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El Arquitecto y El Emperador de Asiria

Título:
El Arquitecto y El Emperador de Asiria

Autor:
Fernando Arrabal

Lugar:
Naves del Español-Matadero 
(Sala Max Aub)

Elenco:
Fernando Albizu (El Emperador de Asiria)
Alberto Jiménez (El Arquitecto)

Iluminación:
Soledad Ianni

Vestuario:
Gabriela A. Fernández

Escenografía:
Norberto Laino

Música y Espacio Sonoro:
Rony Keselman

Dirección:
Corinna Fiorillo

Hace una semana pude asistir al estreno de «El Arquitecto y El Emperador de Asiria», un texto de Fernando Arrabal que a penas si se ha podido ver sobre los escenarios españoles y que recorre de cabo a rabo gran parte de las filias y fobias de este autor. Un texto que nos habla de lo que uno es y lo que anhela ser, de cómo uno dentro de su propio deseo o ambición cae siempre en las mismas trampas, en los mismos miedos y traumas, repitiendo una y otra vez los mismos aciertos y los mismos errores, como si el destino no fuera a ser nunca, si no que se tratara de una búsqueda continua en la que nos hayamos atrapados. 
Una nueva ocasión, tras «Pingüinas», que el Teatro Español con Juan Carlos Pérez de la Fuente al frente de su Dirección Artística, nos propone adentremos en el universo de este dramaturgo, en el que o entras de cabeza o quedas fuera sin miramientos. Y yo, sinceramente, me quedo fuera. Es cierto que su lirismo tiene mucho de fascinante, que su humor es gamberro y juguetón, que está lleno de impertinencias que me divierten, que sus reflexiones son punzantes y calan, que sus salidas de tono son sorprendentes más allá de cuánto tiempo haya pasado desde que se escribieron, pero nunca llego a engancharme, se me escapa, yéndose lejos y perdiéndose en el horizonte del intelecto. Para mi ver una función de Arrabal es como quedar para correr con un corredor profesional e intentar seguirle el ritmo, los primeros metros lo hago encantado, incluso me parece fácil, pero enseguida me quedo sin fuerzas -falta de entrenamiento, supongo- y veo como se aleja cada vez más y más lejos; acelero el paso para no perderle de vista, pero llega un momento que me falta el resuello y dejo de correr, exhausto, rendido y aburrido de intentar alcanzarlo, sabiendo que es imposible y dándome por vencido. Pues lo mismo me pasa con Arrabal, yo lo intento, creo que es un autor con el que hay que esforzarse y eso me gusta porque no quiero que me den todo masticado, pero su complejidad acaba por extenuarme y termino por tirar la toalla…
Hace mucho tiempo que entendí que por mucho que me guste el teatro, no todo el teatro me puede gustar, pero no por ello voy a dejar de verlo y valorarlo, y lo que en esta función hacen Fernando Albizu y Alberto Jiménez es digno de aplaudir con admiración. Ya lo dije por las redes sociales, son dos bestias pardas de la escena, y aquí lo dejan bien claro.
El montaje que propone la directora argentina Corinna Fiorillo es un delirio que pone a prueba a sus dos intérpretes, haciéndoles correr, bailar, cantar, chillar, enseñar el culo, hacerse y deshacerse, insinuarse, adorarse y devorarse, ser uno y después otro, o ser los dos uno, depende dónde, cómo y cuándo, y todo ello en a penas 70 minutos de función. Sin embargo es tal la locura en escena que todo acaba pareciendo un batiburrillo desquiciante que no deja entrar en la propuesta, como querer alcanzar con los dedos algo a través de las aspas de un ventilador… 
A mí me resultó imposible.
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La Caída de los Dioses

Mi primer encuentro con el teatro de Tomaz Pandur fue hace unos años en el Teatro Fernán Gómez con un montaje llamado «Cien Minutos«, versión un tanto peculiar de «Los Hermanos Karamazov«. Me lo encontré por casualidad, no sabía nada de la función, de su director… nada de nada y… ¡salí espantado! No sé si es que esperaba algo mas «convencional» o no estaba preparado para el lenguaje de este director… No todo lo que hace un mismo artista tiene porqué convencer.
Me olvidé completamente de aquello y hace un par de años acudí a ver el montaje que hizo de «Hamlet» con Blanca Portillo en las Naves del Español. Acudí porque ella estaba en el cartel y por mi afición a intentar ver todos los montaje que se hacen de este clásico de Shakespeare… Y esta vez salí absolutamente deslumbrado, el lenguaje me fascinó, la puesta en escena me pareció absolutamente maravillosa y descubrí a unos actores fuera de sus habituales corsés que ha hecho que, desde entonces, les siga con otro interés, eso sin mencionar a la magnífica Blanca Portillo ¡Qué trabajo mas impresionante, entregado y arriesgado! Toda una Señora Actriz como hay MUY pocas. Ahí ya sí que comencé a interesarme en el director, a saber su nombre, a conocer mas sobre él y a arrepentirme de no haber visto otros montajes suyos como «Barroco» o «Inferno«… Así que cuando oí hablar de «La Caída de los Dioses» ya quise verla, ya estaba predispuesto a entregarme a su propuesta…
Ayer volví a las Naves del Español a reencontrarme con el mundo de Tomaz Pandur; muy espectante… y mas después de haber disfrutado de la exposición fotográfica de Aljosa Rebolj sobre este montaje y el ya mencionado «Hamlet» que uno puede ver allí mismo.
No me defraudó. Lo que presencié anoche fue una nueva propuesta de Tomaz Pandur que absorbe e hipnotiza. Una escenografía e iluminación muy cuidadas, se juega todo el tiempo con los blancos y negros, mezclándolos con algunos rojos y grises que hacen que el espectador entre en la elegante crudeza que exige la historia. Al igual que la música interpretada en directo por Ramón Grau, que casi me recordó a los pianistas de las antiguas películas mudas, subrayando al piano todo lo que ocurre en escena.
El texto está basado en la historia ya contada por Visconti en el film con el mismo título. Cuenta la putrefacción interna de una familia acomodada en el comienzo de la Alemania Nazi.
Si bien es cierto que he comenzado alabando el espectáculo, también he de decir que me costó entrar dentro del mismo. Quizá haya un exceso de información en escena que, junto a un texto que al comienzo ayuda poco a situarse, satura la atención del espectador. 
El lenguaje teatral utilizado por el director no es nada sencillo y exige por parte del espectador un esfuerzo extra para llegar al lugar donde nos quiere llevar.
Respecto a los actores. Ayer estuvieron algo atropellados con el texto, aunque supieron resolverlo sin problemas… ¡cosas del directo! Belén Rueda en general me convenció con su trabajo y cada vez confieso que me gusta mas, pero la noté que en alguna escena anduvo algo errática… Pablo Rivero tiene en sus manos un personaje que parece una montaña rusa de sentimientos y que en mi humilde opinión, resuelve con éxito. Manuel de Blas, Fernando Cayo, Alberto Jiménez y Emilio Gavira son cuatro actores que cuando están en escena hacen que la energía golpee al espectador. Si la escena es suya, no puedes dejar de mirarlos y si se encuentran en un segundo plano, dan tanto al compañero que en ese momento tiene el peso, que todo se enriquece. Nur Levi y Santi Marín dan la replica perfecta, aunque a veces quedan deslucidos por lo poco creíble del trabajo de Francisco Boira que para mi no llegaba a estar a la altura de sus compañeros.
Eso sí, aplaudo el trabajo en conjunto. La intensidad a la que se ven sometidos los actores se nota y es de agradecer tanta entrega. Como ya he dicho mas arriba, la propuesta no es sencilla y corren el peligro de caer ocultos por el peso de la estética. Sin embargo, resuelven con éxito y todo queda perfectamente integrado y empastado.
Me declaro admirador de Tomaz Pandur y su teatro, aunque reconozco que no es un teatro que llegue a gustar a todo el mundo.

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