en la chepa del espectador que tenía delante de tanto que me iba inclinando en mi asiento. Sentía la necesidad de acercarme más y más a lo que sucedía en escena para impregnarme de ello, intentando asirme a una brizna extra de aquello que fluía en escena.
Escuchar los versos de Calderón, de Lope, de Quevedo, fuera del contexto de sus obras originales y percibir un sentimiento renovado en ellos, es algo fascinante. Volver a saborearlos en labios ajenos a los personajes para los que fueron creados, es volver a descubrirlos con un gusto maravilloso, con un renacer tan cargado de sentir que se agarrota en la garganta y se escapa por los ojos en forma de lágrimas. Cuántos matices escondidos, qué belleza redescubrir la riqueza del vocabulario y las mil formas que adopta; y con un extra tan sublime como es que se pueda aplicar a cada uno de nosotros, prueba palpable de que realmente son universales y que son la vía perfecta para canalizar todo ese torbellino de vida que nos bulle por dentro.
Lo que Grumelot hace en escena es arriesgado, está lleno de valentía y de buenas intenciones, pero sobretodo ganan al espectador con la ternura y la sencillez desde donde se nos ofrecen. 
Un trabajo físico complicado, mezcla acertada de códigos que conforman un microuniverso perturbador y a flor de piel. Un mundo lleno de primeras veces, de ojos que aprenden a mirar, de almas que se expanden y de las que asistimos a su primer salto al vacío con el que emprenden el vuelo a la vida.
Una maravilla la forma que tienen de hacernos redescubrir el verso, haciéndolo tan terrenal, tan primario y, porqué no decirlo, tan sexual. En definitiva sintiéndolo tan vivo.
Confieso que a mi me ganaron por completo desde ese momento «mesa» «silla», a partir de ahí me entregué de lleno a ellos y dejé que jugaran cuanto quisieran con mi alma.
La comunión entre la particular visión de Messiez y la absoluta implicación de Grumelot posee una luminosidad tan íntima que invita a que la amemos sin prejuzgarla, que la descubramos con ojos limpios y dispuestos. 
Una propuesta delicada que guarda en su interior un bello homenaje a la esencia del Siglo de Oro, a la música, al ritmo, al silencio, a la palabra… y sobretodo, y por encima de todo, al empeño de vivir.
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Ángel Galán Íñigo Rodríguez-Claro Daniel Teba En el cielo de mi boca José Padilla Nudo Teatro Teatro

En el cielo de mi boca

Título:
En el cielo de mi boca

Lugar:
Sala Nudo Teatro

Autor:
José Padilla

Elenco:
Daniel Teba

Música:
Ángel Galán

Iluminación y Escenografía:
David Pizarro

Vestuario:
Almudena R. Huertas

Dirección:
Iñigo Rodríguez-Claro 

Madrid se va llenando de espacios escénicos y me encanta ir descubriéndolos. Si os váis fijando en las fichas de las crónicas que voy escribiendo, veréis que pocas son las veces que se repiten las salas o espacios donde voy a ver las funciones, y es algo que me encanta. Es de agradecer que, a pesar de la crisis y las zancadillas a la cultura, haya tanto lugar, tanta propuesta y tan variada que poder echarse a los ojos. Su esfuerzo les cuesta, lo sé.
Esta vez la ocasión se me plantó en el barrio de Malasaña, en la Sala Nudo Teatro, a donde acudí a ver «En el cielo de mi boca» de José Padilla. Algo había oído hablar de la función, pero no fue hasta que Daniel Teba, que se ha echado a la espalda las labores de promoción del espectáculo, contactó conmigo para hablarme de la función y despertarme las ganas de ir a descubrirla. Y yo, que soy curioso porque sí, no me lo pensé dos veces y acudí a su llamada.
La función nos sitúa en una habitación de hotel, donde Wilhelm, cantante descubierto en un Talent-show, nos habla de su ascenso y caída hasta «los suburbios del infierno», como él mismo dice.
Wilhelm, entre nervios y alcohol, hace una confesión terrible a un periodista llamado para tal efecto, periodista que nunca veremos porque somos todos los que allí nos encontramos. Una confesión en primera persona y dicha directamente a los ojos.
Después de haber visto su trabajo en el «Enrique VIII» de Rakatá, tenía ganas de ver mas cosas de José Padilla y fui a ver «En el cielo de mi boca» con ganas de volver a disfrutar de su talento. Y no me equivoqué, me encontré con un texto que nos habla de cómo los sueños a veces se convierten en realidad… En la cruda realidad… 
De como nuestra ilusión, si cae en manos ajenas, puede llegar a convertirse también en algo ajeno, en una cosa extraña que nos da asco y que ya nunca volveremos a sentir nuestra. Pero también nos habla de como podemos llegar a reaccionar cuando nos sentimos enjaulados; cuando sentimos que lo que entregamos con la pureza del corazón es manipulado y pisoteado. Del ser que habita, aletargado, dentro de nosotros y que no sabemos que existe hasta que alguien le pisa la cola.
Daniel Teba hace un trabajo realmente bonito, desplegando todo un abanico de talento. Imprimiendo una energía y un peso a su personaje que en ocasiones hace que, cuando lanza su mirada hacia ti, atrapada entre la locura y la desesperación, te haga contener la respiración, sin saber cual va a ser su reacción. Nos muestra un animal, que como todo aquel que se encuentra enjaulado, es imprevisible.
Canta, calla, ríe, llora, baila, habla… y nos hace sentir su miedo, el miedo a saber que ya no hay marcha atrás, que ha sido la víctima de un juego que le ha llevado a hacer lo que jamás hubiera imaginado y del que estaría encantado poder rebobinar y olvidarse. Cosa imposible.
Solo un «pero», a veces la entonación del texto, la forma de decirlo, cae en cierta cadencia monótona que le quita algo de verdad. Por lo demás no puedo mas que aplaudir a Daniel, que nos regaló una gran función, hecha con profesionalidad y total entrega, a pesar de ser contados los espectadores que nos encontrábamos en la sala.
Tampoco quisiera dejar de mencionar la dirección del montaje por parte de Iñigo Rodríguez-Claro, que le ha impreso una plasticidad, con la ayuda de la escenografía y la iluminación de David Pizarro y la música de Ángel Galán, muy interesante de ver. Capaz de transmitir las sensaciones del personaje tan solo con un cambio de luces o escuchando los acordes que nos ayudan a ir y venir en los recuerdos de Wilhelm. Nos sitúan en infinidad de espacios en un escenario tan reducido como el de la sala Nudo Teatro. Nos muestra la angustia del personaje con la crudeza necesaria y la fealdad de todo lo que le rodea, descubriéndonos la suciedad que hay tras los brillos de los focos y los flashes como un pedazo de realidad mas.
La verdad es que me sentí muy contento de haberme sacudido la pereza de un miércoles lluvioso y acercarme a descubrir un trabajo tan bien hecho que, confío, tenga un largo camino por recorrer.
No os despistéis mucho que de momento solo estarán los miércoles de este mes y no deberíais dejarlo pasar.
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